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jueves, 18 de junio de 2009

EL IMPERIO DE LOS SENTIDOS


Memorias de un Cazatalentos (8)


Por: Agustín Garizábalo Almarales


Estoy parado frente a un semáforo esperando a que cambie la luz y de repente veo a un tipo haciendo un acto de magia ante la fila de carros: Dobla una hoja de periódico y con un encendedor le prende fuego; cuando la llama empieza a inflamarse, no sé qué fue lo que hizo, un soplo, un ademán hipnótico, no sé, y de golpe extiende los brazos y aparece de nuevo intacta la hoja del diario. “¡Carajo! y ¿Cómo es la vaina?” – me digo. Se me olvidaron las vueltas que tenía que hacer y me he quedado, a pleno sol de medio día de Barranquilla, anclado en el bulevar, mirando minuciosamente la forma en que, cada seis minutos más o menos, el hombre volvía a repetir el acto.


En algún momento, después de varias exhibiciones, el mago callejero se me acerca con cautela y me dice “Oiga, cole, si me tira para el almuerzo le digo cómo lo hago”. Huummm. Miré su frente sudorosa y le dije: “Con gusto te regalo para el almuerzo, pero no me digas nada porque después pierde la gracia”.


A veces en la vida conviene mejor no saber ciertos detalles. Si tuviéramos que enterarnos de cómo se preparan algunos manjares, por ejemplo, nuestra dieta se reduciría ostensiblemente. Es cierto que, como seres humanos, tenemos la manía de esforzarnos por hacer abstracción de lo que vamos sintiendo en determinados episodios de la vida y buscamos que ese trance quede registrado como una experiencia significativa. Pero, es indudable que, a veces, nos guiamos sólo por los más puros instintos y le damos paso al imperio de los sentidos.

El fútbol también nos da la posibilidad de explorar esos sentimientos tan primarios. Ese es el componente esencial que nos involucra con nuestros ídolos: Tiene mucho de admiración pagana, de goce estético, de experiencia sensual. Ver jugar a nuestro equipo amado o estar cerca de alguno de sus jugadores insignes, implica aceptar la factura de la fascinación que produce en nuestro corazón de niño, siempre agazapado y alerta, semejante episodio. Pero, definitivamente, como reza el slogan del carnaval del Barranquilla: “Quien lo vive es quien lo goza”.


El fútbol exige dejarse llevar para poder disfrutarlo. Verlo de manera controlada e imparcial resulta aburrido. Si no te metes, si no lo sufres, si no te dejas arrastrar, puede adquirir dimensiones cercanas a lo ridículo.


Yo que he estado en esto de la búsqueda de talentos lo he aprendido muy bien: un buen futbolista tiene que poder transmitir algo agradable, dar la señal de que es un baúl de sorpresas, de que es impredecible. Tiene que ser una caja de mentiras sugeridas, de engaños exquisitos. Sus movimientos tienen que estar marcados por la gracia y la fineza de una pieza musical, una danza o una pintura barroca. Sus gestos tienen que poder equipararse con el placer de morder un mango de azúcar o la satisfacción de beber sediento un vaso de agua fresca. Sin eso no hay caso. Por tal razón, en ocasiones, cuando estoy en un torneo y un amigo me pregunta: - “Ajá, y ¿Qué has visto?” – Yo le respondo: “No, nada. Todavía no han sonado campanitas”.


Cuando se trata de hablar de ese momento mágico en que el jugador me da la señal, siempre cuento la anécdota de Carlitos: éste es un muchacho a quien conozco desde sus ocho años y, al cumplir los quince, siendo un buen jugador, selección Atlántico y todo, figura en varios torneos, reconocido como talentoso, zurdo, exquisito, su papá se acerca para preguntarme que cuándo le voy a dar la oportunidad al pelao, y yo le digo: “Tranquilo, todo tiene su momento”.


A mí me parecía muy bueno. Además, disciplinado, serio, dispuesto. Pero le faltaba algo y yo no sabía qué era. Si esto ocurre lo mejor es esperar. (“La paciencia es el arte del ganador”, me recuerdo a mí mismo). Hasta cuando, de repente, un buen día, en la premiación de los mejores del año, en el auditorio de la Universidad Autónoma del Caribe, esperando en la entrada a que llegaran los nominados, observo que de un taxi se baja alguien que no reconozco, pero, cuál no sería mi grata sorpresa cuando el joven de smoking y corbatín era el propio Carlitos, y en ese momento, en ese preciso momento, lo visualicé en el Deportivo Cali; cuando giró y dio el frente, lo pude ver con la clase y elegancia que se necesita para seducir a una tribuna tan exigente y de gusto tan exquisito como la nuestra. En ese instante tomé la decisión. La realidad del fútbol es así de caprichosa.


Por eso siempre se me ve en las canchas con un libro en la mano. Emily Dickenson, Robert Blake, Rainer María Rilke, Meira Del Mar y el poeta Juan Manuel Roca, son mis favoritos. La gente se irrita a veces conmigo porque viene a preguntarme que qué hago yo leyendo poesía en vez de estar mirando el partido. Y yo les digo: “Es que vengo asegurado. Si la poesía no la encuentro en la cancha, entonces tengo el recurso de leerla”.

No saben ellos que, al final, lo único que salva al ser humano es el arte.

(Con esta nota cerramos el primer ciclo de la serie “Memorias de un Cazatalentos)




LA GRATITUD



Memorias de un Cazatalentos (7)


Por: Agustín Garizábalo Almarales

La gratitud no es un sentimiento natural en los seres humanos. Es una conducta aprendida, una actitud cultural. Los hombres no venimos programados para andar agradeciendo los favores recibidos; este es un comportamiento que se adquiere en la familia, especialmente de las madres, porque, en últimas, ese gesto guarda un  marcado componente femenino.

Muy tempranito lo fui sabiendo: en el fútbol  se muere uno de viejo y amargado si pretende que le hagan esas muestras de afecto. 


Todo se remonta a mi primera época de entrenador. Romántico, flaco, ojeroso, asoleado, pero con ilusiones, me metí en un lío de marca mayor cuando convencí a un muchacho de 13 años para que viniera a jugar al club donde yo trabajaba, Apuestas La Fortuna, aquél célebre equipo de Víctor Pacheco, Henry Zambrano, Iván Valenciano, Osvaldo Mackenzie,  Ricardo Ciciliano y Alex Comas, entre otros. 

Lo encontré en un equipito de barrio y lo invité a que viniera con nosotros; intentamos arreglar con el dueño de aquel equipo, pero el hombre se puso iracundo y hasta me amenazó de muerte y la cosa se puso fea. ¡Qué problema! Finalmente, el jugador, después de un litigio engorroso, consiguió su carta de libertad y pasó a La Fortuna. Luego llegaría a la Selección Atlántico y después a la Selección Colombia prejuvenil.


Cuando ocurrió este último suceso ya  él llevaba tres años aprendiendo conmigo: yo le veía algo especial, cierta aureola de crack, pero le faltaban algunos elementos claves. Me entregué a pulirlo: cuántas veces hablé con él horas y horas, cuántas veces tuve que madrugar para entrenarlo individualmente porque él sólo podía hacerlo en las primeras horas de la mañana; cuántas veces tuve que pelear para sostenerlo en el equipo titular, porque entonces era muy torpe y descoordinado y a la gente no le gustaba. Después vino lo de la selección Colombia y yo me gasté todos mis ahorros para ir a verlo al suramericano en el eje cafetero. Al fin y al cabo era mi gran obra futbolística en ese momento. Con 16 años era el número diez y figura del combinado nacional. 


Llegaron a la final, y un empate ante Brasil les dio el título en el estadio Centenario de Armenia. Ahí estaba yo colgado en la tribuna celebrando la faena con unos familiares suyos que fueron a apoyarlo. Termina el partido y la fiesta fue majestuosa. Después fuimos a buscarlo a la salida del camerino, y él ya nos estaba esperando. En cuanto me vio me dijo: “Ahora sí gané algo importante ¿no?”  Hizo alusión a eso porque siempre le insistía en que no había ganado nada en todas aquellas veces cuando fue campeón o goleador de la liga departamental, por ejemplo, o cuando conseguía algún campeonatico por ahí. Bueno, yo le dije: “Cierto, ya ganaste algo importante". Lo despedimos y me fui con sus familiares, henchido de orgullo y dichoso por el deber cumplido, a tomar cervezas. ¡Cuánta felicidad!


Al día siguiente estábamos desayunando cuando Darío Arismendi, en Caracol, hace sonar las alarmas porque tiene al goleador y mejor jugador de Colombia en ese torneo. Empieza la entrevista como todas, hasta cuando Arismendi le pregunta:

A ver, Ricardo, diga el nombre de un técnico que haya sido importante para usted…”

La vida se detuvo. Yo escuché unas trompetas invisibles


Y dijo el pelao: “Pues, el profesor Gabriel Berdugo, quién fue mi primer técnico cuando yo tenía 8 años…” Arismendi intervino: “Ahhh, ¡claro!, Berdugo, el eterno capitán de Junior, cómo no.  Felicitaciones, profesor Berdugo, aquí tiene a un crack que ha sacado la cara por el fútbol colombiano, etc., etc.…”


A mí se me cayó el mundo. Dejé de desayunar en el acto. Dejé de pensar. Sólo percibía un rumor en el aire. Después fui a mi habitación y lloré silenciosamente.  Pero a partir de ahí tomé una decisión definitiva: jamás volvería a apostarle afectivamente a un jugador de fútbol. Concluí que este espacio sólo sería la fuente de mi trabajo y, como amante del arte que soy, la posibilidad de encontrar algunas sensaciones estéticas, pero no afectivas. Hasta hoy creo que esa ha sido mi principal arma contra la decepción.



Entiendo, perfectamente, que el  jugador de fútbol vive en un mundo ficticio, efímero, superficial. Él sabe que está desarrollando un personaje, donde él no es él. Y tiene que adoptar unas poses, someterse a unas variables y a unas circunstancias tratando de sacar el mejor provecho de cada momento. Sabe que está en una carrera contra el tiempo. Por instinto conoce que sólo cuenta con un ratito, un breve paréntesis de gloria. Y es así: en la práctica no podría ser de otra forma.



Los que estamos metidos en este mundillo lo sabemos. Sin duda, en aquel instante, cuando el muchacho mencionó a Gabriel Berdugo, se acomodó impunemente porque le pareció más conveniente para él hablar de un exjugador profesional, muy conocido en los medios de comunicación, que nombrar a Pedrito Pérez, un pobre tipo anónimo, tan querido y diligente, pero sin peso específico en la farándula futbolera, y que a lo mejor ni estaría escuchando la radio en ese momento. Una ligereza de juventud, un intervalo donde, por su propia inexperiencia, pensó él, que quizás era preferible recibir aquel tufillo de celebridad que darlo; un pecadillo de desconocimiento hacia alguien tan cercano; Lo que él jamás podía imaginar era que yo esperaba mi reconocimiento.  Aunque tal vez no era para mí el momento de recibirlo.  Algo que ni él ni yo éramos capaces de entender todavía.


El fútbol no es de nadie y allí la gloria no es eterna. Nadie puede pretender que tiene un espacio garantizado ahí de por vida. Se construye y requiere del día a día. Es necesario renovarse, reinventarse permanentemente para seguir en la brega. La gente viene y va. Aparecen nuevos ídolos. La sabiduría funciona al revés: se les cree más a los jóvenes y vigorosos que rompen los esquemas e inventan nuevos embrujos, que a aquellos viejos curtidos por las vivencias, conocedores de secretos, pero sin el poder de seducción de los adonis emergentes. Así como hoy eres figura, mañana te mandan al olvido, te cortan las alas, te vuelven un mueble y te incluyen en el inventario del club, pero acaso tendrás apenas un valor simbólico.


Por eso, será muy importante aportar todo lo que puedas mientras tengas energía y credibilidad, pero, definitivamente, es sabio ponerle el corazón a otros asuntos más sublimes. Cosa de alcanzar una vejez sin amarguras y sin lamentaciones.

agarizabalo@hotmail.com

EL OFICIO Y LA VOCACIÓN


Memorias de un Cazatalentos (6)
Por: Agustín Garizábalo Almarales

“… y la única forma
de tener un trabajo genial
es amar lo que hagan”.

Steve Jobs. Discurso en Stanford

Cualquier día me pregunta un amigo:

 -Mira, ¿y es que ya no estás trabajando?
-¡Por supuesto que sí! –Respondí- ¿Por qué lo dices?
-No, es que le pregunté a tu mamá por ti y me dijo: “Ahora que no está trabajando pasa menos aquí”

Hummmm. Fui a reclamarle a mi vieja:

-Oye, ma, ¿cómo así que usted le dijo a Fulanito que yo no estaba trabajando?

- Ajá ¿y es que eso de andar viendo partidos de fútbol es un trabajo? -Alegó con toda la frescura que sólo puede darle el haber cumplido 86 años.

Me quedé perplejo, reflexionando: “Carajo, ahora sí me jodí… Mi mamá como que piensa que a mí me regalan la plata o qué…” Y mis amigos y amigas tampoco es que se queden muy atrás. A veces, por mis obligaciones, me toca desplazarme a otras ciudades o, incluso, como ocurrió el año pasado, hasta cumplir con el engorroso compromiso de ir a Italia a observar un torneo. 


(Reconozco en algunos pacientes  ciertas miradas de recriminación y, por qué no, de envidia)

Para disimular un poco, en ocasiones, me pongo en plan de víctima y me quejo:

“-Figúrate, que otra vez tengo que viajar…”

–“Ahhhh, sabroso tú…” –Me dicen, sin ocultar su recelo.

Pienso: “Una de las ambiciones más fuertes y generalizadas del ser humano es el emprendimiento de soñados viajes, la exploración, la aventura, ese natural deseo de conquistar nuevos mundos”. Entonces me doy cuenta de que me he pasado de mano, que he querido ponerle drama al asunto para que esto parezca un trabajo y se justifiquen los beneficios recibidos.

Pero, ¿Es esta labor realmente un trabajo?

(Aquí entre nos, yo confío en que, por sus múltiples ocupaciones, la doctora de Recursos Humanos no tenga tiempo para leer este escrito, y menos que lo lean mis detractores, cosa que no le vayan con el chisme)

Sinceramente, lo confieso sin falsos pudores, en el desarrollo de mi actividad nunca me he sentido trabajando como tal. Sé que tengo una gran responsabilidad, es cierto, pero también es mi vocación natural y por eso estoy plenamente sintonizado conmigo mismo a través de lo que hago. Siempre lo hice y siempre he de seguir haciéndolo: así me gane todo el dinero del mundo o así no me paguen un peso más, voy a volver a las canchas a diario a mirar a esos chicos talentosos, porque tengo la necesidad de apostar por alguien que viene brotando, porque tengo el deber de decirle a ese niño que se me acerca con un brillo en los ojos que tiene talento, que se cuide, que se organice, que entrene: que trabaje a conciencia. Eso es lo que me nutre espiritualmente. Y mi mayor paga  será, sin duda, el haber acertado una vez más cuando debute en primera división y sea un hombre de bien.

Es cierto que aprender y conocer es mi pasión; y es cierto que me gusta escribir; pero ocurre que hay gente que se aprovecha y me pasa factura por eso. Algunos han explotado mi vocación y mi curiosidad, mi deseo de aportar, mi necesidad de servir y creen que con esa retribución ya recibo lo suficiente; piensan que si lo disfruto ya no hay necesidad de una paga diferente al simple placer de hacerlo. Por eso, para mí, se me hace tan difícil cobrar. El tema toca entonces límites éticos: en nuestra cultura se cree que se puede exigir un mejor pago en dinero solo en la medida en que se demuestre mayor sacrificio y capacidad de esfuerzo y sufrimiento, como si no fuera justo retribuirle económicamente lo que se merece alguien que produce mientras se lo está gozando. El súmmun de mi trabajo no es el sudor, sino la responsabilidad y la eficacia; así esta vaya cargada de goce estético.


Entonces les digo: “A mí no sólo me pagan por ver, sino para equivocarme lo menos posible”. Y ahí están los resultados.

Por eso, con frecuencia difiero de algunos amigos que me han querido elevar a la categoría de sabio. Como ellos vienen y encuentran en mí cierta disposición para la conversa, porque escribo algunas reflexiones y las publico, porque a veces los oriento en determinados temas (quizás por toda esa información que adquiero en los textos que leo) y porque gozo de mucho tiempo para pensar, me han querido endilgar semejante sambenito. Y les digo “No señor, por favor, no. Miren que me están condenando a vivir pobre toda la vida: ¿Cuándo se ha visto a un sabio con plata?...” (Bueno, “Saviola, quizás)

A propósito de este inusual oficio de Cazatalentos, que da para tantas interpretaciones y controversias, mi amiga Ibeth cuando se encuentra conmigo me dice que yo me aparezco como la muerte.

-¿Cómo así? – le reclamo.
-Claro, siempre estás buscando a ver a quién te llevas…




agarizabalo@hotmail.com

TODO EMPEZÓ CON UNA MENTIRA


Memorias de un Cazatalentos (5)
Por: Agustín Garizábalo Almarales


Desesperada, mi mamá decidió cambiarme de colegio: yo estudiaba cuarto de secundaria en el Bachillerato de Soledad, y una tarde hubo una huelga estudiantil con lluvia de piedras…y vidrios rotos. Así que detuvieron a varios estudiantes y se armó el escándalo y llegaron las madres desde los cuatro puntos cardinales a abogar por sus hijos. Mamá pensaba que yo había caído en esa redada, pero no, sólo estaba en un billar cercano. Eso no impidió, sin embargo, que a la vieja se le alteraran los nervios. Me pasó entonces para un colegio con una reputación menos pendenciera: el Instituto Pestalozzi de Barranquilla, anexo a la Universidad del Atlántico.



Cierto día, llega el profesor de español y pide que saquemos una hoja para hacernos uno de esos “quiz” tan temidos. Dijo que la tercera pregunta equivalía al cuarenta por ciento del examen. Y, ¿de qué se trataba? Bueno, el profe Rodríguez dictaba los títulos de unas obras literarias y nosotros debíamos anotar al lado el nombre del autor respectivo.  Todos protestamos: “nohombe, ¿cómo así profe?”. Sabíamos que era un caso perdido, pues  lo que escasamente leíamos en esa juventud nuestra era a Condorito, Pato Donald, Mawa de la Jungla, Batman y el resto de superhéroes, quién iba a saber en ese momento el nombre del escritor de “El Mundo es ancho y ajeno” o de “Rayuela”.



Pero, ¡oh Providencia!….Antes de iniciar el quiz, nos había pedido que pusiéramos los libros en el piso. Me puse a divagar un poco avergonzado y miro hacia abajo y… ¿qué veo?  Mi cuaderno de borrador abierto precisamente en la página de apuntes de libros y autores. Muy asustado, haciéndome el bobito, pude copiar nueve de los diez autores que nos  había pedido. Así que quedé como un rey: en la entrega de las notas fui el único que sacó sobresaliente y el profesor Rodríguez me ha llamado para decirme “Oiga, usted debe de leer mucho, ¿no?”

Primera gran mentira: “Claro que sí, profe”, dije.
“Ah, bueno, como lees tanto, vamos a hacer un trato: No te hago más exámenes, pero cada mes te voy a entregar un libro para que lo leas y lo expongas en clases a tus compañeros, y esa será tu nota”.


¡Huyyy! ¡Imagínense!... ¡Un libro mensual!: como para morirse de aburrimiento. Sin embargo, tuve la fortuna de cogerle el gustico a la cosa y he aquí que un buen día, después de dos meses y dos libros, cometí el desatino de soltarle al profesor, así como para sobarle chaqueta: “Ya terminé el que me dio este mes, ¿No tiene otro?”… “¡Caramba!, si lees tanto muy seguramente escribes”, se entusiasmó el profe. “Claro que sí”, respondí tan rápido que no tuve tiempo de darme cuenta de mi segunda mentira. Y ese fin de semana tuve que apurarme en terminar cualquier mamarracho, porque se trataba de llevarle el lunes algún escrito a ese cada vez más interesado educador.



“Decepción total”, me  abrumó. “Pero pierde cuidado, ya hablé con un licenciado amigo mío llamado Guillermo que tiene un curso de redacción literaria los sábados por la mañana en Bellas Artes y yo le dije que tú irías. Tienes que aprender a escribir”. Cómo, cómo…Si el sábado por la mañana son los partidos de fútbol en mi cuadra, cómo voy a explicarle a mi cochada…


Fui a regañadientes a la clase y me sorprendió que el profesor Guillermo ordenara: “Los nuevos vayan y denle una vuelta a la manzana mientras le pongo un taller a los antiguos”. Cuando regresamos nos pidió que sacáramos una hoja y consignáramos lo que habíamos visto en esa vuelta a la manzana. Yo escribí que había visto un hotel, una estación de taxi y una iglesia. Se puso a revisar las respuestas y de repente preguntó que quién era Garizábalo, y yo levanté la mano emocionado. Me dijo, lo recuerdo bien: “Mijo, entre esto y un ciego no hay mucha diferencia”  -¿Cómo así, profe?-,  “La verdad, es como si usted no hubiera visto nada… Esa iglesia, por ejemplo: ¿cómo era? ¿Estaba abierta, cerrada, tenía gente, estaba sola? ¿Cómo se veía la tarde? ¿Había tráfico?



De manera que a partir de ese día, y durante seis meses, hicimos un curso de APRENDER A OBSERVAR. Él nos decía que antes de aprender a escribir había que saber ver. Y nos mandaba a la Terminal de Transportes para analizar cómo estaba la gente vestida y cuál era su actitud cuando se iba de viaje, y también que notáramos la diferencia de cuando venía de regreso. Fuimos al Estadio Romelio Martínez, a un partido de Junior, pero no a disfrutar del juego, sino única y exclusivamente a observar a los fanáticos, cómo se comportaban: este señor, por ejemplo, con pinta de gerente, de apariencia fina y respetable, quizás con un comportamiento impecable  en otro escenario, pero véanlo cómo se transforma en una fiera para gritarle vulgaridades al árbitro; aquella otra señora tan decente y bien vestida, su mirada perdida en el vacío, a la pobre se le nota que está ahí sólo por acompañar a su nieto, y esta otra chica abrazada con un tipo gordo con pinta de traqueto, y que a lo mejor viene a ser su amante porque se ve como muy ligerita de ropas y como muy desenvuelta la niña, y así… De eso se trataba, íbamos sumando datos: lo que gritaban; lo que comían; la forma de vestirse y de mirar.  Entonces, nos imaginábamos cómo seguiría la vida de esas personas, si era miserable o afortunada, y qué harían después; cómo serían sus demás relaciones y momentos.  Tratábamos de organizar una especie de continuidad vivencial hasta construir un perfil creíble, un personaje verosímil.


Todo empezó con una mentira, y eso se lo agradezco a mi profesor Rodríguez por ser tan intenso y  obligarme a leer y a realizar  ese curso inesperado. Quizás aquel entrenamiento, sin proponérmelo nunca, me sirvió finalmente para esta nueva labor de cazatalentos. Tal vez el quid del asunto está en que yo no veo  los futbolistas como un simple entrenador sino con ojos de escritor. Quiero conocer sus historias, investigar sus recorridos: en qué equipos han jugado, si han estado en alguna selección, cuántos goles han marcado, con quiénes viven, quiénes son sus amigos, cuáles son sus ambiciones; ¿tendrán acaso un proyecto de vida?  Toda esa suerte de datos que serían superficiales si uno pensara como entrenador, pero claves para mí porque no he perdido la manía de acercarme a la gente con el ánimo de escudriñar sus vidas y querer saber hasta lo más mínimo, porque quién sabe si algún día me toque escribir esa historia. Eso es lo que me digo a mí mismo para justificar tanto escrutinio y tanta curiosidad.


agarizabalo@hotmail.com

IMÁGENES INSPIRADORAS




Memorias de un Cazatalentos (4)


Por: Agustín Garizábalo Almarales

Ocurre con frecuencia que algunos amigos me preguntan qué es lo que yo veo cuando hago mi trabajo. Por qué elijo a éste y no a aquél otro jugador. Les digo que el tema pasa por una sensibilidad visual enriquecida por el arte, por mis aficiones fuertemente ligadas a la estética: la literatura, la música y  el cine. Y el hecho de haber tenido varios aciertos le ha conferido, sin duda, cierta dosis de misterio al asunto.

¿Cuáles serían las fuentes de esas imágenes inspiradoras?... Se necesita, por supuesto, de cierta predisposición personal, pero, también, de un universo macondiano necesario, de un entorno mágico, de unas vivencias significativas. Trataré de ensayar una aproximación con la técnica de “Anécdota mejorada”, usada para estos casos.


1

Yo soy hijo del río con todo el imaginario que supone un hábitat de tal naturaleza. Nací en la primera calle del municipio de Soledad (Atlántico), a orillas del río Magdalena.

En mi cuadra había cinco cantinas abiertas cada día, porque al mercado público llegaban los pescadores y agricultores, quienes, después de vender sus productos, su  casi única diversión era ponerse a beber. Así que mi entorno estuvo plagado de rancheras, vallenatos, boleros, salsas y sones cubanos. La cuadra entera era una caja de música. Los hombres resolvían sus pleitos a golpes, excitados por la cizaña etílica; algunos que venían a caballo, acompañados de perros bravos y sucios de barro, se metían a los tumultos como héroes de películas mexicanas, exhibiendo sus torsos fuertes y semidesnudos, para luego terminar vencidos por una bohemia insidiosa.


2
Como vivíamos muy cerca del río, cuando llegaba el invierno el agua se nos metía en la casa y la inundaba -por cierto, allí teníamos una de las cantinas de la cuadra-. Cualquiera podría pensar que eso era una tragedia y seguro que para mamá lo era, pero para nosotros no. Era muy bello lo que ocurría entonces: pescábamos y nadábamos en nuestro propio patio; perseguíamos serpientes entre las piedras puestas en la sala para poder caminar sin mojarnos los pies; salíamos en canoa por el barrio o atravesábamos puentes de madera para visitar a los tíos y vecinos. Todo se convertía en un juego, el universo pleno estaba allí a nuestra disposición.


3

En la madrugada de un ocho de diciembre, como la casa estaba inundada y no había forma de poner las velitas en el andén, una de mis hermanas tuvo la feliz idea de recortar unas tablitas de madera de balsa, a las cuales les amarramos unas cuerditas delgadas y allí pusimos las velas encendidas y las lanzamos a flotar en el río. Un lindo espectáculo, creado por nuestra magia infantil, que se gozaron, esa madrugada desde el mercado, los vendedores y parroquianos, porque era una alfombrilla de estrellas errantes titilando sobre el agua.


4
Ya era un adulto asalariado cuando falleció mi padre, en la madrugada de un 24 de diciembre.  Entonces, les propuse a mis hermanos que le hiciéramos la velación en la funeraria donde había tomado una póliza exequial. Además, les expliqué cuánto nos economizaríamos al desestimar lo que el resto de la familia quería, que era hacer un velorio tradicional en la misma casa, con nueve noches en vela, más la invasión de parientes venidos de remotos lugares… y  la consabida parranda mortuoria con visos de bacanal.

Aunque acogieron mi idea no se presentaron a la funeraria, y, para mi consternación, a las diez de la noche sólo tres curiosos se habían acercado a dar el pésame. En cambio, la casa a la orilla del río estaba atestada de gente y el resto del barrio hervía en la calle.  Algunos, refiriendo chistes, tomando tintos, comiendo sándwiches, jugando  dominó, bebiendo ron; otros, recitando décimas o cantando rancheras, como le gustaba al  viejo; todos, esperando el cadáver tardío.

A esa hora me llamó mi hermano, que me trajera el muerto para la casa, porque mis tíos, borrachos, habían dado el ultimátum: o se traían el cuerpo o ellos iban a buscarlo a las buenas o las malas. Tuve que diligenciar con el administrador de la funeraria para que permitiera, casi a la media noche, que nos lleváramos  el difunto. Conociendo a mis tíos, le dije, no tardarían en cumplir sus amenazas, “Ruegue mejor que venga un tornado”, le comenté con preocupación. 

Cuando la carroza fúnebre hizo su arribo en la calle donde se celebraba el velorio, la explosión de júbilo fue providencial: habían ganado. Esa victoria se tradujo en gritos, desmayos, nuevos cantos, nuevas décimas, más botellas de ron, más comida, más café hirviendo, más llanto desmedido, más escenas dramáticas. Ahora sí, se cumpliría con la voluntad de mi padre: un velorio como Dios manda, como él lo merecía, como todos querían gozarlo. Porque, venir a romper la tradición y velar al  viejo en una funeraria pomposa y artificial, era definitivamente una herejía. Eso dijeron. Cosas de familia.


5

Después, inevitablemente, vino el fútbol.
Cierta vez, mi hermano mayor pidió para él el placer de castigarme. Entonces, me llevó al estadio Romelio Martínez porque sabía que a mí no me interesaba ese deporte. Nos apostamos en la tribuna desde las nueve de la mañana, como era obligatorio en aquellos tiempos  porque ese escenario se llenaba desde muy temprano. Yo estaba aburrido, como era de esperarse. Hasta cuando empezó el partido y vi a Juan Ramón “La Bruja” Verón. Me di cuenta de que ese tipo no era un futbolista, sino un mago. Hacía cada jugada, cada finta, cada exquisitez, con su cabeza levantada y una elegancia suprema. Yo salí fascinado de allí. Y me puse a buscar, desde ese entonces, la posibilidad de repetir esa experiencia estética en las canchas de fútbol. Con esa suma de factores, debo decirlo, ando metido en este deporte, y ese es el tipo de jugador que he buscado y que sigo buscando. 

agarizabalo@hotmail.com

LA APUESTA POR EL FÚTBOL


Reflexiones de un Cazatalentos (3)

Por: Agustín Garizábalo Almarales

A propósito de Factor XS, alguna vez, hace algunos años, estaba mirando yo ese programa por televisión y me pareció muy buena la actuación de un chiquillo y pensé: “ese niño clasifica”. Pero no, le dijeron que no. Después vino otro y le pasó lo mismo. ¡Carajo! Y ¿Cómo es la cosa? ¿Qué están viendo esos jurados?- exclamé. Estaba sorprendido, además, porque me consideraba un buen cazatalentos y sin embargo…

Juan Carlos Coronell, uno de los evaluadores, le dijo al chico: “Pues la verdad, tú cantas muy bien, pero lo haces muy parecido a un artista reconocido; pero ¿en dónde estás tú? ¿Qué puedes mostrar que sea diferente a los demás?”…

¡Caramba!...Así que era eso. Me puse a reflexionar profundamente sobre mi labor y encontré que, ¡claro!, de eso se trata: el verdadero talento tiene que ser el diferente, el que tenga una cualidad especial, ese valor agregado que es lo que la gente va a buscar cuando asiste a los estadios.

Pero, ¿cómo hacer para conciliar esa idea con las aspiraciones de los técnicos? Porque esta sí es grave: Uno cómo entrenador -y que conste que yo fui entrenador- mira el fútbol a partir de las falencias. Va uno entusiasmado donde un director técnico a preguntarle por un jugador que le ha recomendado y el técnico se queda cavilando todo grave y sombrío para finalmanete decir: “La verdad, no lo hace mal. Tiene sus cositas, pero le falta ser más combativo, no pelea una pelota, anda bajo de físico, abusa mucho de la individual, es medio flojo y falla a los entrenamientos…pero ahí va”.

Hummmm, queda uno viendo un chispero y se pone a pensar: “Bueno, si ese muchacho fuera perfecto ya estuviera jugando en Italia”. Porque lo más complicado es eso: que generalmente los jugadores más difíciles, más díscolos, más desorganizados, son los talentosos. ¿No ve que ellos creen que tienen la llave para abrir todas las puertas? Todo lo quieren resolver sólo con su talento; entonces, ¿Para qué esforzarse? ¿Para qué correr?
-“Qué corran otros”- piensan.

¿Que hacer abdominales? Me escondo. ¿Que carrera continua? Me enfermo. ¿Que flexiones de brazos? No puedo porque tengo que estudiar. Los lunes es el día cuando los talentosos se convierten en buenos estudiantes, qué casualidad. Pero así son ellos y los entrenadores deberían saberlo. Porque ese es el verdadero trabajo: Convencer a ese muchacho para que adquiera unos hábitos deportivos y organice su vida para que pueda mostrar y vivir de su talento. Y por eso es que tienen empleos los profes: si todos los jugadores de fútbol fueran unas mansas palomas, bien disciplinados, correctos, serios, puntuales, asertivos, concentrados, pulcros, instruidos para jugar, los técnicos no tendrían trabajo; el presidente del club dirigiría ese equipo. (¡Con lo que le gusta figurar!). Pero en el fútbol no es así: ¡Hay que camellar, señores!

Otro asunto, y debemos decirlo, es que la situación del entrenador es bien complicada: (sin tratar de disculparlo por supuesto). Puede ser el instructor de una escuelita de barrio pero siente la presión de que tiene que ser campeón; lo presionan los directivos que lo amenazan expresamente con no pagarle, lo amenazan los fanáticos que le gritan bruto, lo amenazan los padres de familias que se resienten porque no meten de titular a su hijo, y los papás de los titulares porque sacaron a su bebé para meter a un minusválido. Entonces, a estos pobres señores les toca bailar con la más fea: si se ponen a proteger al talentoso, con todos y sus defectos, se le viene el mundo encima. Que cómo, que cuándo, que quién dijo.

Mire que a veces por eso proceden de cierta manera y hasta con razón. Ser técnico de fútbol ahora supone entonces una alta cuota de valentía. El técnico tiene que atreverse a apostarle a algo más concreto y duradero que el simple trofeo al final de la temporada. Conozco a entrenadores que nunca han ganado un torneo, pero son los tutores de varios muchachos que han sobresalido en el fútbol profesional. Que yo sepa ningún técnico de menores se ha hecho famoso por los campeonatos ganados en sus barrios. En cambio, sí por los jugadores que han sacado.

Esta es una anécdota para analizar: En cierto torneo internacional, un técnico de divisiones menores de un equipo profesional puso a jugar a un muchacho en el segundo tiempo y el pelao se puso a hacer unas fantasías y unas piruetas como las de Ronaldinho y eso fascinó a un dirigente del club que andaba por ahí; este señor fue y les contó a los otros directivos: “Vengan a ver a este muchacho tan espectacular que trajeron”. Claro, lo dijo con esta expresión tan romántica en los ojos: ( ¡$$$$$$!...) Al día siguiente fue la directiva en pleno ¿y el pelao? Preguntaron. No lo pusieron a jugar, es más, lo mandaron a la tribuna. ¿Que cómo así? Fueron a preguntarle al técnico. Y este dijo semejante joya: “Lo envié a la tribuna porque ese chico es un irresponsable; ¿no ve que ayer se puso a hacer unas maricadas y perdió una pelota y casi nos cuesta un gol?”

Puede, sin embargo, que tenga algo de razón; porque, si de verdad hubiesen hecho aquel gol y el equipo no llegaba a la final, los mismos directivos que estaban allí, ansiosos ahora por ver a ese crack, hubieran descabezado sin misericordia al técnico por haber alineado a ese jugador tan irresponsable.

Luego, sugerimos que el primer gran paso para manejar situaciones controversiales como estas, debe ser el de ponerse de acuerdo en ese aspecto tan fundamental de saber a qué se le apuesta.


agarizabalo@hotmail.com

sábado, 11 de abril de 2009

DIAMANTES EN EL DESIERTO



Memorias de un Cazatalentos (2)

Por: Agustín Garizábalo Almarales


Dedicarse a buscar y seleccionar talentos en el fútbol aficionado es como tratar de encontrar Diamantes en el Desierto. Al principio, la sospecha de que seguramente no habrá nada en ese paraje solitario, no deja de perturbar nuestra imaginación. Pero también puede ocurrir el fenómeno contrario: tal vez termine uno encandilado, cuando, por el reflejo que producen los rayos del sol sobre la arena, lo invada la sensación de que hay muchos prospectos. Con frecuencia esto resulta apenas un espejismo.

Lo paradójico es que quizás el verdadero diamante pase inadvertido entre la arena, porque, como está aún sin labrar, no posee todavía el brillo seductor que nos llame a su encuentro. Este es el verdadero mérito de un Cazatalentos: poder anticiparse con su conocimiento y experiencia en la elección de un talento potencial que está esperando para que sea desarrollado.

Con frecuencia se sobrevalora el acierto del veedor; se cree que el tipo tiene su misterio, y a lo mejor lo tiene, ese don de Dios que le permite ver más allá de ese momento y ese lugar. Pero si ese descubrimiento no está acompañado por un excelente trabajo en las divisiones menores del club el talento no se despliega, se atrofia y probablemente se pierda.

Para el caso específico de mi labor en el Deportivo Cali, quizás los jugadores que he recomendado han sobresalido, no tanto porque yo me haya traído a los mejores, como con frecuencia se me acusa en la costa atlántica, sino porque, habiendo recomendado buenos deportistas, pero, especialmente, jóvenes con aspiraciones, con deseos de triunfar, aquí se les ha invertido en trabajo, alimentación, formación óseo-muscular, competencia de nivel, etc. y eso termina mejorándolos necesariamente, adquiriendo ese plus que justifica el proceso.

Lo que queda en limpio es que soy un convencido de las capacidades de nuestros jugadores y apuesto por ellos, desmintiendo aquello de que el talento escasea, o de que el colombiano es un desordenado. Hay que buscarlos, eso sí, y hay que encontrarlos, también. Pero de que los hay, los hay. Yo creo que en nuestro medio siempre habrá jugadores tan buenos o quizás mejores que los que ya han sobresalido, pero hay que hacerles la inversión que corresponde y tendríamos que quitarle ese halo de misterio y de magia al asunto: los que yo he traído, por ejemplo, no son de otro mundo: han alcanzado cierto nivel de figuración porque se han trabajado de manera diferente.

A veces, también, se cae en el lugar común de intentar “adivinar”, asumiendo poses de videntes, creando falsas expectativas. Lo único verdaderamente cierto es que no se sabe qué va a pasar con un talento en cierne. A cuántos no hemos visto fracasar teniendo tantas condiciones. A cuántos no hemos vistos triunfar después de un trasegar de dudas y tropiezos. La gente acostumbra a hablar del Ojo Clínico, (“¡Ese señor tiene buen ojo!” – dicen) remontándose a una vieja costumbre, felizmente superada, de aquellos pintorescos médicos de pueblo, que con sólo mirarte al entrar a su consultorio ya sabían ellos que enfermedad tenías.

La gente en ocasiones se me acerca para preguntarme por un determinado jugador: “Profe, queremos que nos digas si sirve o no sirve” - ¡Imagínense!-. Yo ahí me hago el loco. No me pongo ni siquiera a dar explicaciones porque me expongo a caer en una discusión bizantina. Además, el fútbol como actividad subjetiva aguanta todo tipo de alegato. Lo que tengo claro es que, al final, mis decisiones con respecto al talento, son más intuitivas que razonadas, porque surgen de un momento mágico inesperado, se trata de un feeling, una química, un no sé qué: yo estoy ahí y me dejo guiar por el gusto de mirarlos, esperarlos, mejorarlos con mis consejos, pero sé que no depende de mí. Como lo dije en otra nota, la señal definitiva la tiene que dar el propio jugador.

Además, sólo hablo de los jugadores que yo creo que pueden estar, de los creo que no, no hablo. Los pongo en la lista para que aparezcan reportados pero no doy mi opinión, mucho menos me gusta quedar en una situación donde yo tenga que decidir entre sí y no. En tanto, nunca descarto a nadie, ni entro a valorar públicamente a los jugadores, porque corro el riesgo de equivocándome estruendosamente; el tema pasa por los momentos. En el fútbol lo que hoy es verdad, mañana es mentira. La clave está en enviar al jugador en su momento preciso.

Esta labor nuestra de seleccionar talentos, pasó a ser tan seria que no debemos tomar riesgos de hacer apuestas donde pongamos en juego nuestras cabezas.

Ha pasado aquél tiempo cuando podíamos darnos el lujo de apreciar cómo iban creciendo poco a poco los muchachos. Se podía hacer un seguimiento concienzudo desde observarlos en los entrenamientos de sus equipos, los partidos de la liga, los torneos nacionales con las selecciones y hasta resultaba fácil convocarlos a sesiones de veedurías.

Pero ya esto es muy difícil, la competencia se ha vuelto tenaz. Hay gentes del fútbol que por no saber cuáles son las pautas de un seguimiento oportuno y eficaz, están apostando a la cantidad en detrimento de la calidad selectiva y le jalan a todo lo que se mueva. Es frecuente escuchar o ver que grupos de jugadores jóvenes, y en algunos casos, niños, han sido invitados a probarse en las divisiones menores de un club profesional sin ningún tipo de criterio preselectivo.

A eso súmele el desespero de los padres de familia y de los mismos jugadores, quienes, ante la más mínima oferta piensan que esa quizás pueda ser la única oportunidad en la vida y entonces se saltan cualquier proceso que se venga haciendo con ellos, porque aquí lo que más importa es aparecer, probarse, lanzarse al ruedo. Una y otra vez, en una frenética carrera, con la esperanza de que tal vez en alguna pegue.

No olvidemos que estamos en la generación de los Realitys y los Factores XS.


-Publicado en la página Web del Deportivo Cali www.deporcali.com, Febrero 2009.
-Si desea hacer algún comentario o sugerencia favor escribir a agarizabalo@hotmail.com







EL SIGILO ES UNA FORTALEZA


Memorias de un Cazatalentos (1)

Por: Agustín Garizábalo Almarales


En mi labor de Cazatalentos he aprendido que el sigilo es una fortaleza: poder mimetizarme en el paisaje, poder ver sin ser visto. Cómo aprecio mi condición de incógnito, cómo valoro esa posibilidad de continuar en la trastienda, armado con lupa y microscopio, pero sin el apuro de posar de personaje.

No sería nada práctico que yo llegara a una cancha y creara una conmoción por ser famoso. Cuánta gente se me acercaría, cuántos padres vendrían a recomendarme a sus polluelos. En este caso siempre será preferible el misterio: Aparecer por allí como si nada, poder ver, escuchar, acercarme, analizar y hasta sentarme en la tribuna como cualquier espectador anodino.

El secreto de este trabajo es el seguimiento. La diferencia entre un jugador excepcional y un jugador normal es la regularidad en su rendimiento; por eso conviene estar ahí, esperando pacientemente, hasta detectar esa garantía, sin la cual es imposible alcanzar el objetivo.

Intencionalmente he evitado exponerme al escrutinio público. Mi vida personal e imagen física ¿a quién puede interesarle en realidad? Lo que debe importar es que siga buscando y encontrando a esos niños y jóvenes que puedan consolidarse más adelante como futbolistas profesionales, así como, con buen criterio y gran suerte, he podido apoyar a algunos talentos destacados.

En lo que a mí concierne me interesa más el reconocimiento de la gente íntimamente ligada al fútbol: el respaldo a mi trabajo por parte de los dirigentes y funcionarios del Club, el apoyo del director de las divisiones menores y de los entrenadores que realizan el proceso con los jugadores, la interacción con los periodistas deportivos que se acercan y valoran discretamente mi labor y, por supuesto, me llena de felicidad que los futbolistas me mencionen. Porque, ahí sí, es muy importante que mi nombre aparezca en esas entrevistas; allí sí resulta necesario, porque eso me abre puertas, porque el padre de familia, el entrenador o el dueño de un equipo aficionado me referencian a partir de esa mención, precisamente en boca de una figura y me buscarán de manera puntual como parte interesada, pero no es relevante que el tendero, el embolador o cualquier transeúnte me saluden por la calle como un personaje de la farándula deportiva.

Además, de alguna manera, hago parte de los medios de comunicación y entiendo lo que significa la cultura de la fama. Entrar allí implica quedar atrapado en una telaraña de sobreentendido, códigos y supuestos, que lo obligan a uno a asumir ciertos comportamientos que la masa espera de las figuras mediáticas.

Con los jugadores y los padres de familia yo siempre que tengo la oportunidad la aprovecho y lo dejo claro: Lo único que puedo prometerles es que trataré de estar allí, acompañándolos en sus ilusiones, mirándolos en las competencias, asesorándolos en el camino. Pero no estoy obligado a más nada. Hay gente que ha terminado molesta conmigo porque cree que si son mis amigos y me atienden bien, ya tienen asegurado que su hijo recibirá una oportunidad. Digo que eso depende de ellos, de los futbolistas: hay un momento en que el jugador muestra un plus en su rendimiento, marca diferencia, y él mismo dice con su actuación: “bueno, profe, ya estoy listo”. Siempre hay un momento mágico cuando el chico da la señal. El jugador tiene que brillar con luz propia.

También digo que cada quién tiene que emprender su propia lucha. Yo tengo la mía: como veedor mi mayor patrimonio es la CREDIBILIDAD. Y debo tener mucho cuidado; de hecho, tengo que estar muy convencido, debo investigar bien, conocer suficientemente al joven que voy a enviar. Pero no puedo recomendar a alguien sólo porque tenga una relación familiar o de amistad conmigo. De hecho, creo que mi mayor fortaleza es que me mantengo afuera. Con los jugadores llevo una relación cordial y afectiva y los acompaño hasta cuando son profesionales pero siempre soy profesor, casi nunca amigo personal.

Además, ya entrado en gastos voy a decirlo: yo no represento jugadores, sólo soy un simple intermediario, un asesor, un puente entre un club profesional y los jugadores aficionados, por eso deliberadamente evito involucrarme afectiva o económicamente con los posibles elegidos. Al único que en realidad me interesa “vender”, en el sentido estricto del término, es a mí mismo, mi trabajo serio y constante, para seguir gozando de ese privilegio invaluable de tener una voz propia que pueda ser escuchada.

Por eso les digo a los jugadores que recomiendo que no me den nada, pero que no me hagan quedar mal. Yo no aspiro a una camiseta ni a un dinero por debajo de cuerda, ellos sabrán cómo expresar su gratitud de una manera lícita y prudente, si es que lo consideran pertinente, claro está, porque tampoco es que estén obligados formalmente a corresponder con nada, quizás puedan hacerlo más como un gesto moral, de esos que se suelen hacer cuando se alcanza algún logro y nos parece lógico que los que contribuyeron reciban algún presente.

A estas alturas de mi vida, lo que busco es la realización personal a través de mi trabajo, de una manera simple, sin los sobresaltos propios de lo público. Quiero, más bien, en mi condición de escritor en formación, seguir gozando de mi sitio de espectador. De verdad, sólo aspiro a ese privilegio.

Publicado en la Revista del Cali - Noviembre/2008 -
y en la página Web http://www.deporcali.com/
Si desea hacer un comentario o enviar alguna sugerencia escriba a agarizabalo@hotmail.com