Mostrando entradas con la etiqueta SERIES. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta SERIES. Mostrar todas las entradas

viernes, 25 de septiembre de 2015

ANDRÉS FELIPE ROA: EL "PRINCIPITO" DE SABANALARGA




Por: AGUSTÍN GARIZÁBALO ALMARALES


El Principito
Andrés Felipe Roa es una especie de ‘Speedy González’, capaz de pasar del punto estático cero a desarrollar una explosión letal en fracciones de segundo. Cualquier defensa desinformado que intente marcarlo muy de cerca, se verá sorprendido por ese arranque de ‘correcaminos’ (¡Bic, bic!)  Y ¡allá va! ¡Cójanlo!...
Cabeza levantada, técnica fina, cambio de ritmo, elegancia, decisión, asertividad y goles. Favorecido por las cámaras por esa pinta de actor nórdico y ese carisma seductor que mantiene cautivo a un Fans Club de féminas, pero, ¡ay!, mientras no tenga que hablar, claro, porque allí lo traiciona esa timidez ancestral, esa torpeza para comunicar con palabras lo que hace tan fácil con una sonrisa o una mirada inquisidora.
Su natal Sabanalarga, una población ubicada en el epicentro del Atlántico, enloqueció el día de la final Cali-Medellín cuando Roa dibujó aquel soberbio cabezazo que enmudeció al Atanasio Girardot y luego alcanzaría el paroxismo cuando, en plena celebración, dando la vuelta olímpica, Andrés tuvo la delicadeza de sacar y envolverse con la bandera de su pueblo y ahí sí fue Troya, a correr y abrazarse con todos los vecinos y amigos, como si fuera un 31 de diciembre en hora de pitos, salir enmaicenados en caravanas, borrachos en medio de la fuerte lluvia de esa noche que caía y adornaba la faena y después rematar con un recibimiento apoteósico al día siguiente, con carros de bomberos y papayeras, y ríos de ron y de orgullo, como tenía que ser.
Gol del Título Deportivo Cali
Pueblo y familia, claves esenciales
Después de  tener a sus hijos varias temporadas en la Escuela de Fausto Castro, Carlos Roa Mercado, decidió organizar, con algunos amigos (Nicolás Martínez, Ramón Blanco, Salin Abdala, Eliécer Navarro y Luis Barraza), el Club Asefusa, de Sabanalarga, con la intención de formar jugadores para el fútbol profesional y emular algunos pocos nombres que en el pasado figuraron: Melquisedec Navarro, Roberto Vizcaíno, Eurípides Blanco, Hernando Mercado, Gustavo Fonseca, Leonidas De la Hoz, Dimas Mattos y Osvaldo Otero. Aunque Andrés es el primero en coronarse campeón de un torneo rentado. En la actualidad también se destacan su hermano Juan Camilo Roa, referente en Cortuluá, (luego de haber intentado en el Deportivo Cali y en la Autónoma) y Mauro Manotas en el fútbol de Estados Unidos. Su hermano menor, Carlos, ha estado en la Selección Atlántico en varias ocasiones y recientemente fue invitado a un microciclo de la Selección Colombia sub-15. Curiosamente los tres hermanos utilizan el número 25 en sus camisetas.
Con la Selección Colombia de Mayores
Este profesor de Química del colegio Antonia Santos de Molinero, es un hombre dócil y tranquilo. Eventualmente tendrá sus pecados, como todos, pero no es fácil encontrar a un padre más consagrado a sus hijos y su familia que Carlos Roa. Con su esposa Zamira Estrada,  han edificado un hogar digno que goza de la estimación general. Y no dudan en mostrar carácter cuando se trata de exigirles a sus hijos corrección y seriedad en sus actuaciones, que no les gusta que anden en la esquina ni molestando en la casa ajena, que eviten conflictos innecesarios, que respeten a los mayores, que se preocupen sólo el día en que ninguno les diga nada y que no sufran por ambiciones vanas, porque nadie pierde lo que no ha tenido.
Alguna vez, el entonces presidente de la Liga de fútbol del Atlántico, Carlos Peña Torres, me invitó para que fuéramos  a ver una final infantil que se jugaba en el estadio Moderno de Barranquilla y que fue ganada precisamente  por Asefusa. Varios chicos me interesaron. Hablé con el presidente del club, que resultó ser el papá de los Roa, y le sugerí que era importante que organizaran un programa de control y crecimiento para esos muchachos. “Es bueno que los lleves a un médico deportólogo y a un nutricionista —le indiqué—, juegan bien tus pelaos, pero están como flaquitos”. Tres años después asistimos a un partido del Torneo Nacional, acompañados por Ricardo Martínez, entonces director de las Divisiones menores del Deportivo Cali y el monito, especialmente, nos sorprendió a todos, por su potencia, velocidad y contundencia. La tarea se había hecho bien. La casa-hogar del Cali lo esperaba.
Con UNIAUTÓNOMA  - Campeón en la B
Recorrido en la 'B', debut en la ‘A’
En el Deportivo Cali se consideró prudente que Roa y otros muchachos de divisiones menores fueran a ganar experiencia en otros entornos. Como Uniautónoma jugaba de local precisamente en Sabanalarga, se sugirió que Andrés viniera a ser el único jugador de ese pueblo en la nómina titular del equipo universitario. Les fue tan bien ese año 2013, que lograron el título de la ‘B’, ascendiendo de categoría. No obstante, por diferencias entre los clubes, debió continuar en la segunda división por otra temporada, ahora con el Unión Magdalena. Ese periplo por tierras costeñas, con pocas comodidades y casi en situaciones límites, vino a darle lo que quizás  le hacía falta a su talante.
Atrás quedaban sus resabios con el profe Rober Carabalí en la sub-20 del Cali, sus enojos de niño caprichoso, como en aquella ocasión en que llegó tarde a la cancha porque un desfile militar retrasó su viaje. Cuando hablé con él por teléfono no podía entender su rabia. “Es lo normal —le dije—. Llegaste tarde, no juegas” Entonces me dijo algo que me dejó pasmado y que reflejaba su carácter de aquellos momentos: “No es eso, profe, que no me pusieran a jugar no importa, sino que me obligaron a prestarle mi uniforme a un pelao que es muy malo”.
Entrenamiento con el Deportivo Cali
Su debut con el Cali ante Alianza Petrolera fue de novela. Partido complicado, entra para el segundo tiempo y fue la sensación en el estadio, pelotas en los palos, pases exquisitos, la gente se preguntaba, asombrada, de dónde había salido semejante crack. En la televisión ya lo escogían como la figura de la cancha. En tiempo de reposición va por una pelota en la línea lateral, cerca del banco contrario y se estrella con el técnico Adolfo León Holguín. Ahí mismo se forma una gresca; Roa, alterado, le da un cabezazo en el pecho al defensor Henry Rojas, lo expulsan y lo sancionan por seis fechas y le ponen una multa y algún exaltado fanático corrió a nombrarlo en Wikipedia, por ese hecho, como el ‘Zidane’ colombiano.
Epílogo
Andrés Roa ha tenido que pagar con sangre, sudor y lágrimas su aprendizaje para lograr figuración en el fútbol profesional. Quizás, confiaba demasiado en su talento y se imaginó que sería fácil: esa clase, esa técnica depurada, esa pinta de principito, monito, ojos verdes, consentido en el equipo de su papá, precisamente el 10 y capitán, cierta dosis de soberbia y pereza casi inherente a un muchacho de esa edad, todas esas señales equívocas cuando de madurar se trata, para luego confrontarse con las exigencias y la cruda realidad. Saber que te ponen a jugar en una posición donde no te gusta o que te saquen de taquito por el mínimo fallo: cuatro técnicos vallunos, fustigadores, punitivos, que no perdonan una.
Primero, Willy Rodríguez en la Autónoma, Luego Héctor Cárdenas en el Deportivo Cali (fue tal su desencuentro que Cárdenas no quería verlo ni en pintura), una temporada con Fernando Velasco en el Unión Magdalena, para después recalar en el Deportivo Cali con “el peor de todos”, un ‘Pecoso’ Castro cansón, obsesivo, fustigador e implacable, pero del que más ha aprendido lo que significa el verdadero peso específico de un jugador de élite y que le ha valido, nada menos, ser convocado por José Néstor Pékerman a la Selección Colombia de mayores.
 Publicada en EL HERALDO de Barranquilla - Martes 8 de Septiembre de 2015

ENLACE PUBLICACIÓN ORIGINAL: http://www.elheraldo.co/deportes/andres-felipe-roa-el-principito-de-sabanalarga-216089

agarizabalo@hotmail.com



martes, 14 de abril de 2015

RAFAEL SANTOS BORRÉ: “LA MÁQUINA” BIEN ACEITADA


Por: Agustín Garizábalo Almarales


Con RAFAEL SANTOS BORRÉ se cumple a la perfección un principio por el cual nos hemos guiado para realizar nuestro trabajo: “El talento no sólo se descubre sino que se construye”.
Con la Selección Colombia Sub 20
Había que verlo cómo llegó al Deportivo Cali cuando fue invitado a una pasantía por el profesor Carlos Julián Burbano, director de las divisiones menores de ese entonces: flaquito, liviano y cabezoncito, en esos veinte días, a punta de movimientos, calidad técnica y voluntad, se ganó la posibilidad de quedarse enseguida en el club, pese a la opinión escéptica de algunos entrenadores.
Ahora que lo vemos con esa fineza para definir o devolver una pared, con esa plasticidad de patinador sobre el hielo para ejecutar los giros y escabullirse, no podemos ocultar nuestro orgullo por todo lo que ha mejorado en esos años de formación.
Santos Borré es incesante como el mar de leva: entra, sale, hace diagonales, aturde y cansa a los defensas y casi siempre se encuentra perfilado para recibir. No está, pero de repente aparece, sorpresivo, con la certeza y voracidad de un escualo. Su mayor cualidad es que no teme a equivocarse: acaba de hacer o errar un gol, pero segundos después vuelve a intentarlo, una y otra vez. Antes, algunos le decían ‘Garantía Borré’. Ahora le dicen ‘La Máquina’.
Valledupar: edénico lugar

Ismael Borré Aguilera, licenciado en matemáticas, se fue a vivir a Valledupar con su nueva compañera Ana Madera, tras su separación con Deysi Maury, pero se llevó consigo a sus dos hijos. De inmediato fue en busca del profesor ‘Chiche’ Maestre para presentarle a su hijo de cinco años, un monito pecoso e inquieto, cuyo único juguete en su vida ha sido un balón. “Era muy alegre para jugar, tenía destreza, resistía golpes, no le tenía miedo a la tierra y siempre hacía goles”, comenta el veterano entrenador del colegio Loperena.
Con Brayan Velilla en NEOGRANADINOS


A los ocho años, Rafa era campeón mundial de quebrar vidrios en su barrio Alfonso López, tanto así que su papá, tolerante que es por su condición de educador (cosa que le critican sus amigos y familiares: “Carajo, ¡estás malcriando a esos pelaos!”) compraba vidrios por docenas para que los vecinos encontraran de inmediato la solución a esos desastres.

Daniela, su hermana dos años menor que él, lo acompañaba a todos los partidos y recuerda con gracia que los profesores ‘Chiche’ y José Rodríguez ponían a calentar a los pelaos mandándolos a recoger trotando las piedras de la cancha Panamá, tal era las condiciones en las que jugaban. Pero igual así, el monito se destacaba con goles; el profe lo retaba, lo dejaba en la banca y él cogía rabia, y luego, para fustigarlo, le decía: “Bueno, vamos a ver si eres capaz de hacer un golcito, vaya y solucione”.

Ana Madera, su madrastra, que no merecería llevar ese horrible apelativo porque en realidad lo ha querido tanto como una madre, cosa que la propia Deysi reconoce, estuvo atenta a su desarrollo integral, a sus travesuras, a educarlo para la vida, como ella dice, con firmeza y energía, pero sin dejar de consentirlo, como cuando lo ponía a lavar sus propios uniformes de entreno y partidos, para que fuera aprendiendo a defenderse solo. “Muy lindo era verlo  hacer oficios”, cuenta.

Fútbol, Corazón y Goles

Barranquilla, procera e inmortal


En vacaciones Rafael Santos (ya es un lugar común decir que le pusieron ese nombre por la canción de Diomedes) se venía para donde su mamá Deysi y su abuelita Tiburcia (Q.E.P.D) en el barrio Santodomingo de Guzmán. Allí, con su gallada y los convites de Pipo y Coco y, especialmente, las complicidades y ocurrencias del tío Nene, un buen día lo invitaron  a un entrenamiento del club Neogranadinos en la propia cancha del barrio y fue visto por Henry Peralta y Federico Chams. Le pidieron que fichara para ese equipo y Federico tuvo que llevárselo para su casa, con todos los conflictos que implica meter un nuevo miembro en la familia así de la noche a la mañana.
Henry Peralta me insistía en que habían encontrado un talento y que fuera a verlo. Como sé que Henry es exagerado, me demoré para ir. Pero una tarde llegué a la cancha del barrio Nueva Granada y descubrí magias y sensaciones que me motivaron a apostar por ese proyecto.
Con Agustín Garizábalo en la sede del Deportivo Cali
Durante dos temporadas fue el máximo goleador de la Liga del Atlántico en su categoría, haciendo goles sorprendentes. César Picalúa, Rolando Campbell, Heiner Blanco y el propio Peralta se encargaron de mejorarlo como futbolista. Yo, en tanto, conversaba con él y veía su ambición, su disposición para aprender continuamente, su capacidad para potenciar sus finezas técnicas. Su papá se lo decía en términos precisos: “Mijo, te estamos educando para que tomes decisiones, no para que sigas instrucciones”. Por eso tiene siempre algo que decir, algo que agregar, algo para mejorar, porque no traga entero.
En octubre de 2010, Carlos Julián Burbano vino a Barranquilla a ver la final Prejuvenil y decidió invitar a Cali a cuatro jugadores de la Selección Atlántico de la categoría 94. Como no hay quinto malo, también se llevó a Rafael Borré, que es 95, a una pasantía por unos días y al final, años después, los otros jugadores fueron devueltos y sólo quedó el agregado cultural de aquel momento. Borré vendría dos veces a representar a la selección Atlántico en dos finales juveniles, incluyendo los juegos nacionales, pero no tuvo un buen desempeño.
 Cali: oiga, mire y vea
Paciencia, aprendizaje y más paciencia fueron sus armas. No fue fácil porque un jugador de otra región en Cali tiene que ganar por goleada. Por fortuna este muchacho se gestiona bien, se hace querer. El primer año ni siquiera jugó torneo Nacional, sólo la Liga del Valle, pero logró ser uno de los  goleadores del Torneo de la Américas. Impensable, porque jugaba muy poco, entraba por ratos y sin embargo sus goles lo destacaban.
Una delantera de miedo: Con Mifguel Murillo y Harold Preciado
Su proceso no siempre estuvo claro: hubo dudas; siempre las hay. Algunos directivos de divisiones menores lo defendían; algunos entrenadores no creían en él, otros sí. Y le enseñaron, le hablaron, lo potenciaron. De eso se trata: Es una suerte de adivinación, nadie sabe en realidad qué es lo que va a pasar con un talento así. Sería presuntuoso venir a sacar pecho ahora.
Alguna vez fue invitado a entrenar con el equipo profesional y Leonel Álvarez quedó impresionado con él. Lo puso a debutar un par de meses después contra el Medellín en el Atanasio. En ese preciso momento se estaba jugando un Torneo juvenil en Cali y Borré, pese a estar inscrito, no jugaba porque estaba con el equipo profesional. Pero el sábado en la mañana, Leonel le dijo que no lo iba a tener en cuenta para el partido de la noche, y entonces él pidió que lo dejaran jugar la semifinal del Torneo de las Américas.
Increíblemente no fue alineado. Pasé por la banca técnica y lo saludé: “Ajá, Rafa ¿y qué?”. Entonces me dijo esta joya: “Aquí, ‘Agu’, esperando la oportunidad”.  Lo curioso del caso es que lo vi tranquilo, relajado,  con una cara gozosa como si estuviera esperando plata de un cajero automático.
Luego lo metieron empezando el segundo tiempo (iban perdiendo 1-0) y a los 20 segundos ya había empatado el partido y a los 10 minutos aumentó la cuenta con un soberbio gol de cabeza. ¡Caramba!, ese día me convenció. “Huy, este man se las trae”, pensé. El resto de la historia se encuentra en google, como dice mi profesor de literatura.
Sasntos Borré: Modelo para armar
Mateo, su hermanito de 8 años, que es la suma de un volcán en erupción con un tsunami, dice que quiere mucho a Rafa y que desea encontrase con él para reclamarle  porque todavía le debe mil pesos. Cuando uno se queja porque este chico nunca se queda quieto, el papá Ismael, con una actitud de bacán de barrio, cuenta con estoicismo que “Rafa era peor, imagínese profe”.
Este señor es un relax completo: “Mi hijo es un bendecido”, agrega. “Ha tenido dos mamás. En la familia tenemos una gran relación entre todos y queremos mucho a Rafa. Sus mamás Deysi y Ana y todos en la casa vamos en un solo grupo a verlo jugar o esperamos el partido por televisión”.
Lo único que le preocupa es que si alguna vez le toca mudarse para Europa, extrañaría esas partidas de dominó que juega los domingos con sus amigos en la tienda de la esquina, en mocho y camiseta, y con un refrescante y espumoso juguito de cebada debajito de la mesa.

Publicado el 30 de Agosto de 2015 -  EL HERALDO de Barranquilla
ENLACE DE PUBLICACIÓN ORIGINAL:  http://www.elheraldo.co/deportes/santos-borrela-maquina-bien-aceitada-214419

agarizabalo@hotmail.com


sábado, 23 de marzo de 2013

GUSTAVO CUELLAR (1ª. parte)


El 8 del Verde es Colorado

Viaje al Semillero
(Tercera temporada)






Por:

Agustín Garizábalo Almarales




Esa mañana deambulaba atolondrado porque faltaba un día para el viaje y aún no contábamos con los recursos necesarios; no obstante, un posible patrocinador  me había citado en la cancha del barrio San José de Barranquilla y, estando ahí, mientras lo esperaba, me puse  a mirar un partido del torneo navideño que se juega allí y después de observar unos minutos exclamé, casi para mí mismo: “¡Carajo, qué bien juega ese monito!”. El profesor Alfredo “el Pato” Araujo, que andaba por ahí cerca, me ha dicho: “Sí, el pelirrojo se las trae. Hace rato que no me he movido de aquí por estar viéndolo”.

El Deportivo Cali mantiene un convenio social-deportivo con el Inter de Milán y su programa estrella es el Intercampus. En diciembre se juega un torneo y los “Satélites” debemos desplazarnos a la Sultana del Valle para participar en dicha competencia. En esas estaba cuando vi por primera vez a Gustavo Cuellar. La verdad, yo ya me había encontrado varias veces con él, pero nunca lo había visto jugar.


Ocurría que le hacía seguimiento a la categoría mayor del club Johan, y cuando llegaba a los partidos, Cuellar ya había jugado antes o iba a jugar después, de modo que no podía ver sus encuentros porque tenía que irme a otras canchas, pero sí aprovechaba, cuando había la oportunidad, para “mamarle gallo” al monito, porque como era pecoso y con ese pelo rojo, me recordaba a aquel personaje juvenil de los “paquitos” conocido como Archie, y yo le decía Archie, pelo pintado, que se echaba “dioxógen” o manzanilla en el pelo para dárselas y él nada más se reía y escondiendo la cabeza decía que no señor, que su cabello era natural.

Pero bueno, cuando lo vi jugar ese día se me ocurrió que lo podía invitar al viaje, ya que uno de los grupos era de su categoría (92) y llamé a Wilfrido Solano, dueño del club Johan, y le pregunté si me autorizaba para llevar otro más de sus pupilos (ya tenía algunos incluidos). Como había que aportar una plata y todo estaba tan encima, supuse que los papás del pelao no tendrían, entonces me adelanté con esa gestión. Afortunadamente Wilfrido me dijo que sí, que él respondía.



De modo que una vez terminado el partido, que el equipo Johan se dejó remontar 3-2 después de ir ganando 2-0, ya se imaginan la rabia en ese camerino, y me acerco para darle la buena noticia al monito, lo llamo (“!Hey, mono, ven acá!”), y qué va, no me quería atender, sacaba el brazo hacia arriba y decía: “No me diga nada, no me diga nada, yo sé que me va a joder por el pelo”.


Se puso peleón, hasta cuando, por unos segundos, me dio la oportunidad de preguntarle que si era que no quería viajar a Cali. Enseguida se le encendieron las luces (qué descripción más apropiada para este pelo de candela) y no cabía de la dicha, porque no lo podía creer, igual que su madre, Luz Marina Gallego, que me llamó un millón de veces por la noche, para agradecerme una y otra vez, feliz porque le estaba ayudando a cumplir el sueño a su hijo.



Y ella sí que sabía lo que era pelear contra los resabios de un sueño: siendo de Montería, su gran aspiración era tener un acordeonero en la familia, así que el niño Dios era generoso con esos instrumentos musicales; otras veces, incluso, trataba de convencerlo de que intentara con un deporte más cercano a sus ancestros: “hay, mijito, -le decía- si tenemos un patio grande y con todas tus hermanas (que son 4, bendito eres entre las mujeres) puedes jugar tranquilamente aquí al bate sin necesidad de irte para la calle”.


Pero, aunque le comprara bonitas manillas y le hablara de las grandes ligas, a Gustavito se le salía lo tolimense (su papá, Gustavo Cuellar Ortiz,  es de Ibagué) y se emberracaba y decía que no, que lo que él quería era ser futbolista y no hubo forma y tuvieron que inscribirlo en Metrosol, el equipo del barrio Soledad 2000, y luego el profesor Javier Romero se lo llevaría a Johan, un club de más renombre, y de repente, ahora, se le presentaba la oportunidad de emprender en serio esa aventura.

En Cali fue uno de los más destacados en el Intercampus, tanto que Abel Dagracca, director de la divisiones menores, y Ricardo Martínez, su asistente, me dijeron que el monito debía regresar en enero. Pero yo no estuve de acuerdo: “yo aún no lo conozco”- les dije- “no le he hecho seguimiento todavía, no puedo responder por él. Dejemos que esté un año más en Barranquilla, que juegue en la selección Atlántico y ahí veremos si alcanza el nivel. Yo les aviso”.


Pero fue una tragedia, Cuellar se vino abajo en su accionar al punto de que terminó como suplente en esa selección departamental, e incluso, algunas veces fue enviado a la tribuna. Yo lo veía y dudaba: “Caramba, como desmejoró este muchacho cuando le metieron un trabajo exigente”. Luego lo observé en el ASEFAL de clubes a mitad de año, pero nada, el chico no arrancaba, terminaban sacándolo. La mamá vino y se me acercó un día: “Ay, profe, ¿cuándo es que se va a llevar a Gustavito?”. Pobre. Yo no supe ni qué responderle.


Afortunadamente para el mes de octubre vino la iluminación. De repente, jugando un partido en Santa Marta, volvió a aparecer el Gustavo Cuellar que nos había deslumbrado en tiempos pasados. Fue la figura de la cancha, casi escandalosamente. Fui y le dije enseguida: “Si sigues jugando así el resto de la temporada, armas tus maletas que te vas para el Cali”.



Lo que vino después fue meteórico: En marzo del siguiente año participó con el grupo B del Deportivo Cali en el torneo internacional de las Américas, pero ya en abril actuó como refuerzo del grupo principal en el torneo de Gradisca, Italia; en mayo fue convocado por vez primera a la selección Colombia sub-15, dirigida por Ramiro Viáfara, y allí se quedó con lujo de detalles. Su ascendencia en fútbol y reconocimientos fue dramática, al punto de que terminó siendo referente del combinado patrio en el suramericano sub-17, en Chile, y después, en el mundial de Nigeria, catalogado como uno de los jugadores más destacados del certamen, por su temperamento, por su elegancia, por su calidad de juego, por su liderazgo.


Y, por supuesto, también esa pinta de vikingo, ese pelo rojo encendido que no es muy común por estos lares y que ayuda a resaltar su personalidad. Hasta él mismo, alguna vez, siendo niño, notó la diferencia. Tendría acaso unos 4 años cuando encontró a su papá haciendo un trabajo de albañilería en la casa, y estaba preparando una mezcla porque iba a levantar una pared. Gustavito, al ver el color del ladrillo que su papá tenía en la mano, corrió a donde su mamá para preguntarle, con toda la ingenuidad que sólo un niño es capaz de mostrar:


- Mami, mami… ¿Mi papá me hizo con mezcla de ladrillo?...



Continúa...

agarizabalo@yahoo.com











viernes, 15 de febrero de 2013

JUAN GUILLERMO CUADRADO (2)


Viaje al Semillero (Tercera temporada)




     “La creatividad no se enseña, se provoca"

-Heriberto Fiorillo   



Por: Agustín Garizábalo Almarales

 





Para nadie es un secreto que Nelson Gallego es el fundamentador técnico más prestigioso del país. Por sus manos han pasado destacados jugadores de fútbol con perfil internacional: Víctor Aristizábal, Tino Asprilla, Giovanni Hernández, Camilo Zúñiga, Cristian Zapata, Abel Aguilar, Freddy Montero, por citar algunos, y, el más dramático de los casos, Alex Comas, quien prácticamente “aprendió” a jugar como delantero siendo ya profesional.


Gallego no siempre los descubre; a veces se los llevan y en ocasiones se los encuentra en el club donde llega a trabajar, pero siempre se empecina en el mejoramiento de la técnica del jugador, les da pistas para la comprensión del juego y les transmite cierta dosis de autosuficiencia (“agrandamiento”, dicen algunos) sin la cual ningún futbolista de valía alcanza el máximo nivel.

Me consta porque tuve la oportunidad de conocer de primera mano la metodología que aplica este fundamentador. Se detiene en los detalles más mínimos e insospechados, pero siempre con la intención de darles las mejores armas a sus discípulos: cómo proteger impecablemente el balón, cómo pegarle a la pelota con el empeine pleno, cómo entender el lenguaje futbolístico y, lo más difícil, cómo entrar y sobrevivir con éxito en esa fauna que es el fútbol profesional. Pocos, de verdad, poseen esa llave.

Cuando le acercamos a Juan Guillermo Cuadrado, Nelson Gallego era el Director de las Divisiones Menores del Deportivo Cali. Le dije, -lo recuerdo bien-: “Mira, profe, ese pelaito es como brasilero”. Después del torneo AFISA (anécdota contada en el artículo anterior) se decidió que “Neco” se quedaría por unos meses en la casa de Gallego porque no había espacio en la casahogar del Cali y sabíamos de las limitaciones físicas del muchacho, aunque, tímidamente, entrenara algunas veces en Comfandi con las DM.


Pero en el fútbol, a veces pasa que un crack como este no llega en el momento preciso porque su realidad personal conspira contra sus sueños. En clubes de altas expectativas y estándares de exigencias con los jóvenes que llegan de otras regiones, como el Cali, por ejemplo, puede ocurrir: Le pasó a Messi (Nada menos) que anduvo deambulando por varios clubes argentinos tratando de encontrar a alguien que apostara por él, hasta cuando, finalmente, aterriza en el Barcelona de España, club que estuvo dispuesto a pagar el costoso tratamiento que lo llevaría a desarrollarse como deportista de alto nivel. Y, un caso reciente, el de Yordi Alba, quien, después de 7 años en las menores del equipo catalán, fue desechado, pero logró sobresalir después en el Valencia (y en la selección española), y ahora el Barza ha pagado una jugosa suma para traerlo de vuelta.


Con Juan Guillermo pasó algo similar: En ese momento, por su escuálida figura, por su comportamiento alocado e irreverente, por la serie de falencias y limitaciones que cargaba a cuestas, él no necesitaba un club que le exigiera rendimiento; necesitaba un papá, un tutor que terminara de criarlo y pulirlo, y le ayudara a sacar el genio de su lámpara maravillosa. Bien lo supo Nelson Gallego. Y justo coincide que a los tres meses sale Gallego del Cali y decide el entrenador antioqueño embarcarse en esa colosal empresa: le pidió a la mamá de “Neco”, Marcela Bello, que se lo dejara para hacerle el trabajo que correspondía. (El padre había fallecido cuando él tenía apenas 4 años). Y allí empieza todo. Prácticamente, gran parte de los que es hoy J.G. Cuadrado, se lo debe a este maestro que le apuntó a un incierto baloto, y tuvo la suerte de ganárselo.

Después vino el mamita mía: Vitaminas, comida, creatina, entrenamientos, (“¡péguele así, inclina el cuerpo, saca el brazo!”) regaños, luchas, enseñanza de modales (“¡uf, no se meta el dedo en la nariz, home!”), la insistencia de que terminara el bachillerato, y paciencia, serenidad y paciencia, mi pequeño Solín, mucha paciencia. La señora Elizabeth García, esposa de Nelson, prefiere no acordarse. (“¡Es que este muchachito!...”)

Pero ya no había marcha atrás. Cuadrado se lanzaría a un periplo de cuatro años a bordo de sí mismo, con el apoyo de su tutor; sólo entrenando, aprendiendo, casi nunca jugando. Donde fuera Gallego, ahí estaba el aprendiz de mago. Tres meses en Bello (de la B), cuatro meses en el Bucaramanga, después una temporada en la ciudad de Medellín, siempre sin jugar. Allí Nelson se condolió un poco del muchachito y lo prestó a un club aficionado, pero entonces no lo ponían nunca porque era muy “chiquito y flaquito” y terminaba más aburrido que un EMO con el pelo crespo. Gallego dice, contundente: “Los entrenadores están acabando con el fútbol, porque todos quieren es ganar para mostrarse ellos y lo importante es enseñarle a jugar al muchacho y una vez que sepa jugar ganará con facilidad”. De modo que esa es la ecuación…

Después entrenó fugazmente en Nacional, y jugó unos pocos minutos, por la norma sub-19, en Rionegro; Al final, Nelson hace una alianza con unos amigos y montan un club propio: el Atlético Urabá. Y allí se destapó el Neco: 24 goles en 5 meses. Hicieron unos contactos y lo llevaron a Argentina; estuvo tres meses por allá, probó en el club Tiro federal, que lo quería pero no hubo acuerdo, unos días en Lanus y en Boca Junior. “En este último club lo desestimaron porque ya iba a cumplir 19 años y les parecía muy “viejo” para aceptarlo en divisiones menores”- Cuenta Gallego- Después estaban ofreciendo una millonada cuando se destacó en Copa Libertadores”. Por fortuna también lo vio el presidente del Udinese y cantó ¡bingo! con el codiciado número 26 del DIM.

Pero vendrían momentos más dulces. Llegó al Medellín con sus polvillos mágicos ocultos en sus rizos, en enero de 2008, y ya en marzo era titular y figura. Su técnico era Juan José Peláez, quien lo puso a debutar en Armenia. Alguna vez se presentó un inconveniente en un partido y lo pusieron a jugar de lateral, después se dieron cuenta de que podía hacerlo casi en cualquier posición: sabía quitar, sabía pasar, le pegaba al balón como un fierro, centraba de maravillas, siempre con esa capacidad para ganar en los duelos y con una cuota de irreverencia imposible: era él quien invitaba a los defensas contrarios para enfrentarlos.


Y fue una delicia para la gente en la tribuna y ahí se fue creando la leyenda de “Juanito el del potrero” -dicen que fue el periodista Santi Martínez el del invento- y ya la hinchada llenaba el estadio sólo para rabiar de risa por todas las pilatunas que se ingeniaba. Porque era como ir a un partido de playa. De solteros contra casados, el reencuentro del barrio, porque lo que importaba sólo era el juego puro, la diversión, el arte y la magia, el espectáculo por fin, ¡bienvenidos al verdadero gran circo, señores!…

No obstante, luego de todos esos logros, de él mismo y de Cuadrado, Nelson Gallego aún se amarga: “Los dirigentes y entrenadores pueden ver, pero no creer, eso es lo que está matando al fútbol”. Yo aprovecho para homenajearlo y para agradecerle por el trabajo y el pulimiento que le ha hecho, con paciencia y sentido común, a esas exquisitas joyas que han caído en sus manos de orfebre.


Y una premonición me invade con frecuencia cuando veo jugar a este Harry Potter del fútbol (y me muero de la risa): Que todavía los colombianos no hemos visto la verdadera dimensión de Juan Guillermo Cuadrado. Palabra que no.

agarizabalo@hotmail.com












jueves, 14 de julio de 2011

JUAN GUILLERMO CUADRADO (1)


Viaje al Semillero (Tercera temporada)
Por: Agustín Garizábalo Almarales

En un rincón del estadio Moderno de Barranquilla me le acerco al profesor Deninson Rivas, uno de los técnicos de Manchester de Urabá, equipo infantil que había disputado la final ante Asosucre. El juego fue por demás muy intenso, con resultado 1-1, lo que obligó al cobro desde el punto penal. Asosucre se impuso en los lanzamientos y un instante después daba la vuelta olímpica, curiosamente animado por el porro Fiesta en Corraleja (“Ya llegó el 20 de enero…”), que la misma banda contratada por el alcalde de Baranoa, Wilson Durán, para que apoyara a los niños del pacífico, terminó interpretando para delicias de la hinchada sincelejana, qué más daba.

Aproveché que el profe Rivas se quedó apartado, pensando quizás en cómo se les había escapado ese título de las manos, cuando todo el mundo daba a su equipo como favorito. Aquel campeonato Asefal, tuvo la particularidad, de que, uno de los mejores equipos invitados, el Manchester, había sido adoptados, no sólo por los familiares de los niños participantes, como se acostumbra, sino por todo el pueblo, con el alcalde (Wilson Durán) a la cabeza, quien, seducido por las piruetas de un aprendiz de mago, conocido como Neco, decidió acoger a varios de los niños en su propia casa.

Y ese era el motivo de mi aproximación, quería investigar quién era en realidad esa figurita que había prodigado tanta felicidad ese día y durante todo el torneo. Uno de los métodos que utilizo para orientarme hacia un jugador ofensivo es precisamente dejarme seducir por pilatunas que me causan mucha risa. Cuando se trata de un defensa prefiero inclinarme mejor por su seriedad. Y ese día me había reído de lo lindo con las pillerías del negrito de pelo ensortijado.

Deninson Rivas me comentó cómo eran las cosas: De Urabá armaban una selección, a la que ponían a competir en diferentes torneos del país, y la persona que manejaba al chico que a mí me interesaba era Luís Gabriel Ayala, quién prácticamente lo tenía a su cargo, que hablaría con él y con mucho gusto seguíamos en contacto, que como no, me dijo con mucha amabilidad, pero que no me olvidara de que en esa región había muy buenos jugadores, y que, además, también los acompañaba nadie menos que Luís Enrique Salinas, mejor conocido como “El Pantera”, un personaje que había llevado a varios muchachos al fútbol profesional.

Algunos meses después, Nelson Gallego, director de las divisiones menores del Deportivo Cali, viene a Barranquilla a una actividad de veeduría que yo le había organizado. “Es la oportunidad para que vean al pelaíto - Le digo a la gente de Urabá - ¿Será que es posible traerlo?”. Quien se encargó de esa quimérica empresa fue el propio Deninson, y cuando llega a la cancha del club Johann, en Sabanagrande, y Nelson Gallego lo ve, no pudo menos que lanzar una expresión de asombro o de burla, quién sabe, diciéndome en voz baja que yo estaba loco. Cómo hacía venir a ese bebecito tan escuálido y frágil, en un viaje tan azaroso, de un lugar tan lejano, que por algo le dicen Neco, al infante que ese momento estaría por los 13, porque llegaba de Necoclí, un pueblito remoto a dos horas de Apartadó.

Bueno, el chico de todos modos alcanzó a jugar unos minutos, trazando en la cancha un par de atrevidas gambetas que hicieron divertir a Nelson, quien, ya se sabe, es amante de este tipo de jugadores geniales. Pero, aparte de una que otra broma, molestándolo por su audacia y por su exiguo peso, todo quedó ahí. Volví a ver a ese equipo y a su figura estelar, varios meses después, en el torneo Nacional de Escuelas en Sincelejo.

Allí ocurrió una exageración: Juan Guillermo Cuadrado no sólo se llevó el trofeo del mejor jugador del certamen, sino también el de goleador, cosa que no es usual en este tipo de torneos, entregarle dos trofeos al mismo jugador, pero después de una fuerte deliberación, la comisión técnica estuvo de acuerdo por unanimidad.

Corro enseguida a llamar a Nelson Gallego: “Profe, usted no se imagina: acabamos de ver acá en Sincelejo una demostración de lo que es un crack, tenemos que ayudar a ese pelao, profe, no sería justo que se perdiera un chico así”. Gallego me dice que organice las cosas, que sería importante llevarlo a Cali una temporada, trabajarlo y mirar qué se podía hacer. Agregó algo que después me repitió varias veces en el transcurso de nuestra relación profesional, un concepto que siempre me llenaba de mucha confianza y seguridad para realizar mi trabajo: “Yo le creo es a usted”- dijo.

Al año siguiente se juega en Cali la segunda versión de la Copa Afisa, organizada por el Deportivo Cali. Urabá participa con su club Estrellas 2000 de Urabá, y los profesores John Bernardo Ochoa y Carmen Elena Arroyabe se llevan al Neco como refuerzo. Llegan en su rocinante bus a la media noche después de casi dos días de viaje. Yo estaba en Cali, pero me había quedado en Casa Hogar porque no pude hospedarme en el apartamento de Gallego, como otras veces, ya que Nelson atendía a unos excepcionales amigos del fútbol: Mario Agudelo y Bernardo “Cunda” Valencia.

¿Cómo hicieron Luis Ayala y Deninson Rivas para que Juan Guillermo Cuadrado llegara directamente al apartamento de Gallego? Nunca supe. Lo cierto es que el aprendiz de mago se apareció en la puerta y, siendo atendido por Jairo Mosquera, un chico jugador de fútbol que entrenaba esa temporada en Cali, lo convenció de que ya todo estaba pactado, que todo bien con el profe, que vine porque él me dijo. Al rato llega Nelson con sus huéspedes y Jairo le cuenta que hay un niñito ahí que vino, que usted y que lo invitó y que tal. Gallego que venía con sus guaros encima, nochecita de conversa y tangos, sin saber con quién estaba tratando, levanta al chico a interrogarlo, que quién es usted señor y el Neko llorando, que usted dijo, que yo no dije nada, que usted me conoció en Barranquilla, que yo no me acuerdo, lo dejo aquí por hoy porque es muy tarde, pero mañana busca a donde irse, mijito, qué chimba.

Al día siguiente el debut fue pleno de destellos y el “Cunda” Valencia y Mario Agudelo, quedaron sorprendidos, no esperaban aquel derroche de fútbol. El propio Gallego empezó a recordar que sí, ah, claro, ese es el niñito del que me hablaste, pero qué atrevido, venir a presentarse a mi casa. Jairo Mosquera, el otro muchacho jugador, se entusiasmó tanto con lo que vio que quiso reforzar el equipo de Urabá en ese torneo.

Para el segundo partido, llegamos todos emocionados a Pance (sede deportiva del Cali) a ver al Neco y su corte, pero se presentó un imprevisto; con su voz ronca y cara de mimo, se acercó haciendo muecas como quien ha roto una lámpara de un piedrazo:

- Profe, se me quedó el carnet.

Gallego no se encontraba de la furia, que cómo así. Vea, papá, es que hay que atravesar casi toda la ciudad, mijo, se quedó sin jugar, pues. Mario Agudelo, con toda la ternura de sus longevos años le pide a Nelson que le preste las llaves que él hace el favor de ir a buscarlo. Gallego se resiste al principio, dice que mejor que no juegue para que aprenda. Pero después que Mario le pregunta al chico que en donde dejó guardado el carnet y este le dice que en la segunda gaveta del lado derecho de la cama, Nelson accede a regañadientes y le entrega las llaves a Mario. Lo que vino después nos dejó a todos con la boca abierta: con ese desparpajo irresponsable con que hace las gambetas sobre el borde del área, provocó que Mario volteara para decirle:

_Veni, vení… No me vayás a desordenar la ropa, oís…

agarizabalo@hotmail.com

jueves, 12 de agosto de 2010

LUIS FERNANDO MURIEL (2)


Viaje al Semillero (segunda Temporada)
Por: Agustin Garizábalo Almarales



La noche del 6 de marzo de 2010, regresaba de la ciudad de Valledupar,  donde se había jugado un zonal infantil de Difútbol. En plena carretera, recibí la llamada del gerente del Deportivo Cali, Julio Gordillo: “¡ Maestrazo, gol de Muriel !” (Muriel acababa de hacer un gol al Once Caldas en Manizales). Gordillo hizo aquel gesto para anticiparse a mi juego, porque yo tenía la costumbre de que, cuando uno de mis jugadores hacía un gol,  lo llamaba enseguida,  en son de broma, a “pasarle factura”. De hecho, apenas tres días antes, cuando Muriel hizo el gol del empate ante el Cúcuta, en Cali, lo llamé casi a la media noche para cumplir con mi rutina.


Minutos más tarde, mi amigo y socio del deportivo Cali, Diego Quintero, es quien me da la nueva noticia a gritos: “¡Nojodás! qué golazo el de Muriel, veee!!!”. Esta vez sí me animé a compartir, emocionado, con los profesores y jugadores de la Selección Atlántico que venían conmigo en el bus: “¡Segundo gol de Muriel, y este sí fue un golazo!”. ¡Cómo me dolía no estar viendo el partido! Me imaginaba a la gente en Santo Tomás orgullosa de ese muchacho, ellos que no habían tenido todavía un futbolista profesional con figuración; me apuré y le hice varias llamadas al papá de Muriel, para que me compartiera su alegría, pero su celular siempre estaba ocupado; otro tanto me ocurrió con Carlos Bolívar, director de la Escuela Barranquillera, sí que es lindo expresar la emoción que uno siente cuando alguien tan cercano está triunfando, y más, cuando esa persona que uno está llamando también ha tenido algo que ver, una especie de intercambio de dichas. Pero nada, Carlos Bolívar tampoco pudo responder.



Me puse a meditar: “Caramba, no es frecuente que un debutante haga 3 goles en apenas dos medios tiempos, ahí sí nos las echamos, pues”. Varios amigos me llamaron para felicitarme, otros para preguntar, porque no podían creer que ese muchacho también tenía algo que ver conmigo, con todo lo que había ocurrido en las últimas semanas con Michael Ortega y Armando Carrillo en el Cali, Gustavo Cuellar en la selección Colombia prejuvenil, Freddy Montero en el Seattle, Pipe Pardo en el Medellín, Anthony Tapias en el Chicó, y Abel Aguilar en el Zaragoza de España. Se había juntado la banda completa y estaba tocando a todo timbal.


De repente, recibo otra llamada sorpresiva: El ex-gerente Marco Antonio López, me llama para felicitarme. “¡Qué golazo, Agustín, qué gran jugador!”. Yo no podía creerlo, dos en ese partido eran grandiosos, pero ¿Tres?... “¿Marco, no será una repetición?”-indagué- “Noooo, -me dijo- ya éste es el segundo tiempo”.


A partir de allí no paré de recibir llamadas a mis dos celulares: periodistas, padres de familia, jugadores, entrenadores, dirigentes…Mejor dicho, parecía un operador de telefonía el 31 de diciembre, hasta cuando se agotaron las baterías y me quedé fuera del aire. Uno de los profesores que iba conmigo, riéndose, me dijo en buen costeño: “Bueno, Agu, tienes que mandar”.


Al día siguiente, muy temprano para ser domingo, a las 7 de la mañana le marqué a Luis Fernando Muriel pensando que quizás estaría durmiendo. Quería felicitarlo, hablar un poco con él. “Nombe, profe –me dijo-si no he podido dormir”. Noté, eso sí, una profunda felicidad en su voz; de hecho, recibió mi llamada con una alegría no acostumbrada. Le dije lo que les he dicho a algunos de mis jugadores cuando han dado el salto al fútbol profesional: “No te lo creas…La fama es sólo un momento, es como un amor de vacaciones”.


Adicionalmente, le recomendé que nunca olvidara lo que le había ocurrido en la final del sub-18 el año anterior: Siendo en ese momento el goleador del torneo nacional con 27 goles, en un equipo juvenil como el Cali a punto de coronarse campeón, la tribuna occidental de Pascual Guerrero, repleta de público, se le fue encima, lo abuchearon, pedían que lo sacaran, hasta de una manera grosera, porque Muriel había tenido un par de jugadas desafortunadas. Felizmente anotó dos goles y ganaron 4-1, y fue aplaudido como la gran figura. “El fanático es así, Luifer, -le dije- sólo estará contigo mientras aciertes”


Esto apenas es un comienzo, ahora saldrá gente que ni te reconocía a saludarte y a invitarte. Ahora vendrán a decirte que creían en ti, que sabían de tu potencial. Ahora llegara la prensa, la televisión, te preguntarán sobre lo divino y humano, indagarán sobre tu vida privada, sobre tus gustos, y qué significado tiene ese corazón que hacías con tus manos en las celebraciones… Mi recomendación es que hables cortito y claro, nada de discursos largos, nada de venir a pasar facturas, deja así, olvida esos rencores acumulados, cuando uno comienza debe tener prudencia, manejar un perfil bajo, mejor decir pocas cosas, no extenderse porque ahí se corre el riesgo de hablar de más y opinar de lo que no conoces, y termina uno metiendo la pata, y después a presentar excusas, y ahora, Luifer, mucho más ahora que cualquier cosa que digas o hagas, todo el mundo lo va a saber, “ el precio de la fama” que dicen.”


Bueno… Han pasaron algunos meses, Luís Fernando Muriel fue fichado por el Udinese, todo pintaba un futuro promisorio, después de mostrar sus garras y efectividad en pocos partidos y participar de manera descollante con la selección Colombia juvenil. Le venía muy bien esa ida a Italia, precisamente porque lo primero que irían a hacer allá es terminar de formarlo. Con un enorme potencial este joven, pero tendrían que amalgamarlo con cuidado, exigirle de nuevo, pretender resultados inmediatos podría significar el pago de un precio demasiado alto, y ese era el riesgo que se corría si se quedaba en un fútbol como el nuestro. Estaba bien, !fabuloso!. Muy bueno todos esos goles de fantasías y hasta Mago le dijeron, pero, ¿A qué costo? No lo sabemos. Nunca lo sabremos.


En Colombia, de la noche a la mañana, Muriel pasó de ser un amateur a prueba al solucionador de los problemas del Cali. Pasó de ser el muchacho inscrito como sexto delantero, al máximo anotador en pocos partidos. Por suerte, para él, los otros atacantes no estaban en momentos dulces o se lesionaban con frecuencia, y las cosas se complicaron y hubo que echar mano de la cantera, con todo lo que eso implicaba.


Para nosotros, los que estamos en esta brega, lo mejor que pudo haberle pasado a este muchacho es que se le apareciera una oportunidad así, no sólo por el cambio de vida que tendrá en la parte económica y deportiva, sino por lo que significa completar un verdadero proceso, concienzudo, con paciencia, sin apremios, en otro fútbol, en otro nivel, en otra cultura. 


En buena hora, Muriel.


martes, 20 de abril de 2010

LUIS FERNANDO MURIEL (1)


Viaje al Semillero (Segunda temporada)

Por: Agustín Garizábalo Almarales

En junio de 2006, durante el torneo ASEFAL de Barranquilla, el profesor Jorge Cruz, técnico del equipo prejuvenil del Deportivo Cali, me dijo que le había llamado la atención el número 9 de la Escuela Barranquillera. “Hágale seguimiento, profe, me interesa”, me dijo. Por la noche, estuve de visita en el hotel donde estaba El Cali y le dije al propio Cruz que a ese muchacho lo conocía desde los nueve años, que era buen jugador, pero que en ese momento todavía estaba inscrito oficialmente con Junior, si bien en ese torneo amistoso estaba reforzando a la Escuela Barranquillera. 


La labor de veeduría a veces resulta sencilla, todo es  evidente,  las piezas encajan  y es fácil armar el rompecabeza. Pero, a veces no. Cuando yo dirigía a la Escuela Barranquillera, enfrentábamos a la 
Escuela de Santo Tomás, del señor Plácido Díaz y ahí estaba Luís Fernando Muriel. Era un gordito, cachetón, un poco estático, pero tenía la virtud de que, cualquier pelota que quedara por ahí rodando o mal puesta en el área, la mandaba a la red. Le decían Valenciano y lo peor del caso es que él se lo creía. Dos veces nos hizo goles en partidos muy cerrados y me fastidiaba que nosotros pusiéramos el fútbol, pero, faltando pocos minutos, le caía al "cachetoncito" y nos cobraba. Hablamos con don Plácido, dueño de esa escuela,  para que lo enviara a la nuestra, porque íbamos a participar en un torneo nacional. Y don Plácido, encantado, nos dijo: “No faltaba más, profe. Usted sabe que siempre le estaré agradecido” Me lo dijo porque su hijo, el profesor Fernel Díaz, trabajó varias veces conmigo, como asistente técnico en las selecciones Atlántico.


Pero, sorpresivamente, para la siguiente temporada, Muriel apareció jugando con  Junior. El profesor Álvaro Núñez, que era técnico de las inferiores de ese club, hizo su trabajo y habló directamente con los papás del pelao y nos dejó viendo un chispero. A partir de ahí, como es lógico, le perdí la pista al entonces “gordito”.


La misma tarde en que el profe Cruz me dijo que le hiciera seguimiento, hablé con  Álvaro Núñez, quien, en ese momento, trabaja con la Escuela Barranquillera. Y me contó la historia: Que al principio le había ido bien en Junior, pero después se lesionó  y quedó marginado por un tiempo, se engordó y tuvo  inconvenientes para los pasajes, se perdió del mapa y, como el mismo Muriel lo reconoce,  “se dedicó a la joda” en el pueblo, y pensó, en algún momento, que no seguiría jugando fútbol competitivo, sino apenas las “recochas” en la cuadra.


Cuando Álvaro Núñez, siendo técnico de la Barranquillera, fue a buscarlo a su casa (cuenta la leyenda que cuando Muriel vio llegar a Nuñez en su moto, corrió y se escondió debajo de la cama), Luís Fernando se resistió bastante,  ya no le parecía  muy atractivo  volver a entrenar y bajar de peso. Además, debían resolver lo de su vínculo con Junior. 
No fue fácil; el papá y un colaborador de la Escuela Barranquillera (Fajid Villanueva), se encargaron de esa gestión, que fue engorrosa,  porque algunos técnicos y funcionarios del Junior, no estaban de acuerdo en que se fuera de sus divisiones y menos después de haberse destacado en el torneo ASEFAL. Finalmente, en septiembre de 2006, fue inscrito oficialmente con la Barranquillera en el torneo nacional. 


Entonces cumplí el encargo de Jorge Cruz: Fui a verlo entrenar en la Escuela Barranquillera, observé varios partidos del torneo Nacional categoría 91, que ese año lo organizó la Difútbol, (recuerdo un partido en el Moderno, que ganó la Barranquillera 16 a 0 y Muriel hizo 11 goles, bajo un torrencial aguacero). Fui a  Santo Tomás y hablé con los padres, conocí a sus hermanos y vecinos, algunos me conocían, empezamos a hablarle y a organizarlo, y me llevé una grata sorpresa: En el año 2007, contra todos los pronóstico, el profesor Alex De Alba lo llamó a la selección Atlántico Juvenil (categoría 89), siendo dos años menor.


Como la final de selecciones juveniles había sido en Medellín, sugerimos que, en lugar de regresar a Barranquilla, se desplazara
 vía terrestre a Cali, a una pasantía. Así se hizo, y durante dos meses, fue observado y valorado por los distintos profesores, en cabeza de Jorge Cruz y Abel Da Graca, director de menores del Cali en ese entonces.  Diagnóstico: el jugador pasó la prueba y debía regresar a vincularse al Club en enero del 2008.


Como ya lo dije, la veeduría es algo muy complejo, porque, en ocasiones, dependemos de las casualidades. Como pasó con Freddy Montero, cuando iba entrando al estadio Moderno y el periodista Cheo Feliciano, me preguntó si había visto al número 17 de la Escuela Toto Rubio. Como pasó con Gustavo Cuellar, cuando llegué inesperadamente por una cancha, y como pasó esta vez con Muriel, que el click me lo da Jorge Cruz. Nunca se sabe, por eso siempre hay que mirar. “El fútbol es lo que puede pasar”, dice Juan Villoro. Lo importante es estar ahí, digo yo. Por eso, cuando alguien viene y me pregunta cuál es el próximo jugador que llevaré al Deportivo Cali, siempre respondo: “Quién sabe. Yo no adivino, sólo espero”.


Al final, es la resultante de un trabajo de acompañamiento personalizado, de seguimiento riguroso, de llenarse de razones, día a día, torneo a torneo, ver a los potenciales jugadores en situaciones críticas, ponerles metas, objetivos individuales, transformar sus maneras de pensar. Siempre digo a los posibles opcionados: “Es tu proyecto y nadie te va a ayudar, todo tienes que conseguirlo por tus propios medios, a pulso, lento pero constante y eso es lo que te va a fortalecer el carácter, que, en últimas, en estas épocas altamente competitivas, es lo que marca diferencia entre los que triunfan y los que fracasan”.

Continuará...