Mostrando entradas con la etiqueta FUTBOLISTAS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta FUTBOLISTAS. Mostrar todas las entradas

martes, 20 de abril de 2010

EL TALENTO NO ES SUFICIENTE (Segunda parte)


Por: Agustín Garizábalo Almarales


Cuando el gerente del Deportivo Cali, era Marco Antonio López, a raíz de una columna publicada, me hace llegar la siguiente inquietud: “¿Puede existir consagración sin vocación?” Esto, porque le resultaba muy tenue el límite entre una y otra. “La vocación – dice- es definida como la inclinación o afición a una actividad y la consagración como la entrega o dedicación exclusiva al asunto. ¿Es perentorio que se cumplan ambas condiciones o pueden presentarse por separado?” Interesante.

Vamos a intentar una breve dilucidación al respecto:

Hay jóvenes que tienen vocación, es decir, les gusta el fútbol, sueñan con triunfar en ese deporte, no piensan en más nada sino en eso, son capaces de dejar la familia, la novia, lo que sea, para ir detrás de ese sueño, pero NO ESTÁN ORGANIZADOS, les falta adquirir esos hábitos personales que les garanticen el éxito. En cualquier momento, a pesar de sus enormes deseos, fallan o no alcanzan sus máximos logros por problemas de disciplina, por deficiente alimentación o descanso y de repente nos vemos frente a un jugador con mucho talento, con muchas ganas, pero con desventajas físicas o morales que lo conducen al fracaso tarde o temprano.

Y puede ocurrir -conozco algunos casos- que muchachos muy consagrados, es decir, disciplinados, organizados, se levantan temprano, comen bien, descansan suficiente, son enfermos en el cumplimiento de las reglas, pero, analizándolos bien nos damos cuenta de que están ahí y hacen lo que hacen más por complacer a sus padres, quienes son los que le han metido en la cabeza que sea futbolista.

No obstante, siendo unos consagrados, tienen poca vocación y así, en cualquier momento, ante la más mínima dificultad (que no lo pongan a jugar o no lo inviten a un viaje, por ejemplo) se retiran aduciendo problemas de roscas y otras hierbas, pero lo que ocurría en el fondo era que no estaban totalmente convencidos. Pese a que su organización personal indicaba que el muchacho iba bien, de repente nos vemos ante un chico que reniega del fútbol por razones más o menos triviales y, seguramente, por esa misma falta de vocación y disposición, no será capaz de volver a intentarlo.

En conclusión, la vocación tiene que ver con el sentimiento y la consagración con el comportamiento.

En cuanto a la primera condición propuesta en el artículo anterior (El Talento no es suficiente), para configurar esa base sólida como una mesa de tres patas (las otras dos son la vocación y la consagración), en nuestro medio se suele confundir ese don o talento con la habilidad para manejar el balón. No obstante, para quitar la pelota también es necesario gozar de un talento especial, lo mismo que para actuar de arquero.

No es suficiente el dominio del útil. Es frecuente encontrar en los semáforos de las ciudades a malabaristas completamente desconocidos que hacen lo que quieren con el balón y uno se pregunta: “Vé, ¿y este dónde jugó?” Si se pone a indagar descubre que no jugó en ningún lado o pasó brevemente por algún equipo de reserva, y aunque su cualidad exclusiva era el dominio del balón, no le alcanzó para jugar. Ya dijimos que el talento tiene que ver más con la forma de resolver cada situación del juego, las decisiones que se toman en las diferentes jugadas. Por supuesto que gozar de una riqueza técnica hará más económica y eficaz cualquier resolución, pero esa simple condición no alcanza.

Por último, es un paradigma cultural creer que lo justo es darle a todos por igual, cuando debería ser que cada quien reciba lo que se merece o necesita. Es increíble, pero no por ello menos cierto, lo que ocurre en las casas de nuestros futbolistas cuando las madres sirven la comida. Va uno de los hijos y pregunta: “¿Cuál es la mía?” La madre responde con toda sinceridad: “Cualquiera, igual todas tienen lo mismo”. Pero, nuestro futbolista acaba de regresar después de dos horas de entrenamiento y una hora de viaje y ha tenido un gasto mucho mayor que la hermanita o el hermano que se quedó en la casa durmiendo toda la tarde. ¿Cómo pueden comer la misma cantidad los que practican un deporte que los que no tienen exigencias físicas?

El deportista debe tener una dieta especial, en cantidad y calidad. Esa falta de compensación entre lo gastado y lo recibido, es lo que hace que veamos a casi todos nuestros jóvenes futbolistas flacos y bajos de peso, y si a eso le sumamos la fatal costumbre de sólo tomar agua cuando se tiene sed, pues la deshidratación y la desnutrición están a la orden del día en esos muchachos. El cuento aquí es cómo convencer a las madres de que el joven que está entrenando (“sabroso él”, dicen sus hermanos) debe recibir una alimentación privilegiada para poder equilibrar sus recursos físicos. Seguro que a la pobre vieja le hacen un mitin los otros hijos exigiendole la tábula rasa.

En todo caso, para simplificar, tenemos que agregar que no hay una fórmula infalible. Nadie, ni el más experto, puede garantizar, en un cien por ciento, que teniendo o haciendo esto o aquello se vaya a llegar a una instancia de alto rendimiento. Ese misterio es lo bonito de este trabajo.

agarizabalo@hotmail.com

EL TALENTO NO ES SUFICIENTE



Por: Agustín Garizábalo Almarales

En mi labor como Cazatalentos del Deportivo Cali, es frecuente que la gente me pregunte: “Ajá, profe, ¿Y qué es lo que usted mira en un jugador de fútbol?”... Digo que tengo en cuenta tres grandes pilares que conforman una base sólida, como si fuera una mesa de tres patas. Son a saber:

EL TALENTO: Por supuesto, pero, ¿Cómo detectar el talento en un jugador de fútbol?... pues, observe cómo RESUELVE en cada jugada en la que participa. Analice también si es capaz de leer el juego. Generalmente alguien con talento es asertivo en la mayoría de sus decisiones. Conviene mirar, además, cuál es el registro de sus acciones en las áreas de máximo riesgo. En últimas, el potencial se traduce en jugadas que pueden ser llevadas a una cifra estadística. En cuántos mano a mano sale airoso, cuántos goles concreta, cuántas pelotas recupera, cuántas veces arriesga con acierto...

Pero el Talento no es suficiente. Se necesita también VOCACIÓN. Y, ¿Cómo descubrimos si el joven tiene vocación?... pues, en su manera de entrenar, en el gusto por la actividad. Que sea capaz de entregarse, de exigirse. Que quiera aprender siempre. El verdadero trabajo del futbolista no es jugar al fútbol, sino perfeccionarse física y mentalmente a través del entrenamiento programado. Sin vocación no es posible mejorarse a sí mismo con una rutina diaria.

Y el tercer elemento es la CONSAGRACIÓN: Consiste en una disposición de ánimo que se traduce en hábitos sanos con respecto a la Nutrición, el Descanso, la Higiene y el Manejo del tiempo libre.
En la Nutrición: Un niño que tenga vocación de faquir, por ejemplo, no puede aspirar a ser futbolista. Cómo es eso de que no le gusta la ensalada ni los granos. Que no come frutas ni pescado. Está condenado a no fortalecerse como atleta. El ser humano es lo que come. De su nutrición efectiva dependerá que los procesos de crecimiento se cumplan íntegramente. Una dieta en cantidades balanceadas, de acuerdo con la edad y las exigencias físicas, rica en proteínas, cereales, verduras, frutas y lácteos, más algunos complementos alimenticios, ayudará a alcanzar el nivel ideal. Debe procurarse un horario establecido para tomar los alimentos. Evitar el exceso en el consumo de azúcar, cafeína y grasa animal.

Descanso: Hay que respetar una rutina en los horarios de descanso para no atentar contra la estructura del sueño. No todo puede ser movimiento y exigencias. Es necesario recargar baterías. Hay que evitar el exceso de fútbol, el exceso de actividad. Después del entrenamiento el complemento ideal es una buena nutrición y un descanso reparador. Nada de llegar y salir inmediatamente para la calle y menos regresar tarde a casa, porque es como si se siguiera entrenando, propiciando una sobrecarga de esfuerzo. Además, se ha dicho que la hormona del Crecimiento se dispara durante el sueño.

Higiene: Mantener una limpieza del cuerpo, especialmente de los pies, evitará que se instalen procesos mórbidos (enfermedades) en el organismo. El futbolista debe cuidar sus pies como el pianista cuida sus manos. Son sus instrumentos de trabajo. No hay nada más lamentable que un futbolista con mal olor en sus pies.

Es importante cambiarse de ropa después de jugar o entrenar. Hay que tener en el maletín los implementos de aseo: toallita, desodorante, talco para pies, chanclas, jabón, etc. Y no descuide la higiene dental.

Manejo del tiempo libre: Esto equivale a la higiene mental. La felicidad del ser humano es proporcional al buen manejo del tiempo libre. Toda persona debe descubrir una actividad complementaria que la atrape. Que le llene sus horas muertas. Especialmente los deportistas que suelen tener tanto tiempo libre. Hay que apuntar a labores manuales o intelectuales activas como la electrónica, la computación, la pintura, la lectura, el cine, las artes o el estudio en general. No es suficiente con ponerse a escuchar música, esta es una actividad pasiva, a no ser que se baile o se utilice para componer canciones. Y no todo el tiempo puede ser fútbol por televisión. El joven debe enriquecer sus conocimientos explorando otras áreas.

No obstante, a un chico que posea todos estos elementos mencionados, nadie podrá garantizarle, aún, que llegará a ser un gran futbolista (eso dependerá también de otros factores), pero tendrá muchas más posibilidades que aquel al que le falte alguno de esos pilares.

En definitiva, la clave está en adquirir una serie de hábitos sanos. Lograr ese pequeño triunfo de cada día aportándole algo a su crecimiento personal y deportivo, construyéndolo y elaborándolo como un artesano, porque, en últimas, el éxito es un montón de pequeñas cosas hechas bien hechas.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Septiembre 11 de 2007.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Jul. 2007.

martes, 26 de agosto de 2008

CARTA AL CALIDOSO DEL BARRIO

Por: Agustín Garizábalo Almarales


el pájaro canta aunque la rama cruja, porque sabe para que son sus alas”
-Salvador Díaz – (poeta mexicano)


"Todos los que participamos de una u otra manera en el fútbol, lo que hacemos es brindarle un servicio a los futbolistas,confiando, quizás, en que algún día ellos retribuyan ese gesto con un comportamiento favorable a la sociedad" A.Garizábalo.

Hola, calidoso:

Queremos agradecerte que juegues para nuestro equipo. Nuestro querido y modesto equipo de pueblo. Los fines de semana la cita obligada es ir a verte a la cancha. Vamos todos, el barrio, la familia completa, hasta el alcalde y su señora. Tenemos que estar ahí porque no se sabe cuándo te vas a inventar una de esas jugadotas que uno después se va a doler el resto de la vida no haberla visto. Descubrimos que te habías metido definitivamente en nuestros afectos cuando el Bebo, con escasos cuatro años, mientras rebotaba la pelota contra una pared y narraba un partido imaginario, utilizaba siempre tu nombre en el momento en que a él se le antojaba celebrar un gol o exclamaba que habías hecho una genialidad en el Santiago Bernabeu. Eres nuestro ídolo.

Pero no sólo por los magníficos goles, tus jugadas de crack, tu elegancia para pisar la pelota con esa zurda, ni porque además nos regalas esa embriagante sensación de saber que si estás de nuestro lado contamos siempre con alguien que resolverá en el área contraria cuando las papas se pongan calientes. Esa confianza extra de pavonearnos en la tribuna sintiéndonos ganadores. Esa seguridad de poseer la llave para abrir todas las puertas. Aquí se mueren todos: a la usanza de los argentinos de Colón de Santafe, nuestro pequeño estadio es el cementerio de los elefantes. Tu nombre, por tanto, es sinónimo de alegría. Invocarlo es nuestro grito de combate.

Eres nuestro ídolo también por todas esas otras cosas que nos das: Te vemos cuando vas para los entrenamientos y pasas cerca de la casa y saludas con cordialidad y se te nota entonces una placidez extrema, un regocijo infantil, una tranquilidad de santuario. Además, sabemos que te gusta entrenar. Qué gran ventaja, hermano. Te mira uno y piensa: “Carajo, este tiene la mitad del camino ganado, mira que no se deja apurar por afanes, mira qué confianza se gasta”. Y entonces resulta inevitable que alguien les diga a los otros jóvenes, parados en la esquina, mirándote abrumados por la admiración o por aquello que se conoce como envidia sana: “Sigan los pasos de ese monstruo, muchachos”

Y somos muy felices cuando te vemos jugar con esas ganas y esa entrega como si actuaras para el Real Madrid. No como otros futbolistas que van y celebran sus goles con la tribuna agitando la camiseta, queriendo mostrar que la aman mucho, y luego, unos minutos después, dicen en una entrevista por radio que su gran sueño es irse a Europa. En unas semanas se los lleva un equipo de aquí mismo de Colombia, eso sí, con más plata, y vuelven a mostrar la camiseta con tanto amor como lo hicieron por acá y uno les coge rabia. Porque son unos faltones. No les creemos, mercenarios, falcionis, vendidos, traidores, por acá no vuelvan, no los queremos porque jamás pusieron el corazón como tú lo haces.

Pero estate tranquilo, calidoso, que si te concentras en lo que tienes que hacer, si eres fiel al compromiso con tu divisa, si no aspiras a más nada que al simple ritual de estar ahí, absorbido por ese partido de ahora como si fuese el último de tu vida, si eres capaz de hacer aflorar todo ese caudal de fantasía que tienes en tu interior y ponerlo al servicio de la alegría de tu barrio, seguramente algún cazatalentos de un equipo grande vendrá a buscarte, porque sabemos que lo que más se aprecia en el fútbol de élite es la capacidad para entregarse como si fueras un iluminado. Ya lo decía un profesor que estuvo por acá: La diferencia entre un jugador normalito y un gran jugador es la regularidad en su rendimiento.

No creas, nadie lo dice expresamente, pero en el fondo todos sabemos que estás condenado a marcharte, que te tenemos prestado, que tendrás que irte algún día a triunfar en otra escuadra poderosa, porque, tocado por los dioses y agraciado por las musas, brillas demasiado para quedarte en provincia, aunque tú sabes que vayas donde vayas seguirás siendo nuestro.

Y por supuesto, que vayas a la selección Colombia, que juegues partidos importantes. Que nos reunamos los vecinos un domingo en el barrio para verte por televisión, que menciones el nombre de tu pueblo, allá, saludos a los habitantes de Perra Perdía, que digas por radio lo mucho que quieres a tu mamá, a tu novia, a tus amigos, los panas, y hasta al Bebo que siempre está rebotando una pelota contra la pared y cantando goles a tu nombre. Qué orgullo un hijo nuestro, dirá el alcalde, hay que hacer una fiesta, maten una novilla, contraten un conjunto vallenato, manden a comprar más ron, saquen los picós y pongan música, esto hay que celebrarlo, no importa que no haya agua potable.

Lo que queremos es que cuando regreses no vengas agrandado, que atiendas a la gente que siempre te saludó, que sigas de amigo de los de la cuadra, no llegues entonces con esas amistades extrañas que aparecen sólo con la fama, aduladores con unos carrazos y brindando whisky, que fulanito de tal y pascual, no señor. Calidoso: no te dejes seducir por los cantos de sirenas, que tu eres y seguirás siendo del pueblo así te ganes un potosí.

Y sigue atendiendo a los niños, como lo haces ahora, háblales, cuéntales todas esas historias de viajes y personajes de leyenda con los que has compartido, descríbeles cómo es el camino, y aprovecha para decirles que coman bien, que se cuiden, que descansen, que la vida es posible vivirla de manera amable cuando se deponen ambiciones mezquinas, cuando lo más importante sea aportarle a los demás y no tener más que los demás.

Que identifiquen sus talentos diversos porque no todos pueden triunfar en lo mismo. Y si eres tú quien viene a decírselos, te van a escuchar. Qué bonito es cuando valoras por igual al zapatero, al carnicero, a la cocinera, al profesor, al policía, al chofer, al embolador, a la enfermera, al agricultor, todos tienen algo que ofrecer. Demuéstrales que se pueden alcanzar logros sin atropellar a los otros. Lo dijo un sabio: “Los grandes hombres se reconocen por la manera en que tratan a los hombres insignificantes”. En últimas, ser útil a los demás es la mejor manera de triunfar. No puede ser que se busque el éxito en una carrera sólo para caer en excesos y despilfarros: De eso es que tienes que cuidarte, calidoso.

Entonces, lo que te pedimos es que sigas con esa tranquilidad de ánimo, con esa disposición y entrega en lo que haces. Sé un modelo de paciencia y bondad. Muestra, ante todo, tu condición humana. Un futbolista también puede enseñarnos que la decencia y la ternura no están en contravía de ese huracán que sale a la cancha.


Si desea hacer un comentario o enviar alguna sugerencia escriba a
agarizabalo@hotmail.com

Publicada en El Heraldo Deportivo el 26 de Agosto de 2008.

viernes, 28 de marzo de 2008

Y SI NO ERES FUTBOLISTA…QUÉ?

Por: Agustín Garizábalo Almarales

“Los individuos que más fracasan son los que tratan de ser diferentes.
Uno nace diferente, no se hace diferente”
-
Astor Piazzola


Voy a decirlo sin rodeos: hay muchos jóvenes aspirando a ser futbolistas. Y no es que esté mal que quieran intentarlo, es que le están apostando todo a un solo número. Emprenden esa carrera como si fuera la única tabla de salvación en la vida, y para peor, con el apoyo de los padres.

A los padres modernos lo que más les preocupa es el sentimiento de culpa por no apoyar a sus hijos en la realización de sus sueños. Y entonces se someten a pruebas inverosímiles, como acompañar al muchacho en todos los entrenamientos y partidos, pagar los viajes, uniformes, arbitrajes, refrigerios… Y sobre todo, patrocinarles sus tentativas por mostrarse en los diferentes clubes profesionales. Que no vengan a decirles luego que no los apoyaron.

Pero no se cuidan por saber cuáles son las posibilidades reales de su hijo. El muchacho y sus padres deberían guiarse por ciertos indicios, por ejemplo, haber descollado en un torneo importante, haber sido llamado a un seleccionado departamental, pertenecer a un programa de seguimiento. Pero no, el fútbol es una actividad tan subjetiva que es mejor sospechar de los entrenadores cuando estos no llaman al joven a la selección, y es preferible hablar con resentimientos de los veedores cuando estos escogen a otros aspirantes. Para poder seguir soñando.

Es triste notar cómo hay jovencitos que pasan años y años en equipos aficionados de la Liga y hasta de primera C, todavía por ahí, ya casi sin ilusiones, arrastrándose y asoleándose a diario esperando una feliz oportunidad que muchas veces no llega. O llega pero es como un tiro al aire: son los padres los que deben financiar esos viajes donde se les hará una prueba incierta.

Hay instituciones del fútbol que por no invertir en un trabajo serio, con un seguimiento oportuno y eficaz, están apostando a la cantidad, en detrimento de la calidad selectiva y le tiran a todo lo que se mueva. Es frecuente escuchar o ver que grupos de jugadores jóvenes, y en algunos casos, niños, han sido invitados a probarse en las divisiones menores de un club profesional sin ningún tipo de criterio preselectivo. Y así como los reciben, los devuelven.

A eso súmele el desespero de los familiares y de los propios jugadores, quienes, ante la más mínima invitación y casi sin garantías, piensan que esa quizás pueda ser la única oportunidad en la vida y entonces se saltan cualquier proceso que se venga haciendo con ellos, porque aquí lo que más importa es aparecer, ir a probarse, lanzarse al ruedo, una y otra vez, en una frenética carrera, con la esperanza de que quizás en alguna sean admitidos. No olvidemos que estamos en la generación de los Realitys y los Factores XS.

Pero, y mientras tanto, ¿qué ha ocurrido?.... ha pasado el tiempo. Y el joven sigue empecinado en esa quimera sin mirar hacia otras vocaciones. Su mayor anhelo es que alguien les resuelva la gran incertidumbre de si sirven para el fútbol o no. No se ha dedicado al estudio, por ejemplo, porque está esperando la gran oportunidad.

¿No sería bueno que, mientras aspira a ser futbolista, este adolescente explore otras profesiones, revise qué otras aptitudes tiene, o en qué otra labor podría ser útil? Porque lo terrible suele ser cuando uno se encuentra con muchachos que si no son futbolistas no son nada. Quedan suspendidos en el limbo laboral, jugando partiditos de rebusque los fines de semana, viviendo la ilusión de que les pagan por eso, o resentidos hablando en una cantina por las roscas que lo marginaron. ¿Cómo es eso de que “Quiero que me hagan una prueba o si no me dedico al estudio?”… No se sabe, en este caso, si lo dicen por resignación o por amenaza.

Hay algunos que no les gusta entrenar y quieren ser futbolistas. Hay otros que no les gusta comer o no saben descansar y quieren ser atletas de alto rendimiento. Hay ciertos ilusos que no han ganado nunca una competencia de jerarquía y sin embargo quieren que los prefieran por encima de otros que pueden mostrar logros. Hay padres que creen que porque su hijo es un afiebrado por el fútbol, porque desayuna, almuerza y come con fútbol, eso lo hace una estrella.

Lo que hay que saber es que nunca se sabe. Nadie puede estar seguro de quienes alcanzarán la gloria o quiénes no. Aunque haya algunos que prometan más que otros. Lo importante es emprender la carrera del fútbol como un proyecto de vida, sin descuidar el aprendizaje y la exploración de otras opciones. El mismo fútbol, incluso, te puede brindar otras alternativas…

Pero, te has preguntado alguna vez, joven amigo, ¿y si no eres futbolista, qué?...


agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Septiembre 18 de 2007.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Ago. 2007.




Y ESTUDIAR… ¿PARA QUÉ?


Por: Agustín Garizábalo Almarales


“Gran parte de los problemas del mundo
se debe a que los ignorantes están seguros
y los inteligentes llenos de dudas”
-Bertrand Russell

El muchacho ha dejado el estudio porque tuvo problemas en el colegio: un profesor se la tenía montada, iba perdiendo algunas materias, usted sabe, no le daban permiso para los entrenamientos ni partidos, además, llegaba cansado de las prácticas de fútbol a su casa y su mamá se volvía intensa con la cantaleta de que se pusiera a hacer las tareas. Así que una pregunta ronda ahora en su cabeza: “¿Para qué estudiar si lo que yo quiero ser es futbolista?”

Lo cierto es que esta idea está matizada por algunas imágenes: un negrito en la portada de una revista deportiva abrazado a una imponente rubia; es lateral izquierdo de la selección Colombia y todo el mundo sabe que no estudió, pero véanlo ahí dándose chapa de ídolo. Otro es un delantero que jugó en el exterior y que se hizo célebre por sus escándalos a lomo de caballo y pistola al cinto. Aquél otro, un monito con pinta de argentino y corte de Beckham, aunque es de Turbo (Antioquia), prácticamente no habla, más bien balbucea unas cuantas palabras pero exhibe un carrazo de última generación y con frecuencia aparece en los diarios haciendo publicidad.

¿Qué es lo que hace que nuestros deportistas sean tan alérgicos a los temas académicos?

El futbolista tiene que entender que el estudio no es una opción sino una necesidad. Su carrera de atleta viene a ser como la del paracaidista que no sabe qué puede ocurrir cada vez que se lanza al vacío. Aunque le han dicho que su profesión cuelga de un hilo, prefiere seguir viviendo una vida de fantasía: viajes, fama, cocteles, gimnasios, halagos, dinero. Todos los futbolistas parecen entender que una lesión, un accidente o una mala temporada puede marginarlos sin remedio. Todos saben lo efímero que puede resultar un momento de gloria y sin embargo…. Vaya y dígales que procuren estudiar, que hagan algo útil con su tiempo libre y entonces le dicen que sí, que es verdad, que ellos saben, que van a hacerlo, ¡claro!, pero que ahora no porque no tienen tiempo, usted sabe, los entrenamientos, los partidos, los viajes, el carro, mi señora.

Cuando estos muchachos sean conscientes de que prepararse intelectualmente implica darse cuenta, tener más elementos de juicio para poder resolver situaciones vitales y enriquecer la perspectiva de sus vidas; cuando descubran que esta adquisición de conocimientos no es una fastidiosa carga si no un “arma” para defenderse de los que quieren aprovecharse de él, de los estafadores y aduladores que sólo llegan en los gratos momentos de bonanza (“si la víctima se hace más lúcida, le queda más difícil al verdugo”, reza una sentencia); cuando sean capaces de aprovechar ese cuarto de hora que les da la vida para mantener los ojos bien abiertos y asimilar al máximo esa experiencia extraordinaria, entonces tendremos mejores deportistas, construidos a partir de la conciencia de su ser, sintonizados con una profunda necesidad de transformar el mundo a través de sus realizaciones.

Qué bonito es ser un futbolista de valía y qué importante y qué bueno que le paguen muy bien por hacer lo que más le gusta. Pero cuando el hombre olvida que precisamente él es el producto que está siendo vendido, canjeado y traficado, y cree, por otro lado, que tiene el control del asunto, allí no hay nada que hacer. Lo perdimos. La gran paradoja del deportista es que se esfuerza obstinadamente para venderse a sí mismo, pero luego reniega por ser tratado como mercancía. Por eso resulta decisivo ese conocimiento del mundo y de su entorno, porque es el único antídoto contra la banalización y contra la pérdida de la dignidad. No hay otra fórmula: o estás enterado en qué aguas te mueves, comprendiendo las leyes del juego y sus fluctuaciones, o definitivamente eres carnada para tiburones.

Muchos se quejan de que no pueden estudiar por sus compromisos deportivos y en ciertos casos hasta tendrían algo de razón, pero no se trata sólo de eso. El mal fundamental es la falta de curiosidad, eso es lo que nos condena a ser dominados y ultrajados por otros. Lo triste es ver a los chicos suspendidos en el limbo, mirando hacia otro lado, distraídos como zombis. Ahora, sin embargo, existen tantas formas de educarse, que no necesariamente yendo a la universidad; si se puede adquirir una educación formal ni más faltaba, ¡fabuloso!, e insistimos, sería lo ideal. Pero si no, hay están los libros, las revistas, el periódico, el Internet, las charlas con gentes ilustradas o estudiar una carrera a distancia. Por algo en la sede de las divisiones menores del Boca Junior de Argentina, hay un inmenso letrero a la vista de todos los que llegan: “El fútbol es una posibilidad, el estudio una seguridad”

Pero lo verdaderamente importante es tener siempre una pregunta en la mente. Por qué esto y por qué lo otro. El conocimiento real parte de un cuestionamiento auténtico por querer saber las cosas, conocer cómo anda el mundo, comparar conceptos y realidades, entrenar el pensamiento a diario y para esto no es estrictamente necesario estar en la academia.

Basta con ejercitar la imaginación preguntándose por todo, leerlo todo, no sólo libros, también un gesto, un partido de fútbol, una situación singular, el giro de los acontecimientos. Quien lee sabe que su alma está en permanente formación. Usted se ha preguntado, como se pregunta a veces Abel Da Graca, “qué pasaría si Maradona fuera como Valdano”.

La clave está en adquirir el convencimiento de que la vida como futbolista es una ilusión mientras no se tomen las propias riendas. Quién va administrar los recursos conseguidos en esos pocos años. Cómo invertir ese capital económico y social que cayó como del cielo. Cómo salir bien librado de tantas tentaciones a las que se ve sometido un ídolo. ¿Cómo serán esos años venideros cuando haya pasado su cuartito de hora y vuelva a ser una persona normal? Recuerde lo que dijo un viejo sabio: “Cuando eres viejo para el fútbol eres joven para la vida”.

Y por supuesto, no perder la capacidad de sorprenderse y cuestionarse. La gente que no tiene dudas con seguridad se equivoca, dice el refrán.

Con razón uno de los futbolistas más centrados y realizados que conozco, cuando se encuentra conmigo y me ve angustiado tratando de terminar un escrito, me dice que no me preocupe, que las personas inteligentes son las que están siempre llenas de dudas. ¿Será verdad?


agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Enero 8 de 2008.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Feb. 2008.




ILUSIONES POSIBLES

Por: Agustín Garizábalo Almarales


“Caminante no hay camino,
Se hace camino al andar”
- Antonio Machado



Durante años, en mi labor como entrenador de fútbol, primero, y como Cazatalentos, después, he tenido el privilegio de estar muy cerca de jóvenes que luego se han destacado en el fútbol profesional. Como técnico o asesor de Selecciones Atlántico pude conocer el desarrollo deportivo y personal de futbolistas de la talla de Iván Valenciano, Víctor Pacheco, Henry "Ferry" Zambrano, Alex Comas, Osvaldo Mackenzie, Ricardo Ciciliano, Emerson Acuña, Yesid Trujillo, Heriberto Velandia, César Fawcett y Macnelly Torres, entre otros; y, como veedor, la posibilidad de hacerles un concienzudo seguimiento a muchachos que luego fueron enviados al Deportivo Cali como Abel Aguilar, Armando Carrillo, Freddy Montero, Antony Tapias, Edgar "Pipe" Pardo y Michael Ortega, entre varios, y siempre me asaltó la inquietud por saber qué cualidad o hecho especial pudo hacer que se mantuvieran en el ámbito competitivo, cuando, simultáneamente, otros jóvenes de condiciones futbolísticas similares, o, incluso, superiores, se malograron tristemente.

¿Qué los hizo diferentes? ¿Qué fue lo que tuvieron ellos que no tuvieron los otros?

Los humanos somos seres contadores de historias. Por lo tanto, una de las claves para saber si un chico tiene personalidad para triunfar es escucharlo hablar. Comencé a utilizar esta técnica con los futbolistas, quizá por mi formación de vendedor que fui, sin una intención definida, sin una estrategia clara, más bien como un recurso intuitivo. Yo no sabía conscientemente lo que estaba haciendo, pero me quedaba hablando largo rato con los jugadores que estaban en proceso de observación porque quería conocer sus historias, quería encontrar un hilo conductor, una constante en sus vidas, un factor común en todos ellos.

Hasta cuando, inesperadamente, encontré esta joya, un texto del psicólogo estaudinense Jim Loehr, especialista en orientar atletas de alto rendimiento:

“…Para tener un buen rendimiento y alcanzar el estado ideal –comenta Loehr- debemos ser cuidadosos con el lenguaje que usamos, las palabras que elegimos y, sobre todo, las historias que narramos. Las historias que contamos sobre nuestros competidores, sobre nuestra dieta y nutrición, sobre el torneo que se juega o sobre la rutina diaria, son a menudo más importantes que los hechos reales. Son las historias las que nos producen miedo, frustración, alegría y felicidad. Tienen un profundo efecto sobre nuestro destino. Por lo tanto, para ser efectivo bajo presión hay que narrar la historia apropiada…”

¡Caramba!, De modo que era eso. De modo que no es suficiente con tratar de hacer bien las cosas, con esforzarse y tener disciplina. También es clave la historia que vamos imaginando, el relato que vamos construyendo en nuestro interior. No es posible querer triunfar mientras nuestra mente está llena de temores y rencores al mismo tiempo.

“¿Cuáles son tus sueños?” – es una de mis preguntas favoritas porque quiero indagar ilusiones, conocer expectativas. Y he aquí que me he encontrado con magníficos detalles. Creo que el muchacho se equivoca cuando apunta hacia la periferia, cuando habla de ganar en Euros, por ejemplo, o cuando quiere tener carros, mujeres y hacer soñados viajes e, incluso, hasta comprarle la casita a la vieja, pero ni siquiera ha resuelto su bachillerato. Cuando aspira a jugar en Italia pero ni siquiera habla bien el español. Cuando sueña con ser una figura de la farándula deportiva, pero no sabe relacionarse con los demás.

Porque no es suficiente con ponerse a soñar. Hay que revisar cuáles son esos sueños y, lo más importante, analizar si son sueños posibles. ¿No ve que la principal fuente de frustración es elegir mal el camino?

Conviene entonces ir avanzando, conquistando metas asequibles, pequeñas metas volantes. Porque si la ilusión es demasiado ambiciosa o desmedida se corre el riesgo de abandonar rápidamente la lucha.

¿Será que la oportunidad caerá del cielo o habrá que buscarla en la confrontación vital día a día, minuto a minuto?

¿Cómo aspira a triunfar en la vida este joven si su presente está lleno de derrota y desilusión, si lo único que hace durante el día es repetir ochocientas veces el mismo reggueatón?


¿Cómo aspira a jugar en el Barcelona de España si ni siquiera es titular en una Primer C?

Y concluyo con una hermosa frase de Guillermo Arriaga, director de cine mexicano:

“La suerte es algo que se merece y hay que forjarla a pulso. La gente sin suerte es la que está distraída. La vida te abre una ventana durante tres segundos y se cierra. Y has tenido que estar muy alerta para aprovechar esa oportunidad. Yo he tenido suerte porque he estado atento las 24 horas”

Como puede verse, todo lo que vale la pena en la vida puede convertirse en una buena historia.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Octubre 9 de 2007.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Nov. 2007.





NOTAS ESCOGIDAS


Por: Agustín Garizábalo Almarales

1
El futbolista nace, pero luego se hace, se desarrolla. El niño viene con una predisposición orgánica y genética, pero hay que trabajarlo y orientarlo para que logre alcanzar el alto rendimiento. La Educación es el verdadero complemento de las potencialidades humanas.

2
A nuestro jugador lo pierde muchas veces el hecho de que a lo único a que aspira en la vida es a ser jugador de fútbol. Por ello, casi siempre la historia del jugador de fútbol es una triste historia. Se presenta una confusión en la escala de valores. Mientras el jugador crece lo rodeamos, lo apoyamos, lo volvemos importante. Le hacemos creer que es una figura. ¿Y qué pasa después, cuando ya no juega?... se enfrenta a una terrible realidad: debe asumir la responsabilidad de una vida para la cual no estaba preparado.

Ganaríamos más si educáramos al jugador como un modelo social que debe prestarle un servicio a la sociedad y no como alguien que debe recibirlo todo por su fama.

3
Se equivoca el joven cuando cree que el deporte es un camino fácil. Y elige muchas veces la profesión de futbolista como una manera de evadir sus responsabilidades como estudiante y como trabajador. Lo seducen la fama, el dinero y la facilidad de relacionarse con mujeres. Pero si piensa así está condenado al fracaso. Lo que fácil se consigue, fácil se pierde, dice el adagio. Y siempre será un fracasado aquel que se dedique a algo simplemente por facilismo o por emular a los demás, y no se da la oportunidad a sí mismo de realizar la mejor labor de que es capaz en otro campo. A esta vocación hay que ponerle más amor y paciencia que ambición.

4
Nuestro futbolista lo tiene casi todo: técnica, fuerza, rapidez mental, temperamento y picardía. Pero le ocurre como a los estudiantes de memoria fácil. Es desaplicado, se distrae con facilidad. Ayudémosle a que sea organizado, que adquiera disciplina.

5
A nuestro jugador hay que convencerlo de su propia capacidad. Hay que guiarlo para que aproveche su inteligencia. Al final él descubre que era mucho más que lo él que creía que era. Como anota Luis Alfonso Marroquín: Muchas veces pedimos limosna porque no sabemos lo rico que somos.

6
Madurez: Cuando se trabaja con niños, debemos saber que no son “futbolistas”, sino niños que juegan al fútbol. Es importante mostrarles a los padres y los niños que la madurez tiene que ver con el manejo de las frustraciones. En nuestra cultura somos muy proclives a querer evitar que los niños sufran decepciones y que lloren. Pero, como pedagogos, debemos saber que es inevitable que se den estas situaciones tarde o temprano. Es la formación del carácter a través del juego: Perder, Ganar, Acertar, Fallar. Mantener principios, Adquirir conocimientos, No traicionarse ni traicionar una causa. Vivir en comunidad, Adquirir tolerancia, Solidaridad, Respeto. Y, especialmente, aprender que en la vida no todo es como uno quiere. Si logramos transmitir algunos de estos parámetros, habremos dado un paso importante, especialmente si también convencemos a los padres de familia que todo es por el bien del niño.

7
Ser Profesional: Profesional es aquél que se consagra a una labor, independientemente de si gana dinero o no. Es aquel que asume con responsabilidad su vocación, quien realiza, con sus actuaciones un aporte al desarrollo de su actividad; por lo tanto, tenemos que lograr que los niños que juegan al fútbol “Se profesionalicen” en el sentido del cumplimiento del deber, de su entrega a una disciplina que él mismo eligió y le gusta; que “pague” entonces el precio de poder hacer lo que más quiere aprendiendo día a día, mejorando en cada entrenamiento, perfeccionando sus condiciones, esforzándose para no abandonar la brega cuando haya momentos críticos.

8
Respeto profundamente al futbolista que se consagra como tal. Y tengo fe en él. Me gusta la gente segura de su vocación. La gente que es capaz de seguir adelante a pesar de que muchos le abandonen. Me gusta la gente que es capaz de elegir su realización personal en circunstancias en que la mayoría de las personas optan por echarse a llorar y abandonarlo todo. Me gusta la gente que no le teme al sacrificio.


agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Octubre 16 de 2007.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Feb. 2007.

EL ARTE DEL GANADOR


Por. Agustín Garizábalo Almarales



“Si vas a emprender el viaje hacia Itaca,
pide que tu camino sea largo,
rico en experiencias, en conocimiento”
- Costantin Cavafis

Que la Paciencia es el arte del ganador, han dicho algunos sabios de la historia. Pero la práctica contradice este principio, si de los jóvenes actuales se trata. Como nuestro tema base es el fútbol, hablemos hoy de ese terrible desespero de los aspirantes a futbolistas (y, por supuesto, del de sus padres).

Es que quizás el fútbol ahora resulta una actividad tan promocionada que se ve como algo demasiado fácil. Se llega a pensar que es suficiente con sólo tener un dinerito, un buen contacto, la famosa “palanca” que se dice, y bueno, ir a probarse. Todos sueñan con emprender ese gran viaje, que no es el de Eneas o el de Ulises, pero no exento de los mismos grandes peligros.

Pero, estimados amigos, está demostrado lo devastador que resulta atreverse al éxito sin la preparación adecuada, sin haber cumplido la cita con el yunque y la fragua. Chopin no sólo compuso hermosas melodías clásicas, también nos regaló esta joya:

“El espíritu humano debe fortificarse en la lucha. Toda dificultad
eludida será un fantasma que perturbará nuestro reposo”

De manera que el primer episodio de esta empresa tiene que ser el aprendizaje minucioso para enfrentar las dificultades; sin este antecedente, no hay ninguna garantía. Los muchachos quieren triunfar pero sin prepararse antes. Quieren el jugo de caña pero sin usar el trapiche. Veamos lo que nos comenta el ingeniero peruano Luís Baba Nakao, en su documento “Hijos Triunfadores”:

En este mundo actual lo determinante para triunfar será el CARÁCTER, no necesariamente el conocimiento, como muchos pudiéramos creer. Tener temple, salir de fracasos adecuadamente, hacer de los fracasos un desafío y no una tragedia... eso será lo que buscarán los seleccionadores de personal”

Si este concepto también es válido para el fútbol, ¿por qué entonces ese afán por una oportunidad para ir a mostrarse, cuando primero habría que armarse bien, moral y físicamente, para emprender con posibilidades esa lucha?

Son proverbiales las angustias de los padres empeñando un televisor aquí, prestándole al “cobradiario” alla, pelándose la cara con los familiares y amigos para hacer una recolecta como si fuesen a pagar la factura de una clínica, porque, claro, al pelao hay que apoyarlo y se le presenta ahora una oportunidad para viajar con otros diecinueve muchachos con un profesor que tiene unos contactos en Medellín, Cali y Bogotá y se van de correría. Por supuesto que viajan los que pongan la platica. No importa si algunos tienen seis meses que no entrenan, no importa si el pelao es suplente en su equipo de liga, no importa si nunca ha estado en una selección o en un torneo de alto nivel. Y todo esto termina hasta convertido en un chiste: la gente empieza a burlarse en las canchas de que viajaron veinte y regresaron veintidós, que aprovecharon y les embarcaron a dos que estaban por alla atollados, y se rumora, no se sabe con que intención, que al que le quedó un buen billetico fue al profe. Lo cierto es que de esas Odiseas son muy pocos los que finalmente terminan consolidándose en algún club de importancia.

Aclaremos: no estamos en contra de que algunos aprovechen la oportunidad de buscar nuevos horizontes en otras latitudes, ni más faltaba. Lo que no compartimos es la manera apresurada e irracional como pretende hacerse. No puede un muchachito, en muchos casos delicaducho y enjuto, pasar fugazmente por una selección departamental o mostrar algunas condiciones más o menos interesantes, cuando ya los dueños de su pase (léase: directivos del equipo y los padres) deciden que vale algunos millones y la salida mesiánica es mandarlo a un equipo del interior del país. Incluso, ya es una práctica común entre los dueños y técnicos de los equipos de fútbol aficionados, seducir a las nacientes figuras, haciendo alarde de sus contactos y amistades con magnates y empresarios estelares, y hasta de Italia hablan.

¿Qué ocurre entonces?... Los envían a una aventura no muy afortunada; llegan a otras ciudades sin ninguna previsión, siendo mal recibidos, desatendidos y, en otros casos, ignorados. Comen mal, duermen apiñados sobre el piso en pensiones de mala muerte o en fincas sombrías y plagadas de mosquitos, obligados a demostrar sus verdaderas condiciones futbolísticas en situaciones desventajosas, participando en varios partidos de prueba continua, exigiéndose al máximo, llegando al límite de lo soportable. Y a los pocos días, muchachos, muchas gracias. Regresan con sus ilusiones rotas, fastidiados y desmoralizados.

“Muchos son los llamados, pocos los escogidos” dice la Biblia. Algunos no vuelven a salir de sus casas o no van a entrenar por varios días. Y ojo, si uno se pone a mirar en los equipos más cercanos de la primera C, por ejemplo, se encuentra con una cantidad de muchachos que tienen muchas horas de viaje, porque han recorrido casi todo el país en esa incesante búsqueda, e incluso, hasta algunos países extranjeros, y todo para tener que comenzar de nuevo a la vuelta de su casa.

Es que llegamos a creer que todo aquél que pone un buen pase, hace un gol o un amague, ya debería ser futbolista profesional. Y para ello, como ya hemos dicho en otras notas, se requiere de mucho más; el problema es que ahora todos quieren: jugadores, padres de familia, dueños de equipos, empresarios. Ven codiciosos las bondades económicas, la fama, la inmortalidad. Probablemente por vender esta idea estamos frustrando a muchos jóvenes que podrían tener futuro en otros deportes o en otras actividades. Si no estamos seguros de que el joven está bien preparado o de que tiene condiciones excepcionales, no lo embarquemos en esa aventura estúpida donde puede terminar arruinada su capacidad para soñar.

Con frecuencia les digo a los jugadores a los que les hago seguimiento de veeduría:
No se afanen muchachos, hay un momento exacto en que el jugador puede mostrarse. Dejen la ansiedad, dejen las dudas. Cuando se entreguen a su labor diaria, cuando se concentren religiosamente en lo que tienen que hacer, seguramente se llevarán una agradable sorpresa…

Pero háganlo con la prisa que tiene la flor para abrirse. Háganlo con la lentitud extraordinaria del crecimiento de una espiga. Recordemos a Martin Luter King: “Da tu primer paso con fe, no es necesario que veas toda la escalera completa, sólo da el primer paso”
O este bello fragmento extraído de Cartas para un joven poeta, de Rilke:

“(…) no calcular, no contar, sino madurar como el árbol que no apremia su savia, mas permanece tranquilo y confiado bajo las tormentas de la primavera, sin temor a que tras ella tal vez nunca pueda llegar otro verano. A pesar de todo, el verano llega. Pero sólo para quienes sepan tener paciencia, y vivir con ánimo tan tranquilo, sereno, anchuroso, como si ante ellos se extendiera la eternidad. Esto lo aprendo yo cada día. Lo aprendo entre sufrimientos, a los que, por ello, quedo agradecido. ¡La paciencia lo es todo!”

Y entonces, ¿cuál es el desespero?


agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Febrero 26 de 2008.

PECADILLOS SUTILES



Por: Agustín Garizábalo Almarales

En el fútbol a veces pasa: De repente un joven, a todas luces un buen deportista, hijo de buena familia, que se sabe no acostumbra a trajinar por las noches, ni a exagerar en la mesa ni en el ocio, sino que, más bien, es de aquellos que se cuidan y son responsables, por lo menos es lo que uno cree y hasta pone la mano en el fuego por ellos, pero llega el día del partido y nadie entiende qué le pasa, hombre, el muchacho es un desastre, corre como si tuviera piernas de plomo, no atina a dar un buen pase, no le quita una pelota ni a la novia, deambula desconcertado en la cancha, tiembla como gelatina, se cae como hoja en otoño, no acierta, no aparece ni en el velorio de la mamá, y uno, que es el técnico, sufre angustiado pensando, carajo, qué fue lo que hice mal, a lo mejor me estoy excediendo con las exigencias físicas, o tal vez no, quién sabe, de pronto lo que le falta es más trabajo, vaya usted a saber. Lo cierto es que lo mata la duda cada vez que su pupilo se resbala cuando va por el balón o mira para el banco con una cara de desplazado, como pidiendo a gritos que lo cambien.


¿Qué es lo que ocurre en realidad? Bueno, sin descartar que eventualmente se presenten algunos fallos en el programa de entrenamiento, no es menos cierto que, a veces, los futbolistas jóvenes caen en una serie de prácticas y comportamientos, en apariencia inofensivos, pero que tiran al traste su preparación. Son pequeños deslices, pequeñas desavenencias, salidas del orden que parecen mínimas, pero contundentes a la hora de los balances, “Pecadillos sutiles” como dice un amigo cura.


Cualquier noche, por ejemplo, casi sobre las once y media, atacado por un poco de insomnio, entro a mi Mensenger y encuentro conectado a un niño que sé que tiene partido al día siguiente a las ocho de la mañana ¿qué hace despierto a esa hora? Le escribo para decírselo, especialmente por aquello de que la hormona del crecimiento se dispara durante el sueño, y se disculpa diciéndome que no se había dado cuenta de que era tan tarde. El chat siempre será tentador. De todos modos, mientras se despide de los amigos y amigas con las que chatea, se queda unos cuarenta minutos más conectado.


Algunos terminan su jornada de entrenamiento, casi a las seis de la tarde, y en vez de irse enseguida para sus casas a buscar la cena, se quedan pegados al chuzo de la esquina comiéndose una papa rellena, de esas fritas en mantecas saturadas y reutilizadas, y para pasar el atragante, una chicha de esas deliciosas pero trasnochadas.


Y si de manjares hablamos, vaya que no hay como una buena tira de butifarras, unas orejitas de cerdo o una trenza de chinchurria, cuando no una arepa rellena con trocitos de mollejas, rodajitas de chorizo y chicharroncitos crocantes y, por supuesto, la infaltable gaseosa; todo un lujo de merienda a eso de las nueve de la noche cuando el hambre aprieta y es hora de atosigar esas ansias de colesterol.


O al revés: por estar jugando a Play Station o distraídos hablando por celular, son hora y horas sin beber un sorbo de agua y sin probar bocado, lo que los lleva al límite de la deshidratación y eso que no hemos mencionado cuando les toca irse de largo del colegio para el entrenamiento y aunque resulta un sacrificio loable y aplaudido por todos (seguro que la única que no está de acuerdo es la mamá) tarde o temprano la debilidad se hará evidente hasta con un desmayo.


En ocasiones puede que se junten unos cuantos pecadillos: además de los ya expuestos, ocurre que la gallada del barrio, esa noche, pasa a buscar al pupilo para que los refuerce en un partido de fútbol cinco que se efectuará en una cancha sintética cercana; y éste, ni corto ni perezoso, se convierte en el alma del juego, en el héroe de la jornada, corriendo y metiendo, haciendo goles, mejor dicho, la figura del partido, porque a nadie le gusta perder, hermano, usted sabe, sin contar que, más tarde, a su regreso, ardiendo en su adolescencia, se mete en un cuarto ajeno y termina siendo cobijado por la muchacha de la casa que tiene la manía de consentirlo.


Lo cierto es que ese viernes, los profesores hacen sus acostumbradas rondas telefónicas y llaman a la casa del muchacho y bueno, es su mamá, pobrecilla, la que tiene que asumir el rol de secretaria celestina para decir que el pelao ni siquiera ha salido a la esquina y que esa noche, mire usted, ha estado tan juicioso y organizado que más parece una hermanita de la caridad. El pobre.


Y no es que el joven lo haga siempre con la mala intención de ignorar las normas. No. Es que a veces no lo sabe. Sencillamente piensa que no está haciendo nada malo, que su comportamiento es inocuo, inofensivo. Él cree, por ejemplo, que irse para la casa de un amigo a jugar buchácara o billar es estar tranquilo y concentrado, pero no se da cuenta de que en esos juegos, si se pusiera a contar las vueltas que da en cada atacada, podría estar caminando kilómetros inocentemente.


Y cuando están en una selección departamental o van con sus equipos a un torneo importante en otra ciudad, la diversión favorita es salir de shoping, es decir, recorrer emocionados los almacenes de ropa, música y zapatos deportivos para no comprar nada, sólo para cumplir con ese ritual de andar vitrineando o tomarse algunas fotos. Muchas veces los equipos visitantes pierden más porque sus jugadores están sin piernas por estas aventurillas faranduleras que por la calidad de los equipos locales.


De cualquier forma, toda acción irracional tiene sus consecuencias, enseña la sabiduría popular. Al final dichos deslices se reflejan en el rendimiento deportivo y ya de nada valen las lamentaciones, las angustias y las dudas. Son pequeños detalles que marcan la diferencia entre alcanzar un logro o fracasar en el intento. No ayudan para nada al aspirante y más bien van creándole una predisposición hacia el error y la fragilidad. Por algo, sobre el particular, Emily Dickinson, en 1886, nos hizo esta advertencia:

“Derrumbarse no es un acto de un instante
ni una pausa fundamental;
Los procesos de deterioro son decadencias organizadas.
Primero se forma en el alma una telaraña,
Una película de polvo, una avería en el eje,
Una herrumbre elemental.
La ruina es ceremoniosa,
un trabajo de mil demonios,
consecutivo y lento.
Ningún hombre se ha desplomado en un instante; resbalarse poco a poco es una ley de la caída”

agarizabalo@hotmail.com
Publicado en El Heraldo Deportivo, marzo 11 de 2008.

MOMENTO CRÍTICO


Por: Agustín Garizábalo Almarales

Con frecuencia alguien pregunta: ¿Oye, y qué pasó con aquél pelao que jugaba tan bien?... ¿Por qué todavía no ha llegado al fútbol profesional?... Generalmente suele ocurrir con jóvenes que sobresalen desde muy niños: el número diez del equipito del barrio, el goleador del torneo de la liga o un defensa central que se destaca por su elegancia, constituyen ese tinte de gracia que motiva a la fanaticada del fútbol aficionado a seguir con deleite cada partido los fines de semana. De repente el pupilo, el ídolo en cierne, es llamado a una selección departamental (¡Ni para qué decir Selección Colombia!) y he aquí que sufre una transformación: el chico empieza a ser popular, a gozar de ciertos privilegios, a recibir halagos; aparece en los diarios, concede entrevistas por la radio, sus goles los repiten en el canal regional, goza de ciertas prebendas en el colegio donde estudia, como permisos de todo tipo, evaluaciones especiales, exoneraciones, ayudas económicas y hasta homenajes, en una especie de dudosa idolatría que acabará por confundirlo si no se le prepara también en otras áreas de la vida.

De esto nos queda una analfabetismo disfrazado, un chico de pelo largo que sube en pantaloneta y camisilla a los buses, que ya no hace los mandados en la casa, que tiene varias noviecitas, que vive para el fútbol, que vive la ilusión de ser “futbolista”. Lo embriaga el “síndrome de la posibilidad”, es decir, la gente lo ve jugando y exclama: “¡Ese pelao tiene futuro!”. En casa lo apoyan hasta el colmo de que los padres y familiares no se pierden un partido donde juega el muchacho así haya que ir a la propia Conchinchina.

Pero pasa el tiempo. El joven cumple 20 años y se muere de ansiedad. Algunos de sus compañeros de juego aparecen ya en la nómina de los clubes profesionales y otros hasta sobresalen en la tabla de goleadores; unos ganan bien, otros, no mucho, pero ahí están, suenan. Pero… ¿y éste?... “¿Y yo?”-se pregunta-. Sus posibilidades son algo remotas: quizás una selección sub-21 para mostrarse y volver a tener vigencia o por ahí una primera B, o incluso, hasta una C.

Lo ve uno desesperado, quejándose de su mala suerte, esperando ansioso o buscando aquí y allá sin saber qué hacer. Sigue teniendo pinta de futbolista pero su carrera está en veremos. Aunque alguien le ha dicho que un empresario lo quiere llevar a Argentina, pero claro, le toca bajarse del bus con un billete largo. Continúa entrenándose, por supuesto, para no perder la costumbre pero ya empieza a alternar con muchachos que nunca llegaron o que ya están de regreso siempre a la caza de una nueva oportunidad. Un amigo periodista le consigue un contacto con otro periodista de otra ciudad que lo pondrá en contacto con un empresario que a su vez tiene un contacto con un directivo de un club profesional. ¡Nada, hermano! El dueño de su equipo le saca los pasajes y va a probarse a un modesto club de la B. ¡Tampoco, no juegue! Viene e intenta conseguir un empleo, lo que sea: nada más difícil. No sabe si ponerse a estudiar, quizás el Sena o computación…O de pronto por ahí un trabajito, así sea de mensajero.

Lo trágico es que como ya ha dejado de ser ídolo en su casa, su papá no lo soporta con su pinta de niño grande y lo presiona, que vaya a trabajar, carajo, que busque cualquier cosa. Este a su vez presiona al dueño del club, que le consiga algo o que le dé el pase, dice que tal equipo lo quiere, pero debe llevar el paz y salvo. Gratis, por supuesto. En medio de esa situación tensionante se toma sus cervezas a la vista de todo el mundo y la gente empieza a decir que se está echando a perder. De repente, y para colmo de males, la muchacha de la esquina, una flaquita ella, sale embarazada (¡Ay mi madre!); no es la oficial, pero habrá problemas. Entonces se detiene y se pregunta: ¿Y ahora qué?...

Ese es un gran momento crítico para un futbolista que no sabe qué camino tomar. Crisis significa punto de decisión; es llegar al cruce y no tener señales. Pero la vida exige avanzar irremediablemente, por lo tanto quedarse estático resulta fatal. A ver, ¿y qué hace ahora este muchacho? Pues tendrá que tomar otro rumbo, emprender una nueva carrera, empezar una nueva vida acaso. Sin embargo, algunos aplazan por años esa decisión; se resisten porque aún les queda un hálito de esperanza, un puede ser, tal vez, de pronto, quizás….

Lo grave es que el joven había apostado todo a una sola fracción y por eso termina triste, resentido, decepcionado, hablando mal de los técnicos, directivos, periodistas y de toda la fauna futbolera. Y como ya lo hemos dicho en otras notas (y lo diremos mil veces de nuevo), el futbolista debe acabar con aquello de que es estudiante o es futbolista. El ser deportista, no compite con una formación académica o técnica ni evita que se puedan asumir oficios de tradición familiar. El fútbol no puede tomarse como una carrera efectiva porque no tiene garantías y apenas viene a ser una alternativa seductora. El joven puede ser muy buen jugador, adquirir toda la experiencia exigida y hacer todo lo que el manual recomienda y sin embargo… Por ello, prepararse en otras áreas de la vida incluye una serie de opciones que permiten una mejor elección en un momento crítico como el aquí comentado.

Tal vez, por ejemplo, aquel señor que sube por las gradas sea también un futbolista frustrado, pero habrá ganado en otra franja de la vida, asistirá al estadio con boleta numerada, a lo mejor un auto lo espera en el parqueadero y seguramente podrá gritar los goles de su equipo amado con mucha más satisfacción.

Tuvo opciones….

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Enero 15 de 2008.

CONOCER EL JUEGO

Por: Agustín Garizábalo Almarales


Afirmar que la mayoría de nuestros futbolistas no conoce el juego que practica, puede resultar algo azaroso, o peor aún, ofensivo. Pero no se trata, de ningún modo, de sarcasmo sutil o vulgar. Es mejor entonces que sustentemos nuestra tesis:

El futbolista, en casi todos los países latinos, marcados por esa actitud individualista frente a la vida, producto del subdesarrollo cultural y económico de nuestros países, está todavía mentalizado para jugar por él y para él. Preocupado como está (y con razón) por salvar o mejorar su situación económica y la de su familia, no tiene tiempo ni energía para ver más allá de sus propios intereses individuales y entonces el “fútbol colectivo” se lo dejan a los técnicos.

El fútbol moderno, pese a todos sus detractores, ha mejorado. Se ha vuelto complejo, es cierto, pero ha mejorado en su concepción estética como juego de conjunto y nivel competitivo. Lo que implica asimilar una cultura futbolística para comprenderlo y disfrutarlo desde otra perspectiva. Es decir, se requiere conocer el juego.

Pero los futbolistas, para empezar por lo más elemental, ¿conocen el juego?...No, en su gran mayoría. Todavía el jugador está concentrado, más en su propia actuación particular, que suele ser casi instintiva, y deja de lado la comprensión del juego colectivo, que debe ser más analítica y racional. Y aún más, los jugadores se someten a los trabajos tácticos más con resabio que con agrado. No dominan los conceptos, y se aburren al intentar la más breve intelectualización. No les interesa. Su única preocupación en la cancha es lucirse con la pelota, pelear con los compañeros para que se la den, intentar el gol imposible, la jugada de fantasía, la finta espectacular, porque aquí es sálvese el que pueda, bobo el último, porque al final, aunque diga lo contrario en las entrevistas después de los partidos, usted sabe, “lo importante es el equipo, etc”, la única intención es marcar diferencia de manera individual para que de pronto algún empresario de esos que hacen magia con los videos le consiga una “palomita” al otro lado del charco.

¿Qué nos muestran entonces?... un fútbol por fracciones. Por parcelas. La resolución del compromiso llevada a su más mínima expresión: el uno contra uno. Es necesario, por tanto, que el futbolista se esfuerce por comprender el juego de una manera más amplia y conozca las bondades del juego colectivo, que no necesariamente opaca la brillantez individual. Porque, aunque muchos no lo entiendan, la complejidad de la táctica colectiva es la búsqueda de una simplificación eficaz del arte de atacar y defender, que es, en esencia, el fútbol.

Pero actualmente los jugadores casi ni hablan de fútbol entre ellos, tan ocupados como andan con sus celulares, sus reproductores de MP3, sus I Pood, sus interminables incursiones en el Chat, sus compromisos de farándula. O en el afán por mejorar su apariencia de divo. Los ve uno cuando van en el bus para los entrenamientos, cada quien por su lado, sus audífonos puestos escuchando no se sabe qué (imaginamos que la sospechosa música de siempre) o entretenidos en un juego del celular, pero nadie mira hacia su lado, nadie aprovecha, como antes se hacía, para comentar con el compañero sobre las jugadas fallidas o acertadas del partido anterior o las posibles contingencias del próximo encuentro. Definitivamente al fútbol actual le hace falta tanta oralidad, tanta comunicación, tanta interacción entre sus practicantes que a veces ni los nombres se conocen. “¡Oye, catorce, pónmela!”… se escucha con frecuencia en una cancha.

Además, habría que acabar con aquel mito de que los estudiosos del fútbol deben ser exclusivamente los técnicos. Los futbolistas, como verdaderos profesionales (y aquellos que aspiran a serlo) también deberían privilegiar algunos esfuerzos para el análisis y la investigación de la actividad que desarrollan. Ahora, ¿Cuándo un jugador se dedica a querer saber y preguntar? Pues cuando se retira y se le ocurre que puede ser entrenador. ¡Ah!, entonces sí, venga y explíqueme profe, ¿cómo es la cosa?, cuénteme, cómo hago, qué digo, qué leo, muy interesante, no sabía, qué bueno, ¡increíble!... Se ven tan asombrados y tímidos, a veces tan nerviosos y dubitativos que uno no puede menos que preguntarse: “Bueno, ¿y éste dónde estaba metido, ah?”

Encontramos, sin embargo, una resistencia a la actualización, no sólo en muchos futbolistas, sino en los técnicos, directivos, observadores y comunicadores. ¿Cuántos futbolistas activos asisten a un curso de fútbol?... ¿Cuántos leen un libro de táctica?... ¿Cuántos se interesan en preguntarle a su técnico?...

Es más fácil seguir con lo que se tiene y alzarse de hombros. Es más difícil analizar, investigar, descubrir posibilidades. Y el fútbol actual necesita de una actitud de cambio, desde adentro, desde su ente más importante: el futbolista. No sigamos diciendo entonces que los técnicos tienen la culpa de lo que no nos esforzamos siquiera por comprender.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Enero 29 de 2008.

ÍDOLOS DE BARRIO


Por: Agustín Garizábalo Almarales

Luís Alfonso Marroquín dijo alguna vez que el mejor jugador de Colombia se daba en la Costa Atlántica (Costa Caribe, decimos ahora). Lo decía por la consabida picardía, la potencia, el temperamento, la habilidad y la técnica de que gozan los futbolistas de esta región. Y suele ocurrir, cuando hemos tenido la oportunidad de estar en alguna ciudad del interior, que los entrenadores de esas regiones se deshacen en elogios al comentar sobre la calidad de nuestros futbolistas. Y que los jóvenes costeños son apetecidos por los cazadores de talento de los diferentes clubes profesionales, me consta. Pero, pese a todo ello, volvemos a la pregunta: ¿por qué aún son tan pocos los que sobresalen el fútbol de alta competencia?

Además de algunas razones que ya hemos explorado en otros apuntes, creemos que uno de los factores fundamentales para el descalabro de nuestros deportistas es su mentalidad Acomodada. Los futbolistas aficionados de la región Caribe padecen de una inconsistencia que hemos tipificado como Tropicalismo: esa manera tan desprevenida y jacarandosa de tomar la vida, pero llevada en este caso al límite de la irresponsabilidad. El “Tropicalismo” incluye una bacanería mal entendida, gozar y divertirse ante todo y, principalmente, esa alegría desmesurada por cualquier éxito que se obtenga.

Entonces el mínimo logro se convierte en celebración, se pierden de vista los objetivos de fondo y en la inmediatez de una piñata de elogios, el joven se deja seducir por los halagos del momento, el asedio de sus fans, la entrevista de contexto, la mención en el diario.

Se llega a creer que para ser futbolista sólo basta con jugar bien al fútbol. Se olvida que un verdadero profesional es aquel que se consagra, que se atreve, que asume con responsabilidad sus virtudes, quien realiza con sus actuaciones un aporte al desarrollo de su actividad. Pero, ¿qué vemos en muchos casos?... Muchachos que le temen al sacrificio, reyes de las excusas para no asistir a los entrenamientos, disculpas para no seguir corriendo y una actitud prepotente cuando logran aparecer como ídolos potenciales. Entonces hay que rendirles pleitesías: darles buenos equipajes, pagarles los transportes, las medicinas, el colegio, sus caprichos, porque de lo contrario el nene hace una pataleta y no juega.

A estas alturas el dueño del equipo teme perder su inversión y cede. Y he aquí donde se va configurando una especie de pseudo-profesionalismo. El joven se complace con su popularidad y con ciertas comodidades que recibe. Se siente importante. En una frase: se vuelve ídolo de barrio. Entonces, ¿para qué seguir corriendo con un entusiasmo de anónimo si ya todo el mundo lo admira, le brinda y le regala cosas?

Para él, por ejemplo, -y dicho en su propio lenguaje- un seleccionado departamental no es una Selección sino una “piña”. Los seleccionadores, según ellos, ya no escogen los mejores jugadores sino que “empiñan”. Ir a competir ya no es representar al departamento, sino “Chapearse” (lucirse, mostrarse). Piensan en los lindos buzos y sudaderas que lucirán, los maletines de marca, los viajes; y, claro, los medios de comunicación. Regresar luego a su barrio como un héroe y conquistar, por fin, con su nueva investidura, a la chica más bonita de la cuadra. Y de nuevo a celebrar. Todo sea por la jarana.

Creemos firmemente en la capacidad de nuestros futbolistas. Y hemos demostrado hasta la saciedad que estamos dispuestos a apostar por ello. Pero ya está bueno, jóvenes, de tanto “Tropicalismo” inútil, de tanta inconsistencia barata.

Sólo es preciso tener la voluntad de asumir la grandeza, de hacer ese otro poquito de esfuerzo que marque la diferencia, con un criterio cierto y definido, con un cambio de mentalidad y de actitud. Algo así como un acto de fe.

Porque es tan triste ver a un rico pidiendo limosna.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Diciembre 4 de 2007.


El FÚTBOL RECREATIVO

Por: Agustín Garizábalo Almarales


Hemos planteado, en anteriores notas periodísticas, la necesidad que tienen las ligas de fútbol de la región de organizar unos torneos más competitivos, reduciendo el número d equipos – lo que sin duda aglutinaría los talentos – utilizando las mejores canchas, creando las condiciones propicias para que nuestros jugadores alcancen un verdadero desarrollo como atletas de rendimiento. Todo esto resulta válido cuando se trata de retomar el protagonismo en los torneos nacionales, cuando la intención es alcanzar ese nivel que le permita a nuestros talentos competir con éxito.

Pero no podemos soslayar el significado que tiene el fútbol como actividad recreativa para muchos otros niños, jóvenes y adultos que a diario practican esta disciplina. Desde luego, habrá que desarrollar los mecanismos necesarios para crear los espacios requeridos y de una vez reivindicar esta forma de interacción social.

En el fútbol profesional, por ejemplo, se desdeña con frecuencia, y a veces hasta de forma descarada, el componente lúdico que posee todo deporte. La alegría, el divertimento, el placer por el juego dentro de la cancha, han quedado relegados a un segundo plano. Y es entendible por todos los intereses que allí se manejan. Lo curioso del caso es que esta idea, por extensión, se ha institucionalizado en los demás estamentos futbolísticos y en mayor o menor escala los niveles de competencia, tensión y ansiedad son similares.

El fútbol aficionado también se ha convertido, desde el punto de vista de la agonística del juego, es una especie de pseudo-profesionalismo, lo que motiva una incesante presión de los fanáticos, técnicos, padres de familia, directivos y hasta de los propios jugadores, exigiendo cada vez un mejor rendimiento a los noveles futbolistas. Es frecuente observar, en las canchas abiertas, cómo el fútbol se aleja de esa otra función tan necesaria en nuestra sociedad como es la Recreación, el juego por el juego mismo.

Aún en las propias categorías infantiles lo único importante es Ganar, tener “el mejor equipo”. Por eso aquél gordito permanece irremediablemente brillando la banca partido tras partido, esperando apenas una brevísima oportunidad sobre los últimos minutos, y cuando el equipo va ganando, aprovechada sólo para que las bromas y las burlas de los fanáticos y observadores se hagan sentir. Están también esos niños que apenas empiezan a conocer las reglas y los fundamentos del juego y por lo tanto no son tenidos en cuenta por su falta de pericia, perdiendo quizás la oportunidad de mostrar sus posibles talentos. Y si el otro niño, aquel flaquito con cara de intelectual, no muestra muchas condiciones, entonces “que se dedique a criar pollo”, así le dicen.

Y en aquél fútbol llamado de “Rodillones”, la situación no es menos dramática. En el barrio arman un “recogido” para que jueguen los vecinos y de un momento a otro alguien decide que hay que “reforzar” el equipo, qué vergüenza. Entonces empieza un desfile de jugadores veteranos, archiconocidos, o exjugadores profesionales, de tal manera que los fundadores del equipo terminan marginados, convertidos a veces en entusiastas directivos o pagando las canastas de cervezas después de los partidos. “Lo importante es que el equipo sea campeón”, dicen.

El fútbol empresarial también ha caído en esa subasta de estrellas (Un jugador veterano, por el hecho de ser muy buen jugador, se da el lujo de jugar en varios equipos durante un fin de semana y recibe dinero por ello). Igual ocurre en los torneos intercolegiales y ni hablar del fútbol juvenil o de primera de la Liga, donde el nivel de competencia es alto, dado que los allí participantes se creen casi todos ellos unos profesionales en potencia.

El fútbol se ha convertido en un deporte muy exigente y competitivo en todos sus estamentos, de tal forma que sólo los especialistas y aquellos de reconocidas condiciones pueden jugarlo. Los demás, como aquél chico, por ejemplo, que simplemente desea participar y divertirse, tienen pocas posibilidades; a no ser que sea el dueño del balón o se resigne a coger el arco.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Noviembre 27 de 2007.