miércoles, 2 de julio de 2008

FÚTBOL PARA MENORES DE 7 AÑOS

Por: Agustín Garizábalo Almarales


“Lo más terrible se aprende enseguida
y lo hermoso nos cuesta la vida”
-Silvio Rodríguez (Canción del elegido)


Me abordan a veces unos padres muy jóvenes que quieren hablarme de su hijito de cinco años. Algunos son hasta exalumnos míos que muestran su entusiasmo con una cara iluminada de padres recién estrenados. Vienen y me hablan así: “Hola, profe, le tenemos un pupilo”. Y me presentan al chico y me dicen que nació con el balón debajo del brazo, que patea muy duro, si usted lo viera, que es el próximo Cristiano Ronaldo y que jugará en el Real Madrid. Claro, en ese fabulario del fútbol aficionado uno sabe que lo dicen medio en broma, medio en serio. Y, después, algo que casi nunca falla: “¿qué nos aconseja, profe?”

¿Qué le puedo decir yo a la ilusión en pasta? Complicado. Pero venga y hacemos un ensayo: Con esa edad es mejor que no juegue al fútbol, les digo. “¿Cómo así?” –se espantan-. Es que creo que a los niños los están sometiendo a la competencia demasiado pronto. A un niño menor de 5 años, por ejemplo, habría que dejarlo que se divierta en forma de juegos continuos, dejándolo que corra, salte, juegue en el parque, goce en los columpios y empiece a tener una relación personal con el balón de fútbol, si es el deporte hacia el cual el padre quiere orientarlo. Porque por sus procesos naturales de crecimiento, en esas edades tempranas, no se concentran en una única actividad, luego, sería improcedente forzarlo a la práctica específica de un deporte.

Muy linda son las postales del padre, actuando de arquero malo, mientras juega con su hijito en el parque. El papá también le va enseñando a su pequeño a competir y permite que siendo un bebecito termine de tomarse las sopas primero que él para que le diga: “Papi, ¡te gané!” Esa es la vida.

Pero es fundamental, en esas edades, que el chico tenga la oportunidad de involucrarse él solo con el balón, de sentirlo palpitar, de tenerlo, de saberlo suyo. Un momento mágico que quizás nunca más pueda vivirlo. Entregarse al golpeteo de la pelota sobre la pared, empezar a conocer los artificios de esa esférica que rebota y siempre se escapa y hace desastres, aprender el dominio del cuerpo y de la mente, porque, finalmente, en esa relación unipersonal con la pelota lo que se busca es alcanzar la potestad sobre sí mismo.

No obstante, pese a la pasión que pueda despertar este deporte desde la más tierna infancia, no se puede ignorar que, visto desde el alma de un niño pequeño, quizás el fútbol puede resultar un deporte intimidante. Tener que confrontarse con otros chicos, con frecuencia más altos o más fuertes, tener que correr, caerse, estrellarse, orientarse, y para colmos tratar de conseguir una pelota cada vez más esquiva, sin mencionar que cuando le llega lo que recibe es un golpe en la cara, y ¡Ay! mamita mía, carita raspada, sana, sana, colita de rana.

Si nos fijamos bien, cuando los pequeñuelos van a jugar sus primeros partidos los vemos salir a la cancha con sus ojitos despernancados del físico pánico, porque instintivamente presienten que regresan al paleolítico. Es otra vez el eslabón perdido deambulando en la tundra con un cuchillo de piedra en sus manos; es de nuevo el gladiador que ha sido lanzado a la arena y escucha con terror el rugir de los leones. Están asustados esos niños pero lo disimulan porque no quieren decepcionar a sus padres. En esas canchas grandísimas y jugando once contra once, al final sólo se destacan unos pocos; algunos ni tocan el balón: corren como locos detrás de un confite, pero casi nunca lo alcanzan, y mientras sufren esa frustración son avivados y presionados por los padres que desde afuera corren más que ellos, los pobres, y quizás hasta terminan más cansados.

A estos padres les sugiero, ya que estamos de acuerdo en que el niño primero tiene que resolver un serio problema de coordinación sensorespacial consigo mismo, que su hijo le dedique las horas necesarias al dominio del balón (ya casi nadie juega a las pinolitas o a las veintiunas) pero sería bueno que, además, alterne ese ejercicio con otros deportes bases como la natación y el atletismo. Eso le va a garantizar una formación más integral y armónica, de hecho crecerá más parejito en su musculatura. Cuando sólo se dedican al fútbol, desde la más temprana edad, con frecuencia nos encontramos con muchachitos con sus piernas bien formaditas pero el resto del cuerpo descompensado.

Además, gozan de una ventaja adicional: no tienen que competir contra otros, sino con otros. Porque en el atletismo y la natación, no hay contactos directos con los compañeros de juego, cada quién va por su carril, y en realidad, lo que hace cada uno es tratar de superar su propia marca y de paso ganarle a sus oponentes. Vaya y pregúntele, en cambio, a un niño que ha sido atropellado por un mastodonte o que ha sido golpeado con el balón si quiere seguir jugando fútbol.

Poco a poco sin embargo, es bueno que a medida que el infante crece y domine algunas técnicas del fútbol, vaya participando en juegos menores de dos contra dos, tres contra tres, hasta cinco contra cinco. Y en esa progresión aritmética se vaya acercando al número reglamentario. Pero en nuestro medio todavía resulta por demás complicado convencer a los adultos que permitan que sus hijos jueguen en canchas pequeñas y con grupos reducidos. Porque como los papás lo que pretenden es complacer a sus hijos, y los pelaítos, por esa propensión natural de querer imitar a sus grandes ídolos, lo que anhelan es jugar en el Santiago Bernabeu, con balón sintético y con guayos de seis taches, pues, entonces no hay caso, nadie puede persuadirlos ¡Qué problema, señores!

Al final, terminamos viendo lo mismo: unos muchachitos atravesando el desierto del Sahara durante el partido, apurados para llegar al otro marco y entonces afuera no queda otra que ponerse a pelear con los padres y los técnicos del otro equipo porque siempre meten a un pelao grandote, del que se asegura que está pasado de edad y al que todo el mundo le grita “¡abuelo!”, pero es el que finalmente hace los goles y es al único que terminan llamando a la selección. ¡Qué rabia!

Esto es, amigos padres de familia, lo que por ahora puedo decirles cuando me planteen interrogantes como esos.

Publicado en El Heraldo Deportivo el 17de Junio de 2008



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