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martes, 26 de agosto de 2008

HAY QUE HABERLO VIVIDO

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Como no llegaron todos los consagrados tuvieron la obligación de meterlo en el equipo inicial, qué mas tocaba. Ante aquellos ojos salvajes su fina figura sólo hablaba de libros y consultorios, jamás de inclementes combates futboleros. Su piel, impoluta, no lucía la más mínima cicatriz y ni por equivocación el más pequeño tatuaje. Por eso los demás, curtidos veteranos, exjugadores profesionales, con muchas horas de camerino y linimento, lo miraban, y con razón, con total desconfianza.

Cuando el partido alcanzó el estatus de exhibición vernácula, con pases y malabarismos exquisitos, este hombre ya no existía. Porque si la pelota la tomaba el equipo contrario sencillamente no la veía, tal era la precisión de los pases entre aquellos viejos camaradas y, cuando la tomaba su propio equipo, sus compañeros no lo veían a él, a pesar de su afanoso deseo de participar, mostrándose aquí y allá, apareciendo en los claros, implorando con su vocecita angustiada que le dieran a probar del confite ¡Pobre médico!

Hubiese sido preferible que trotara alrededor de la cancha, sin duda La humillación habría resultado menos patética; a esa altura del juego, pasados los veinte minutos, y a pesar de su obstinado esfuerzo, por alguna razón que él no comprendía, deambulaba inédito en la cancha, sin haber tocado ni una sola vez el balón.

De repente tuvo la suerte de recoger un rebote y ¡oh, sorpresa!, el zurdito con cara de intelectual bogotano ejecutó una finta y entregó un buen pase. Lo hizo con rabia, con carácter, con resolución. A partir de allí la película empezó a filmarse en colores: comenzaron a verlo; alguien tímidamente le entregó el balón como para probarlo de nuevo y nuestro hombre respondió con un cambio de frente afortunado.

De manera que al minuto 30 ya estaba en la rosca. Le decían “vale mía”, “Cacha”, “dóctor” (así, con tilde en la primera O); otro, un poco más emocionado, después de que exhibiera un enganche, le gritó “monstruo”. De algo le habían servido esos picaditos en Córdoba, Argentina, mientras hacía el rural, pensó. Siempre había creído en sus condiciones. Sabía que tenía su magia: no fue futbolista profesional porque su papá lo obligó a estudiar, usted sabe, pero ni más faltaba, aquí me tienen en la piña, qué se creyeron estos tipos.

Para nadie es un secreto que estos partidos de futbolistas veteranos, son espacios cerrados, prácticamente impenetrables. Definitivamente es un universo aparte. Son cofradías con códigos y sobreentendidos muy puntuales. Sus integrantes siguen rindiéndole culto a su pasado siempre “exitoso” y de leyenda, aunque necesariamente no haya sido así. En esa instancia de sus vidas juega más la evocación de gestas memorables, anécdotas y pasajes heroicos, que es lo que les ha quedado. Es un mundo con una alta cuota de imaginación y nostalgia, pero cómo vivirlo con orgullo si no.

Apodos, sobrenombres legendarios, más propios de luchadores enmascarados y paladines mexicanos (el Charro, el Zorro, La Muñe, El Mocho, La Pulga, Charol), en una atmósfera cargada de chistes y temas relacionados con los achaques de la salud, sucede un domingo de fútbol para esta comunidad, que prefiere apostarle al respeto y al buen gusto porque sabe que lo único que hay que defender aquí es la amistad, última trinchera contra la tiranía de la vejez palpitante. El sancocho, las cervezas, el ron blanco, las señoras y algunos hijos que acompañan y el aplauso de los fanáticos de siempre que siguieron venerándolos a través de los años. En esta colectividad se presenta el caso curioso de que los fanáticos, técnicos, jugadores y hasta los árbitros gozan de la misma importancia. Cada jornada dominical es una cita obligada; siempre hay llamado a lista, nadie puede fallar, el que no llegue irremediablemente se hace notar.

De modo que comprendemos ese celo, legítimo deseo de resguardar ese espacio. Por eso cualquiera no entra ahí. Para ser admitido con agrado es necesario demostrar ciertas cualidades personales y futbolísticas que garanticen que no serán alteradas las condiciones tradicionales. En otras palabras, quizás sin proponérselo, han conformado un exclusivo club de veteranos. Y no faltará quien critique esa actitud de recelo. Pero la selectividad será siempre una característica de la edad otoñal ¿Y por qué no hacerlo si hay otros que descaradamente arman un club de dominó en el barrio y cierran filas como si se tratase de un cantón inexpugnable?

Y si vamos a la cancha, el criterio por el que se guían es elemental: Después de tantos años de trajinar en ese deporte, en esas instancias, lo único que les interesa es la seguridad con el balón. Por eso sólo se lo entregan a los que saben. Piensan dos minutos para pasarlo. No se lo dan a cualquiera. Para ellos todavía el juego significa tenencia de la pelota, gusto por administrarla, creatividad para gozársela. Y es lo que no han podido entender todavía las nuevas generaciones de futbolistas, que están siempre desesperados por lanzarla y por perderla. Uno mira un partido de muchachos y no alcanza a contar cuatro pases seguidos por equipo. No hay continuidad de juego, no hay fluidez. Se prefiere ensayar un choque con el contrario que dársela a un compañero.

En cambio, si usted está participando en un picado de veteranos y pierde dos veces consecutivas el balón, pida cambio enseguida, porque no se la van a dar más. Piérdase porque lo borran. De pronto hasta lo podrán aceptar como fanático, quizás de patrocinador si tiene platica, pero como jugador tiene pocas posibilidades. A menos que haya sido una estrella en sus años dorados y tenga su espacio ganado en la memoria de la gente. Ahí sí… lo perdonan. Hasta le celebran sus embarradas. El culto al pasado en este caso, supera la realidad inmediata. Aquí sí cuenta aquello del recorrido; con los nuevos y desconocidos, en cambio, son implacables.

El análisis que hacen es el siguiente: Si cuesta tanto correr para recuperar la pelota, el peor castigo será para aquél que la pierda con facilidad. Porque es imperdonable que tengan que esforzarse de nuevo en disputarla, si lo que ellos quieren es divertirse, y diversión es poseer la pelota. “No puede ser de otra manera, guevones”, como dijo alguno.

Por eso es que se cierra el círculo, por eso esa defensa a ultranzas, esa desconfianza expresa cuando aparece algún espécimen tierno, con cara de seminarista que quiere participar del juego. No señor, ya los puestos están ocupados. Y si me apuras un poquito empezamos a sospechar de su delicadeza. Hummm. A no ser que el tipo demuestre maestría y temperamento y que además se adapte y cumpla estrictamente con las leyes tácitas del grupo, esos códigos que nunca nadie menciona, pero que todos aplican.

Así, como lo hiciera después el médico de nuestra historia, él también tendrá que dejar colgado a ese loquito que entra y que pretende que le den enseguida el balón sin haber mostrado las garantías para no perderlo.

Si desea hacer un comentario o enviar alguna sugerencia escriba a agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Herlado Deportivo el 5 de Agosto de 2008.

miércoles, 2 de julio de 2008

APUNTES PARA LEER EN RECREO

Por: Agustín Garizábalo Almarales

1
Mi amigo Emeterio, que es carpintero, me dice que a veces se pone triste porque es capaz de hacer una guitarra, pero no sabe tocarla. “No tengo sensibilidad para eso”, se queja. Imagino que así deben sentirse algunos futbolistas que corren todo el tiempo pero que no pueden regalarnos un gesto de inspiración.

2
De niño vivíamos en una casa que quedaba muy cerca al río y cuando llegaba el invierno el agua se nos metía en la casa. Cualquiera podría pensar que eso era una tragedia y quizás para mamá lo era, pero para nosotros no. Era muy bello lo que ocurría entonces: pescábamos y nadábamos en nuestro propio patio, perseguíamos serpientes entre las piedras de la sala, salíamos en canoa por el barrio o atravesábamos puentes de madera para poder visitar a los tíos, todo se convertía en un juego, el universo pleno estaba allí a nuestra disposición. Como no teníamos televisión, gloria a Dios, no sabíamos de sofisticados juguetes ni nadie nos decía que había una sola manera de hacer las cosas, menos que para vestirse teníamos que plagiar a los otros, ni que todo el mundo tenía que usar gel en el pelo para parecer interesante; así que todo era maravilloso y diverso.

Cómo lamento que ahora los chicos crean que divertirse es andar revisando el celular todo el tiempo, tener conversaciones virtuales en el ciberespacio con trasnochados desconocidos o meterse unos audífonos a todo volumen en sus oídos.

3
Un ocho de diciembre, como se nos había inundado la casa y no había forma de poner la velitas en el anden, una de mis hermanas tuvo la feliz idea de recortar unas tablitas de madera de balsa, a las cuales les amarramos unas cuerditas delgadas y allí pusimos las velas encendidas y las lanzamos a flotar en el río, un lindo espectáculo que se gozaron, esa madrugada, desde el mercado, los vendedores y clientes, porque era una alfombrilla de estrellas errantes titilando sobre el agua, creada por nuestra magia infantil.

Cómo me duele cuando veo ahora a algunos niños que no pueden armar un juego sin tener que consultar intrincadas instrucciones y sólo apoyan su asombro en la velocidad de la competencia y no en la mecánica de descubrir fórmulas inteligentes.

Cómo me apena cuando los muchachos sólo juegan al fútbol porque aspiran a ganar mucho dinero y ya no les interesa cuando se dan cuenta de que no serán futbolistas profesionales.

4
Mi amigo Cristian, buen futbolista y buen muchacho, siempre andaba frustrado porque se decía a sí mismo que era el mejor y no lo era. El entrenador lo dejaba en la banca o a veces lo metía a jugar pero no le iba bien: se caía, erraba goles increíbles y qué contrariedad cuando piensas que eres el mejor y no puedes demostrarlo. Un día le sugerí que la cambiara. Le dije que se programara con la siguiente frase: “Soy muy bueno en lo que hago, me estoy esforzando para hacerlo mejor”.

Eso de ser el mejor –le dije- es muy relativo y complicado, porque depende de muchos factores y probablemente necesitarás de un momento, un lugar y una circunstancia para poder decirlo algún día. En cambio, con la frase que te sugiero -“Soy muy bueno en lo que hago, me estoy esforzando para hacerlo mejor”-, que es siempre presente, sea en la posición y el momento en que estés, podrás decirla sin temor a quedar mal porque estarás arrancando de cero y eso te invita a mejorar pero sin angustias.

5
Eduardo es un chico de dieciséis años que parece anormal porque siempre anda feliz. Qué difícil es encontrar a un joven que no se queje o que no esté al borde del suicidio. (Aunque esa sensación de pánico e incertidumbre es propia de la edad). El profe Abel Da Graca me comentaba que le parecía increíble cómo los muchachos renuncian tan fácilmente a su alegría infantil. Se vuelven graves y sombríos y creen que eso es ser adultos. De esta debacle emocional, me decía, por fortuna se salvan los costeños, que no pierden esa gracia natural.

Eduardo anda feliz porque un día alguien le dijo que descubriera cuáles son sus áreas de Excelencia y las trabajara en consecuencia. En nuestra cultura se resaltan más los errores que las potencialidades. Pero este chico se puso a pensar en las pocas cosas en las que realmente era bueno y diseñó un plan para acercarse poco a poco a la perfección de esas virtudes. Eso sí, sabe muy bien que en esas áreas de su vida NO PUEDE fallar, pero algún día llegará a ser una autoridad en lo que hace. Beneficios propios de la especialización. En una época en que todo el mundo sabe de todo y la información está tan a la mano, ser un especialista en alguna labor es una ventaja que muy pocos pueden darse el lujo de exhibir. Tiene sus razones para celebrar el muchacho.

6
Mariano, un adolescente extraño, de pelo pintado y cara de gato al mediodía, nos sorprendió una vez con esta reflexión: “Un día me di cuenta de que la vida no vale la pena. Haga lo que uno haga siempre va a estar inconforme, siempre se va a morir, se va a enfermar o le va a caer un rayo. Entonces, lo único que queda es disfrutarla mientras tanto, programarse para gozársela con la gente que te guste a tu alrededor”. Fabuloso.

A esto yo le agregaría que habría que sumarle horas de conocimiento, porque en la medida en que uno aprende tiene menos miedo, va por la vida más tranquilo y con menos equipaje, esos lastres tan incómodos, esas cargas que uno lleva como una santa cruz, para tener que dejarlas tiradas de todos modos al final del camino.

No puedo menos que recordar aquella pequeña historia hindú del hombre rico y poderoso que fue en busca del gran sabio en el Himalaya. Al entrar a la habitación observa que el sabio sólo tiene un catre y un vaso con agua.
-“Pero, ¿y dónde están sus muebles?”-le pregunta.
- “¿Dónde están los suyos?”-quiso saber a su vez el sabio.
-“Nooo, es que yo estoy de paso”, respondió el hombre.
- “Yo también”, dijo el sabio.

7
Y un apunte de Joaquín Robles Zabala, tomado del dominical del Heraldo, mayo 11 de 2008:

“Truman Capote decía que existía una gran diferencia entre escribir y escribir bien; y, por supuesto, otra más sutil pero profunda, entre escribir bien y el arte verdadero. Hemingway, por su parte, afirmaba, en un lenguaje menos poético, que el escritor debía estar armado de un detector de mierda”.

Atento, jóvenes, que esa es una buena clave: Saber escoger las circunstancias y los momentos, los amigos y el camino a seguir. Probablemente en alguna estancia de la vida no se podrá elegir con comodidad, pero hay que saber identificarla para esperar con paciencia el instante preciso. Entre tanto, así no se escriba una letra, lo importante es cultivar un alma de escritor o de detective, lo que implica tener que darse cuenta, estar pilas para diferenciar entre lo bueno y lo inconveniente, entre lo bueno y lo mejor. Pero qué esencial es encontrar ese detector de que hablaba Hemingway.

Hay momentos en la vida, como en la adolescencia, por ejemplo, que es más importante saber lo que uno no quiere que lo que quiere.

Publicado en El Heraldo Deportivo el 10 de Junio de 2008.

DE NARANJERO IZQUIERDO

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Veamos cómo han cambiado algunos personajes y oficios del fútbol aficionado al pasar de los años:

El futbolista


Definitivamente eran otros tiempos. Tener algún familiar que se dedicara a esa quimera del fútbol era poco menos que una desgracia. Como pasatiempo estaba bien, pero la pelota de trapo y luego el balón, no tardaban en robarse el tiempo que el muchacho debía emplear en el estudio, el trabajo u otras actividades útiles y productivas. Nadie dudaba de la belleza y el relax que podía entregarnos una tarde pródiga en malabares y goles, porque, entonces, sólo se dedicaban al fútbol los verdaderos artistas del balón, románticos obsesionados y temerarios que cambiaban cualquier actividad o empleo, por rentable que fuera, por un partidito de bola’e trapo o el infaltable clásico dominical en la cancha sagrada de algún barrio; pero de ahí a que fuera tomada como una profesión digna y seria había mucho trecho.

Y los padres, desde luego, contrariados, reprimían ese “vicio” persiguiendo a los pelaos y sacándolos a chancletazos limpios en pleno partido callejero. Algunos castigos podían ser más violentos –aunque no más efectivos si de corregirlos se trataba- porque los futbolistas jóvenes, a pesar de aguantarse sus fueteras o sus buenos cantazos de cabuya, se las ingeniaban, cada vez con más sofisticación, para continuar en la brega futbolística, y si algún día, de repente, aparecía por ahí su foto en el periódico o lo mencionaban por la radio como integrante de un seleccionado, ya entonces sus familiares tenían que resignarse a soportar a ese loco con su tema; “Es un caso perdido”, decía siempre el abuelo.

Era algo sólo comparable a cuando resultaba un músico en la familia. En cualquier caso se presumía su irremediable destino: va a ser parrandero y borrachón. Para entonces los trovadores, serenateros y acordeoneros o ejecutantes de una papayera no eran considerados unos artistas. Más bien se convertían en una especie de eterno dolor de cabeza para las madres que los veían salir emperifollados –a los futbolistas también- los domingos por la mañana y regresar, tambaleantes, a altas horas de la noche mascullando la última melodía que les rondara en su cabeza.

Es cierto que desde el punto de vista económico y social el fútbol era una especie de actividad marginal. El futbolista era considerado básicamente un vago: esquinero, jugador de billar (lo que se dice “un tigre”) alérgico al estudio, tomador de ron blanco y en algunos casos, marihuanero por adopción. Pero era –como ya dijimos- un artista del balón; por sus poros transpiraba imaginación, fogosidad, entrega por un arte que asumía por vocación y cuya expresión constituía todo un ritual. Entonces, eran relativamente pocos los que se dedicaban a esos menesteres. A pesar de la poca promoción periodística, los buenos jugadores eran ampliamente conocidos en cualquier pueblo o vereda a donde llegara un equipo a jugar un partido.

Y ni para qué hablar de una selección departamental: quien llegaba allí se ganaba la aureola de personaje legendario. Es decir, sólo aquellos que tenían verdadera vocación de futbolistas podían participar del juego. A los demás, simplemente, no los dejaban o ellos mismos se automarginaban. Existían pocos equipos y ser llamado a un onceno de renombre era todo un logro, lo mismo que implicaba participar en el torneo oficial de la liga donde sólo podían actuar los más competitivos. Además, se profesaba un buen trato al balón con una devoción casi franciscana y se comunicaban en la cancha con silbidos y frases, usando códigos y señales que se hacían respetar con celo: “No la dejes caer porque se quiebra” -gritaban-“¡No la maltrates!”.

El Director Técnico

El madrugado carnicero, el entusiasta zapatero del barrio, el muchacho desocupado amigo de todos o algún espontáneo a quien le gustara cargar el balde y asistir a las reuniones del comité de fútbol, solían ser los técnicos de aquellos equipos de esfuerzo propio que se armaban con los pelaos que vivieran en las tres cuadras a la redonda. Muchas veces las bases de esos cuadros eran las tradicionales líneas de bola de trapo que se llevaban de una calle a otra. Y entonces la rifa para el uniforme, la camiseta de otomana, los guayos remachados y la humilde contribución para el arbitraje que algunos señores simpatizantes, don Tobías o el señor Mendoza, o incluso, hasta doña María, aportaban para ayudar a los muchachos.

El técnico era generalmente el mismo dueño del equipo, porque alguien tenía que encargarse de los carnés, del balde del agua y de gritar y arengar a los jugadores, pero también estaba el otro, el tipo colaborador que canjeaba sus servicios por un trago de ron, y que asumía a veces de aguatero, pero lo que hacía en realidad era partir las naranjas en cruces para echarlas al balde y darle al agua ese sabor medio ácido y dulzón tan apetecido por los futbolistas cuando aprieta la sed. Generalmente se trataba de alguien que, sin saberlo, se convertía en un motivador del equipo con sus chistes y ocurrencias, una especie de bufón de feria, tan necesario, pero tan anodino e insignificante en la escala de reconocimientos en ese deporte, que para referirse a alguien que no supiera jugar fútbol se decía que no había jugado ni de “naranjero izquierdo”.

Otros equipos, en apariencia más afortunados, contaban con algún exjugador profesional, alguna legendaria figura de selección departamental o algún muchacho que hubiera pasado con relativo éxito por las reservas del Junior. Finalmente aquél veterano del equipo que por su experiencia hasta dirigía y jugaba al mismo tiempo. Pero en todos los casos se trataba de alguien que coordinaba el grupo, hacía frente a las divergencias presentadas con los árbitros y organizadores del campeonato y supervisaba las prácticas, que en ese entonces eran los martes “la física” y los jueves “el baloneo”, y el día del partido el hombre gritando en la raya, desesperado o feliz según el caso, pero aliviando su ansiedad con un nuevo cigarrillo que enciende o con unas cervecitas que se ha tomado en voz baja.


El masajista

Era fundamental contar con este apoyo paramédico porque entonces no se “calentaba” como mandan ahora los cánones del entrenamiento, sino que se hacían unos trotecitos y era el masajista el que remataba la faena a punta de linimentos, alcanfor y ron de contra, ese olor característico que invadía los camerinos y que aturdía a los allí presentes. El masajista tenía un poco de farmaceuta, un poco de brujo y un poco de psicólogo, porque hasta él llegaban los jugadores a contarle sus cuitas, quizás porque era un personaje desprendido y desprevenido y con frecuencia un veterano con mucha experiencia en lidiar hijos y mujeres.

En la actualidad, de algún modo, estos personajes y oficios siguen siendo piezas claves en los equipos de fútbol, pero con unas diferencias abismales: los jugadores son ahora profesionales casi desde niños y todo el mundo los apoya sin ningún reparo; los técnicos son ahora profesores, entrenadores, manager, misteres o Alineatores (como dicen los italianos) y cuentan con un grupo de apoyo que incluye médico, delegado, preparador físico, psicólogo, utilero (ya nadie dice “Aguatero”), asistentes de campo, asistente técnico, trabajadoras sociales, espías y, algunos, hasta jefe de seguridad. El masajista desapareció como tal y pasó a ser el kinesiólogo, un nombre de más caché porque significa que el tipo se ha profesionalizado. Pero, siempre, así ya nadie lleve naranjas a los partidos porque ese sabor a caño de ahuyama ha sido reemplazado por los Gatorades y otras bebidas energéticas, siempre, decía, aparece algún espontáneo que sigue actuando como el Naranjero izquierdo, con sus ocurrencias, chistes y anécdotas atrevidas, solícito para cualquier mandado que hubiera que hacer y dispuesto a lo que sea por los pelaos.
A él queríamos hacerle este pequeño homenaje
.

Publicado en El Heraldo Deportivo el 3 de Junio de 2008.

viernes, 30 de mayo de 2008

CINCO FUTBOLISTAS DEL ATLÁNTICO VISITAN EL GIUSEPPE MEAZZA

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Con frecuencia nos quejamos en los medios de comunicación de la poca oportunidad que tienen nuestros futbolistas aficionados de competir en el plano internacional, ya sea porque no son llamados a las selecciones Colombia, o bien porque, contadas las excepciones, los clubes a los que pertenecen no le apuestan a ese tipo de inversión.

Nadie discute lo valioso que puede resultar una experiencia de esta calidad en la formación de un muchacho con aspiraciones de consolidarse en el fútbol profesional. Vivencia que lo marcará para toda la vida, porque el joven regresa densificado, con otra visión, nutrido de paisajes, situaciones, idiomas y confrontaciones fuera del ámbito natural que de alguna manera enriquecen su acervo cultural.

Cinco de nuestros jóvenes talentos han tenido la fabulosa posibilidad de hacer ese viaje a tierras europeas representando al Deportivo Cali de la categoría sub-17, y desde el pasado viernes 18 de abril se encuentran adaptándose a los rigores del clima, cambio de alimentación, sistema de transporte y demás contingencias propias de estas pruebas, preparándose, claro está, para acometer con lujo de detalles el torneo Internacional de Gradisca, en Italia. Son ellos: Javier Espitia, Maicol Ortega, Luis Fernando Muriel, Gustavo Cuellar y Carlos Andrés Miranda.

El Deportivo Cali, club en Colombia que hace algunos años le viene apostando al trabajo de sus divisiones menores, cree en el potencial de nuestros jóvenes futbolistas. Para esta ocasión ha configurado un equipo, dirigido por los profesores Jorge Cruz y Mauricio Palomino, donde predominan los elementos del Valle del Cauca y de la Costa Norte de Colombia, específicamente del Atlántico, como se verá. Toda una mezcla explosiva, si tenemos en cuenta las características de los jugadores de estas dos regiones: ricos en técnica y picardía, potentes y atrevidos, con un swing ancestral marcado por la cumbia y la salsa.

En el periplo cubierto hasta ahora, antes de enrumbarse definitivamente a Gradisca, el equipo aterrizó en el Charles De Gaulle de París, haciendo tránsito hacia Milano y pernoctando, durante tres noches, en Pinzolo, poblado turístico de la región de Trento. Actualmente se encuentran alojados en Lignano, balneario contiguo a Trieste, al norte de Italia.

Como hecho anecdótico, se puede registrar que por invitación del Inter de Milán disfrutaron por unas horas de ese templo del fútbol en San Ciro, el Giuseppe Meazza. Compartieron allí con el colombiano Nelson Rivas, recio defensa central procesado en las entrañas del Deportivo Cali y ahora promisoria figura en el calcio. Más tarde, fue preciso atravesar por la histórica Venecia, ciudad con ese halo de romanticismo en sus construcciones y canales, los talleres de cristal de Murano y, por supuesto, la basílica en la plaza San Marcos.

¿Quiénes son estos deportistas adolescentes, salidos de nuestras canchas de barrio, que atravesaron “el Charco” a la conquista de promisorias oportunidades?

Javier Espitia Echeverría, barranquillero, defensa central, espigado, de excelentes condiciones técnicas para la posición, con 16 años, es el más antiguo en tierras caleñas. Fue vinculado al Deportivo Cali desde el 2006, después de haberse destacado en la Escuela Barranquillera y las Selecciones Atlántico.

Michael Ortega Dieppa, de Palmar de Varela (Atlco), volante creativo con gol. Potente, bien armado físicamente a pesar de su baja talla, con 17 años, posee gran habilidad en el dominio del balón en movimiento, encarador con cambios de ritmo, lo que se conoce ahora como Media punta. Procede de la Escuela de Toto Rubio y es su segundo año en el Cali.

Luis Fernando Muriel Fruto, goleador de Santo Tomás (Atlco), centro delantero de esos a la antigua, con mucho oficio dentro del área, elegante y de buen porte, recursivo con el balón. Jugó en la Escuela de Santo Tomás de don Plácido Díaz, pasó fugazmente por las divisiones menores del Junior, de donde salió porque, según sus palabras, dejó de asistir a varios entrenamientos y cuando quiso regresar ya tenían los grupos armados. Se fichó entonces para la Escuela Barranquillera, destacándose, especialmente, en el torneo ASEFAL. Desde enero de este año juega para la juvenil B del Deportivo Cali.

Gustavo Cuellar, volante mixto, soledeño, con 16 años. Procede de la Escuela de Fútbol Johan. Jugador que se destaca porque, pese a desempeñarse en zonas de recuperación, posee una condición técnica tal que le confiere gran dominio del juego. Es de los recientemente vinculados a la institución caleña. Sin embargo, tras su excelente actuación en el reciente torneo de las Américas, fue tenido en cuenta para este viaje.

Y Carlos Andrés Miranda Fruto, 17 años, defensa central. Rápido, recursivo, casi impasable en el mano a mano. Invitado hace muy poco a la ciudad de Cali, también fue incorporado a última hora en la lista de viajeros luego de un buen torneo de las Américas. En Barranquilla se destacó con la escuela Eparquio González y jugó durante dos temporadas con el Club deportivo Yeimi.

Karim Gorayeb, miembro del Comité Ejecutivo del Deportivo Cali y en este momento al frente de la delegación viajera, habla muy bien de nuestros jugadores: “Soy muy optimista con el jugador de la Costa Atlántica ,porque, a no dudar, cada día muestra más ambición de triunfo, disciplina, mucho talento y, especialmente, una gran disposición y entrega. Estamos muy contentos con los aportes que nos hacen los muchachos de esa región”

Para nadie es un secreto que hace algunos años se viene realizando una labor de veeduría en esta zona del país y son varios los jugadores vinculados a la institución azucarera, de donde se destacan Freddy Montero, Armando Carrillo, Anthony Tapia, Luis Pallares, Abel Aguilar y Edgar Felipe Pardo, estos dos últimos, aunque nacieron en ciudades distintas a las nuestras, tienen fuertes vínculos con la costa y fueron llevados por el veedor de esta región.

PIE DE FOTO:
(FOTO GRUPO)De izquierda a derecha: Javier Espitia, Carlos Andrés Miranda, Nelson Rivas, Agustín Garizábalo, Luis Muriel; ABAJO: Gustavo Cuellar y Maicol Ortega. EN EL SAN CIRO, GIUSEPPE MEAZZA, DE MILANO.

Si quiere hacer un comentario o una sugerencia de este artículo, favor escribir a agarizabalo@hotmail.com

Publicado en el Heraldo Deportivo - Abril 29 de 2008.