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martes, 26 de agosto de 2008

COMO BUENOS ALIADOS

Por: Agustín Garizábalo Almarales

“El deportista que no cuenta con el apoyo de sus padres, está incompleto”
-
Manual de béisbol.

Antes era fácil decirles a los padres de familia que no se metieran. Que lo digan los entrenadores de vieja data que prácticamente dirigían sin ningún tipo de presión en ese aspecto, porque eran muy pocos los padres que acompañaban a sus hijos; de hecho, en muchos casos ni les interesaba el fútbol. Sus deberes como progenitores se ceñían a darles techo, comida y algo de educación escolar, cuando no se los llevaban a su taller para enseñarles el oficio tradicional de la familia. El deporte era casi una excentricidad. A la cancha sólo asistían unos cuantos, a los que realmente les gustaba el fútbol.

Ahora, en cambio, son muchos los que quieren intervenir en la construcción y formación de su hijo deportista. Ya no se conforman con aquel papel pasivo de sólo ir a observar. Hoy preguntan, se meten, cuestionan, quieren participar, saberlo todo, investigar, y están más enterados a veces que hasta los propios técnicos ¿Es este comportamiento benéfico o nocivo para el proceso deportivo del muchacho? ¿Por qué hoy, en los equipos de fútbol, suele haber tanto problema con los padres de familia?

Es cierto que el fútbol aficionado se está administrando todavía con excesiva informalidad, que las reglas de juego no son muy claras, que cualquiera se apropia de la responsabilidad de decidir por otro. Y además, es cierto que hay algunos papás que se vuelven cansones, intensos, paranoicos, insoportables y quieren mezclarse hasta en las sopas. (“Pero cómo no meterme – me decía uno- si estamos hablando es de mi hijo, por Dios”)

Quizás a nosotros, los entrenadores, también nos ha faltado un poco de reconocimiento hacia ese personaje, que ha cobrado importancia porque, precisamente, ha asumido responsabilidades pedagógicas. No lo aceptamos como un posible interlocutor válido, sino que lo descartamos olímpicamente, desconociendo el grado de influencia que pueda tener sobre su hijo deportista. Y obviamos su derecho auténtico de querer participar en la educación de su muchacho. En una época en que se están utilizando conceptos como la Integralidad y la Formación Dual, conviene bajar las astas y apuntar hacia una participación concertada, porque, al final, lo esencial es que el joven reciba el mismo influjo de valores y percepciones tanto en su casa como en el equipo de fútbol.

Se quejan algunos padres, a veces con razón, de que sólo los llaman cuando el club necesita dinero, cuando hay que vender boletas para rifas o eventos con el ánimo de recolectar fondos, que muchas veces, después, no se sabe ni cómo fueron invertidos, quedando siempre una estela de duda en el ambiente. De lo contrario son un cero a la izquierda. No se les tiene en cuenta para más nada: a su hijo lo manejan de una manera que él no entiende, no lo ponen a jugar de titular, o lo sacan cuando está jugando mejor, según su opinión o la de otros padres que llegan a echar carbón.

Y nosotros, siempre nos quejamos del comportamiento pendenciero de los padres, pero nunca les ofrecemos nada. Tendríamos que comenzar por organizar una capacitación permanente para estos señores. Queremos que respondan de una manera conveniente para todos, pero no los educamos. Más bien los ignoramos. Craso error. Esta figura se nos puede convertir entonces en una verdadera piedra en el zapato y si no le prestamos la suficiente atención, no tardará en aliarse con otros disidentes para armar un sindicato, creando así conflictos internos de consecuencias catastróficas. Son varios los equipos de fútbol que se han desintegrado por la desbandada creada por algunos padres inconformes que empezaron por minar las bases organizativas, apelando a ciertas solidaridades perniciosas, tan confusas en estos casos.

Es necesario entonces establecer protocolos claros y rigurosos. El problema fundamental sigue siendo de comunicación. ¿Que un padre tiene algo que decir? Claro, que lo diga, pero en su momento y lugar determinados. Deben crearse esos espacios para que la gente pueda expresarse, donde sea informada sobre ciertos detalles precisos, y por supuesto, desde el principio, socializar los límites impuestos sobre lo que puede ser considerado como un cuestionamiento válido y lo que no. “Mire señor, entiendo que ahora está molesto porque su hijo no jugó, pero con mucho gusto lo atiendo el día martes por la tarde y hablamos del asunto”, podría ser una propuesta tipo para cuando aparezca alguna inconformidad.

Además, especialmente con ellos, conviene ser proactivos, es decir, adquirir la capacidad para anticiparnos a las situaciones de conflictos y poder visualizar las posibles soluciones ¿Se acerca un torneo importante? Pues, hay que reunir a los padres y dejar los puntos bien claritos: Cómo va a ser el manejo del grupo de jugadores durante la competencia. Porque, si se apunta a ganar, entonces habrá que mantener un equipo altamente competitivo en la cancha y sólo se realizarán los cambios obligados, pero, si se va a participar para hacer evaluaciones individuales y colectivas sin importar el resultado, entonces todos los muchachos deben jugar.

Transformar una debilidad en fortaleza: Si sospechamos que van a presentarse situaciones críticas por las exigencias propias del torneo, entonces es bueno hacer simulacros de cómo se actuaría en el evento de que se vaya perdiendo o toque enfrentar algún conflicto; procesar de manera imaginaria sucesos extremos (especialmente con los árbitros), donde se puedan cotejar actitudes reflexivas y comportamientos violentos; o, por lo menos, que se organicen ciertos valores humanos como propósitos colectivos, es decir, desarrollar una manera de hacer y de ser institucional: En el tema de la Tolerancia, por ejemplo, delegando en los más agresivos, mire usted, la responsabilidad de controlar posibles desmanes; cómo da resultado aquello de “Entregarles las llaves al ladrón”, cómo se logran cambios dramáticos y significativos cuando una persona se ve obligada a tener que vigilar ciertas manifestaciones de otros, donde ella, precisamente, tiene antecedentes de extralimitación en esa área.

Constituir brigadas de padres para actividades puntuales, como el apoyo escolar a algunos futbolistas. Organizar con ellos charlas con profesionales de la salud, en especial médicos, psicólogos y nutricionistas, donde se valoren las relaciones con sus hijos niños y adolescentes. Ponerles tareas, que investiguen temas relacionados con las bases del torneo, reglas de juego, historia del fútbol, etc… Como me dijo un amigo entrenador: “a la gente que jode, hay que ponerla a trabajar”.

Pero, eso sí, tiene que haber coherencia entre lo predicado y lo practicado. No puede ser que estemos exigiendo ciertas actitudes éticas y seamos nosotros los primeros en quebrantarlas. Por ejemplo, no se debe incluir en el equipo a un niño que sabemos que no va a jugar durante el torneo, por el simple hecho de que el papá apoye económicamente al club o vaya a adoptar a un niño visitante, como se acostumbra por esta región. Es mejor ser sinceros con ellos y plantearles la posibilidad de que colaboren, pero sin el compromiso expreso de que el niño estará participando del juego. Si no les parece, es mejor que digan que no de inmediato; esto es preferible a crear falsas expectativas y después atender reclamos y caras amargas.

Por eso es importante tener claro en qué etapa del proceso se encuentra el grupo de infantes. Creo que es necesario instituir unas categorías Formativas-Recreativas y otras Competitivas. Cada ciclo tendrá sus normas y sus objetivos bien definidos que habrá que cumplir. Si el asunto es formativo-recreativo no puede quedarse ningún niño sin jugar. Pero, si se habla de competencia, se estará apuntando al resultado, luego, el manejo lo determinará la exigencia del evento.

Soy un convencido de que hay mucha gente deseosa de recibir orientación en la empresa de educar a sus hijos, pero a los profesores nos ha faltado más esfuerzo para capacitar a los padres. Ser pedagogos significa tener fe en que los demás pueden mejorar. Si no tenemos esta convicción es mejor que nos dediquemos a otra cosa. Se trata de transformar almas, de educar sentimientos. Tenemos que apostarle al cambio de actitud basados en una orientación paciente, buscando la modificación de las conductas nocivas a través del afecto, contando para ello con todos los elementos del entorno del niño o el joven, incluyendo, por supuesto, y especialmente, a sus papás.

Entonces, más que aceptarnos mutuamente como un simple mal necesario o mirarnos con dramáticas prevenciones, podríamos convertirnos en grandes y buenos aliados, cuando, padres y entrenadores, nos pongamos de acuerdo en lo fundamental y empecemos por mirar para el mismo lado del triángulo.


Si desea hacer un comentario o enviar alguna sugerencia escriba a agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo el 19 de Agosto de 2008.




miércoles, 2 de julio de 2008

FÚTBOL PARA MENORES DE 7 AÑOS

Por: Agustín Garizábalo Almarales


“Lo más terrible se aprende enseguida
y lo hermoso nos cuesta la vida”
-Silvio Rodríguez (Canción del elegido)


Me abordan a veces unos padres muy jóvenes que quieren hablarme de su hijito de cinco años. Algunos son hasta exalumnos míos que muestran su entusiasmo con una cara iluminada de padres recién estrenados. Vienen y me hablan así: “Hola, profe, le tenemos un pupilo”. Y me presentan al chico y me dicen que nació con el balón debajo del brazo, que patea muy duro, si usted lo viera, que es el próximo Cristiano Ronaldo y que jugará en el Real Madrid. Claro, en ese fabulario del fútbol aficionado uno sabe que lo dicen medio en broma, medio en serio. Y, después, algo que casi nunca falla: “¿qué nos aconseja, profe?”

¿Qué le puedo decir yo a la ilusión en pasta? Complicado. Pero venga y hacemos un ensayo: Con esa edad es mejor que no juegue al fútbol, les digo. “¿Cómo así?” –se espantan-. Es que creo que a los niños los están sometiendo a la competencia demasiado pronto. A un niño menor de 5 años, por ejemplo, habría que dejarlo que se divierta en forma de juegos continuos, dejándolo que corra, salte, juegue en el parque, goce en los columpios y empiece a tener una relación personal con el balón de fútbol, si es el deporte hacia el cual el padre quiere orientarlo. Porque por sus procesos naturales de crecimiento, en esas edades tempranas, no se concentran en una única actividad, luego, sería improcedente forzarlo a la práctica específica de un deporte.

Muy linda son las postales del padre, actuando de arquero malo, mientras juega con su hijito en el parque. El papá también le va enseñando a su pequeño a competir y permite que siendo un bebecito termine de tomarse las sopas primero que él para que le diga: “Papi, ¡te gané!” Esa es la vida.

Pero es fundamental, en esas edades, que el chico tenga la oportunidad de involucrarse él solo con el balón, de sentirlo palpitar, de tenerlo, de saberlo suyo. Un momento mágico que quizás nunca más pueda vivirlo. Entregarse al golpeteo de la pelota sobre la pared, empezar a conocer los artificios de esa esférica que rebota y siempre se escapa y hace desastres, aprender el dominio del cuerpo y de la mente, porque, finalmente, en esa relación unipersonal con la pelota lo que se busca es alcanzar la potestad sobre sí mismo.

No obstante, pese a la pasión que pueda despertar este deporte desde la más tierna infancia, no se puede ignorar que, visto desde el alma de un niño pequeño, quizás el fútbol puede resultar un deporte intimidante. Tener que confrontarse con otros chicos, con frecuencia más altos o más fuertes, tener que correr, caerse, estrellarse, orientarse, y para colmos tratar de conseguir una pelota cada vez más esquiva, sin mencionar que cuando le llega lo que recibe es un golpe en la cara, y ¡Ay! mamita mía, carita raspada, sana, sana, colita de rana.

Si nos fijamos bien, cuando los pequeñuelos van a jugar sus primeros partidos los vemos salir a la cancha con sus ojitos despernancados del físico pánico, porque instintivamente presienten que regresan al paleolítico. Es otra vez el eslabón perdido deambulando en la tundra con un cuchillo de piedra en sus manos; es de nuevo el gladiador que ha sido lanzado a la arena y escucha con terror el rugir de los leones. Están asustados esos niños pero lo disimulan porque no quieren decepcionar a sus padres. En esas canchas grandísimas y jugando once contra once, al final sólo se destacan unos pocos; algunos ni tocan el balón: corren como locos detrás de un confite, pero casi nunca lo alcanzan, y mientras sufren esa frustración son avivados y presionados por los padres que desde afuera corren más que ellos, los pobres, y quizás hasta terminan más cansados.

A estos padres les sugiero, ya que estamos de acuerdo en que el niño primero tiene que resolver un serio problema de coordinación sensorespacial consigo mismo, que su hijo le dedique las horas necesarias al dominio del balón (ya casi nadie juega a las pinolitas o a las veintiunas) pero sería bueno que, además, alterne ese ejercicio con otros deportes bases como la natación y el atletismo. Eso le va a garantizar una formación más integral y armónica, de hecho crecerá más parejito en su musculatura. Cuando sólo se dedican al fútbol, desde la más temprana edad, con frecuencia nos encontramos con muchachitos con sus piernas bien formaditas pero el resto del cuerpo descompensado.

Además, gozan de una ventaja adicional: no tienen que competir contra otros, sino con otros. Porque en el atletismo y la natación, no hay contactos directos con los compañeros de juego, cada quién va por su carril, y en realidad, lo que hace cada uno es tratar de superar su propia marca y de paso ganarle a sus oponentes. Vaya y pregúntele, en cambio, a un niño que ha sido atropellado por un mastodonte o que ha sido golpeado con el balón si quiere seguir jugando fútbol.

Poco a poco sin embargo, es bueno que a medida que el infante crece y domine algunas técnicas del fútbol, vaya participando en juegos menores de dos contra dos, tres contra tres, hasta cinco contra cinco. Y en esa progresión aritmética se vaya acercando al número reglamentario. Pero en nuestro medio todavía resulta por demás complicado convencer a los adultos que permitan que sus hijos jueguen en canchas pequeñas y con grupos reducidos. Porque como los papás lo que pretenden es complacer a sus hijos, y los pelaítos, por esa propensión natural de querer imitar a sus grandes ídolos, lo que anhelan es jugar en el Santiago Bernabeu, con balón sintético y con guayos de seis taches, pues, entonces no hay caso, nadie puede persuadirlos ¡Qué problema, señores!

Al final, terminamos viendo lo mismo: unos muchachitos atravesando el desierto del Sahara durante el partido, apurados para llegar al otro marco y entonces afuera no queda otra que ponerse a pelear con los padres y los técnicos del otro equipo porque siempre meten a un pelao grandote, del que se asegura que está pasado de edad y al que todo el mundo le grita “¡abuelo!”, pero es el que finalmente hace los goles y es al único que terminan llamando a la selección. ¡Qué rabia!

Esto es, amigos padres de familia, lo que por ahora puedo decirles cuando me planteen interrogantes como esos.

Publicado en El Heraldo Deportivo el 17de Junio de 2008



viernes, 30 de mayo de 2008

NO PROMETÍ UN JARDÍN DE ROSAS

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Vinieron a visitarme al hotel porque yo le había preguntado en la cancha algunos datos a su niño. En los pueblos cuando uno llega a ver jugadores la noticia corre como pólvora encendida. Esta pareja de esposos que tengo aquí en frente mío no cabe de la dicha y con ojos cargados de ilusión quieren saber cómo es la cosa. Indagan, sonríen, tratan de mostrar sus mejores caras. Su niño va a cumplir apenas diez años, esta mañana hizo un par de goles y fue la figura de la cancha. Fui y le pregunté al entrenador cierta información necesaria siguiendo el procedimiento propio de esta labor y el profe me presentó al chico que emocionado le comentó a sus padres. Lamentablemente tuve que decirles que no podía prometerles nada. Que esto apenas era el inicio de una larga carrera, que requería de mucho sacrificio y paciencia, que implicaba asumir ciertas conductas, que podía ser una posibilidad, pero que no había garantías. De todos modos esta pareja se va encandilada, pensando que su hijito va a ser jugador profesional.

Pero también me he topado con otros ojos. Ojos tristes y llenos de resentimiento, cuando, por ejemplo, es otro muchacho el escogido y no precisamente el niño de esos ojos.

Yo siempre que puedo aprovecho y lo dejo claro: Lo único que puedo prometer es que trataré de estar allí, acompañándolos en sus ilusiones, mirándolos en las competencias, asesorándolos en el camino. Pero no estoy obligado a más nada. Hay gente que ha terminado molesta conmigo porque cree que si son mis amigos y me atienden bien, ya tienen asegurado que su hijo recibirá una oportunidad. Digo que eso depende de ellos, de los futbolistas: hay un momento en que el jugador muestra un plus en su rendimiento, marca diferencia, y él mismo dice con su actuación: “bueno, profe, ya estoy listo”. Siempre hay un momento mágico cuando el chico da la señal. El jugador tiene que brillar con luz propia.

Les hacemos seguimiento, por grupos de edades, a varios jóvenes de manera simultánea; algunos pintan bien pero después se van quedando, quizás su talento llegaba hasta ese nivel; otros llevan un rendimiento irregular: por momentos aparecen y son figuras, y por temporadas desaparecen del mapa y nadie sabe ni por dónde andan. Hay épocas áridas en las que veo muchos partidos de fútbol pero no encuentro a nadie que brille. Son veintidós pelaos corriendo, metiendo, discutiendo, intentando, pero no hay campanitas que anuncien una linda jugada. Y después se acerca más de un adulto a preguntarme: “Profe, ¿y cómo vio al pupilo?”

También digo que cada quién tiene que emprender su propia lucha. Yo tengo la mía: como veedor mi mayor patrimonio es la credibilidad. Y debo tener mucho cuidado; de hecho, tengo que estar muy convencido, debo investigar bien, conocer suficientemente al joven que voy a enviar. Pero no puedo recomendar a alguien sólo porque tenga una relación familiar o de amistad conmigo. De hecho, creo que mi mayor fortaleza es que me mantengo afuera. Con los jugadores llevo una relación cordial y afectiva y los acompaño hasta cuando son profesionales pero siempre soy profesor, casi nunca amigo personal.

El coreógrafo colombiano Álvaro Restrepo anotó al respecto, refiriéndose al arte, y perfectamente se puede aplicar a lo nuestro:

“Hacemos énfasis en la calidad. Si la calidad no es el propósito podemos caer en la Caridad. Y cuando el arte se vuelve caridad se llega a la mediocridad. Es preferible enseñarles a los niños a hacer traperos o ser agricultores, que engañarlos con el arte. Porque el arte es o no es”.

Porque el fútbol es o no es, decimos nosotros.

Además, ya entrado en gastos voy a decirlo: yo no represento jugadores, sólo soy un simple intermediario, un asesor, un puente entre un club profesional y los jugadores aficionados, por eso deliberadamente evito involucrarme afectiva o económicamente con los posibles elegidos. Al único que en realidad me interesa “vender”, en el sentido estricto del término, es a mí mismo, mi trabajo serio y constante, para seguir gozando de ese privilegio invaluable de tener una voz propia que pueda ser escuchada.

Por eso les digo a los jugadores que recomiendo que no me den nada, pero que no me hagan quedar mal. Yo no aspiro a una camiseta ni a un dinero por debajo de cuerda, ellos sabrán cómo expresar su gratitud de una manera lícita y prudente, si es que lo consideran pertinente, claro está, porque tampoco es que estén obligados formalmente a corresponder con nada, quizás puedan hacerlo más como un gesto moral, de esos que se suelen hacer cuando se alcanza algún logro y nos parece lógico que los que contribuyeron reciban algún presente.

Pero aquellos que llevan mi recomendación, los que adquieren mi sello y mi respaldo después de un concienzudo seguimiento, deben entender que su comportamiento y esfuerzo tienen que ser impecables, porque no sólo están exponiendo su propio pellejo, si no el de todo el grupo. No ve que cuando alguno de ellos falla no se acostumbra a hablar con nombre propio, si no que, más bien, se generaliza con la famosa fracesita: “costeño tenía que ser”.

Por lo mismo les pido que sean aliados, que sean rigurosos unos con otros, que no se dejen estigmatizar, que se cuiden y protejan mutuamente, que le reclamen y le exijan al que se esté descuidando. En ese sentido soy muy celoso y quiero que cada uno de ellos lo sea, especialmente ahora que hemos recuperado un sitial de estima en el concierto nacional como elementos serios y dignos de confianza en el fútbol ¿cómo así que el costeño es flojo y desordenado? Esa es la imagen que hemos ido cambiando, porque, voy decirlo sin reticencias, no me puedo quejar de los jugadores que he apoyado hasta el momento porque me han hecho quedar muy bien.

Lamentablemente no todos logran alcanzar los niveles de exigencia deportiva y a algunos los han devuelto, no por indisciplina ni por falta de adaptación, si no tal vez porque no estuvo en buen nivel o se encontró con otro aspirante con mejor rendimiento. O, también ocurre, sencillamente al profesor le pareció “normalito”, como ellos dicen. Y claro, como el jugador de afuera tiene que estar muy por encima del nivel estándar, cosa que justifique la inversión que el club hará en su manutención y estadía, estudio y demás, pues, naturalmente, “despachan” al muchacho como dicen en el Valle del Cauca.

¿Y qué ocurre entonces? El jugador viene diciendo que el profesor lo tenía en “la mala”, los papás cogen rabia, hablan de todo el mundo, se sienten perseguidos y se molestan conmigo porque dizque yo no hice nada. ¡Cómo no! Que más quisiera yo que todos se quedaran. Bueno, pero si este chico estuvo más de un año por allá, les digo, y tuvo su oportunidad por recomendación mía, con gastos pagos y todo, si las cosas no se dieron ya no dependía de mí, son tantos factores que influyen en esa decisión que en ocasiones ni yo mismo entiendo muy bien por qué lo están devolviendo.

Se podrá alegar que a veces se cometen injusticias con los muchachos porque se aplican algunas variables no futbolísticas que pueden ser significativas al momento de una valoración. Pero, lamentablemente, son las leyes tácitas del fútbol, siendo, como es, una actividad donde la subjetividad de los que eligen es tan importante y definitiva.

Si desea hacer un comentario o enviar alguna sugerencia escriba a agarizabalo@hotmail.com

Publicado en el Heraldo Deportivo - Abril 22 de 2008.

sábado, 29 de marzo de 2008

EL APOYO DE LOS PADRES

Por: Agustín Garizábalo Almarales

En el fútbol aficionado se ha vuelto un lugar común ver cómo algunos padres de familia tratan de hacerse los protagonistas durante los partidos asumiendo el papel de entrenadores, peleando con los árbitros, reclamándole al profesor de su hijo por qué no hizo tal o cuál cambio delante de todo el mundo, para luego invitarlo al consabido derroche de cervezas en los quioscos aledaños a las canchas hasta altas horas de la noche.

Y ya que son estos padres los que más se hacen notar, se ha creado en el fabulario deportivo la idea de que son unos tipos “duros” y generosos, el vivo ejemplo a seguir, y se ha impuesto el paradigma de que esa es la manera más efectiva de ayudar a los hijos.

Pero, ¿Cuál podría ser un aporte realmente significativo del padre de familiar en la formación deportiva de su hijo? De acuerdo con nuestra experiencia, creemos que hay aspectos muy puntuales en los cuales la vigilancia de los padres es vital:

1)-en la alimentación del niño: cuidar que sea balanceada y sana y que sea a tiempo (no son pocos los que castigan a sus hijos horas y horas en una cancha mientras ellos departen con sus amigos);

2)-en los hábitos de hidratación. Especialmente en zonas como nuestra costa Atlántica, se debe cuidar que el niño consuma por lo menos 8 vasos de agua diarios. Además, que evite el consumo de cafeína y gaseosas, las cuales, por sus propiedades diuréticas, estimulan la deshidratación.

2)-en el descanso adecuado: que duerma en un colchón cómodo y una habitación limpia con buena ventilación y sin ruidos de televisión u otros aparatos; es sabido, por ejemplo, que si el niño tiene el computador en su cuarto no son pocos los que se levantan en la madrugada a darle teclas. Y por supuesto, que se acueste temprano y duerma mínimo ocho horas (no olvide que durante el sueño se dispara la hormona del crecimiento);

3)-en la higiene del cuerpo: que sea impecable. Dicha cultura debe convertirse en un hábito. Orientarlo sobre la presentación personal y el manejo de su imagen. Y, por supuesto, la higiene mental: Cómo maneja su tiempo libre y cómo son sus relaciones con el resto de la familia. Esto es muy importante, porque desarrollarse un ambiente relajado y sin mayores conflictos siempre será un excelente caldo de cultivo para un deportista en cierne. Verifique, además, el círculo de sus amistades.

4)-en el apoyo en el estudio: No sólo se debe estar atento al deporte, nadie sabe si este chico finalmente terminará siendo futbolista. También es fundamental la formación académica, que conozca otro idioma, que explore opciones profesionales, que se documente sobre el manejo del dinero y la popularidad. Con este conocimiento no se nace, es necesario adquirirlo.

5)-en un inteligente respaldo anímico. No son pocos los padres que desmotivan a los hijos resaltándoles sólo los errores, presionándolos, llenándolos de angustias, exigiéndoles perfección en sus lances. Cómo resulta valioso para un muchacho esa voz de aliento, ese soporte moral, muchas veces sin necesidad de decir nada, pero mostrando tranquilidad y confianza en el semblante, ese simple estar ahí que ya es tanto.

6)- y, por supuesto, que se le garantice al niño la posibilidad de desarrollar un entrenamiento serio y sistemático, que se escoja un club organizado con profesores capacitados y pacientes, que el niño posea la implementación adecuada, que tenga su seguridad social (EPS o Sisben) y que no tenga problemas para transportase hacia las canchas o para sus refrigerios.

De hecho, son tantos los asuntos donde los padres podrían intervenir en forma pertinente, que nos parece lamentable el desgaste de energía que hacen en temas que no les corresponden. Definitivamente aportarían más si ejercieran a cabalidad su papel de padres, en una actitud vigilante y afectuosa, buscando siempre capacitarse en los temas arriba mencionados, sirviendo de apoyo y no de estorbo, asimilando la actividad deportiva como un complemento para la formación integral de su hijo. Y, por supuesto, evaluando, porque si no les parece que sea el club ideal para sus hijos pueden buscar otras opciones.

Lo increíble es que todavía se le siga dando crédito a una caterva de padres agresivos y belicosos, que son, si nos fijamos bien, realmente muy pocos, cuando hay muchos padres que apoyan correctamente a sus hijos, sustentados en la paciencia y la decencia cultivadas desde el mismo núcleo familiar.


agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Octubre 23 de 2007.
Publicado en la Revista del Deportivo Cali, Marzo de 2007.


CARTA A NUESTRO HIJO

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Amado hijo:

Queremos que sepas que no llegaste por un accidente. Que tu traída fue planeada. Que al principio, después del matrimonio, con tu madre decidimos que esperaríamos unos dos o tres años mientras nos organizábamos económicamente para dar ese paso tan trascendental: traer un hijo a nuestras vidas.

Un hijo hermoso como fuiste desde el primer momento, como habíamos anhelado. Y todos los días le agradecemos a Dios por habernos premiado con tu compañía, con tu sonrisa y con tus ocurrencias. Porque, mientras estudiamos y escogemos la manera de orientarte por el mejor camino, nosotros también hemos tenido la valiosa oportunidad de crecer a diario.

Pero queremos que sepas también, hijo, que desde nuestra perspectiva de padres es muy difícil para nosotros ser objetivos, mira si nos cuesta. En ese afán por quererte más, se presentan situaciones y momentos donde nos toca discutir qué es lo más conveniente aunque no siempre lo ideal. Tan sólo porque no nos gusta verte llorar, no nos gusta verte sufrir.

¿Tú crees que es nuestra intención darte lata cuando insistimos en que hagas o dejes de hacer ciertas cosas? No, hijo. Nos ha tocado tragarnos muchos sapos, nos ha tocado contenernos para no ayudarte, para no hacer muchas tareas por ti. Eso sería lo fácil. Al final, y eso lo hemos aprendido en los talleres de orientación familiar, lo que queremos es que tomes tu propia vida en tus manos, que aprendas a decidir por ti mismo, que formes día a día tu carácter. No importa que estés así de chiquito. Sabemos que la única forma de que lo asumas algún día es dándote la oportunidad de que lo hagas. Que ensayes, que te entrenes en el acierto y el error.

De modo que cuando te decimos, “mijo, vaya y hable con su profesor”, no te estamos dejando solo. Cuando te exigimos que hagas tus tareas, aunque con una que otra pista te ayudamos, estamos buscando que tú mismo encuentres las respuestas. Cuando te dejamos llorar porque quieres irte para la calle con tus amigos y entonces decidimos que no, que no son convenientes ciertas compañías, que algunos sitios y cierta música son hasta peligrosas, y que ciertas modas son vacías y atentan contra tu persona, no pienses que somos felices fastidiándote con eso.

No, no es fácil, hijo. Muchas veces, cuando no sabemos qué hacer, nos hemos quedado hasta muy tarde en la noche tratando de encontrar cuál es el camino correcto en los momentos de crisis. Y nos toca llamar a viejos amigos que pueden darnos luces o a algunas parejas de padres que han podido estar en situaciones similares. También hemos tenido que leer mucho, investigar, meternos en la Internet buscando una orientación y hasta, a veces, hemos recurrido a tus abuelos.

Por eso te decimos que es tu obligación estar pendiente de tus propios útiles. Ah, ¿qué te gusta el fútbol? Bueno, mijo, aprenda cómo ser buen futbolista no sólo en la cancha, sino también en la casa. Entendemos que los mismos deportistas tienen que aprender a lavar sus uniformes, limpiar sus zapatos y organizar sus maletas. Eso los hace más comprometidos. Y que su verdadera responsabilidad es la de adquirir hábitos sanos con respecto a la comida, el entrenamiento y el descanso sin descuidar los estudios.

Y no creas, no creas que cuando te acompañamos a los partidos y estamos por allá sentados, como tan tranquilitos, no creas que no nos gustaría meternos a gritarles también a los árbitros como hacen otros padres o ir a reclamarle a tu profesor cuando no te mete a jugar y tú dices que por rosca, pero acordamos que ese es tu espacio para entrenarte en la vida. Hemos aprendido que el fútbol es un simulacro de la realidad y la realidad es dura, muchas veces injusta, muchas veces incierta.

¿Recuerdas aquella vez cuando ese niño del equipo contrario te agredió tratando de quitarte la pelota? Bueno, te cuento que sentimos el impulso de saltar la malla para ir a defenderte. ¿Qué se ha creído ese pelao, ah? Pero entonces nos preguntamos si era apropiado lo que íbamos a hacer; afortunadamente decidimos que no. Ya nos habían dicho que este deporte es así: hay fricciones, golpes, insultos. Y nos tocó contenernos y esperar que tú procesaras ese conflicto, que elaboraras ese duelo. Al final, vimos con lágrimas contenidas cómo enfrentaste ese momento, cómo fortaleciste tu carácter, cómo manejaste con entereza ese episodio infortunado. Por algo te hemos contado que el filósofo Platón insistía en no cometer injusticias, aun cuando con él se cometieran.
Y no negamos que hemos querido sacar pecho cuando haces un gol que gana un partido o si te han elegido el mejor jugador de la cancha. Pero entonces, hemos considerado mejor ser prudentes y guardamos esos excesivos elogios y exhibiciones inciertas para más bien darte unas palmaditas en la espalda, unas breves pero contundentes palabras y tu mamá corre a casa a prepararte ese estofado de pollo que tanto te gusta.

No te imaginas lo que hemos discutido en largas noches con tu madre, si es conveniente invitar a almorzar al profesor o de pronto hasta ayudarlo con una platica, como nos han dicho que hacen otros, para que te tenga en cuenta y te mire con otros ojos. Pero no, ¿Qué le vamos a enseñar a nuestro hijo? ¿Que en la vida hay que estar comprando los favores? No señor. Que él mismo se gane sus espacios por mérito y esfuerzo. Por ahí leímos, en estos días, un artículo donde expresaban que la Paciencia es el arte del ganador. Que nada de afanes, que crecer significa saber esperar mientras se trabaja con calma pero con tesón.

Hijo, nuestra verdadera intención es la de que te des cuenta cómo viene la vida. Que consigas tus propias armas para defenderte. Que el don más preciado es adquirir la suficiente tranquilidad de espíritu que te permita disfrutar lo que la vida te ofrece, sin mayores angustias, y alcanzar ese estado de goce que algunos llaman felicidad. Que no es necesario usar la violencia prácticamente para nada, que el tema viene por otro lado, que los conocimientos que adquieras por tu propia curiosidad e iniciativa, nadie podrá quitártelos jamás.

Nuestro deber es estar ahí, acompañándote, orientándote, esperándote cuando te retrases en el camino. Nuestro amor tiene que manifestarse especialmente en la forma de conducirte con amabilidad y paciencia hacia tus propias metas. Así que, por eso te estamos entregando las llaves, hijo, para que seas tú mismo desde ya, quien conduzca poco a poco el carro de tu apreciada vida.

No estaremos tranquilos hasta cuando no te veamos asumiendo tus propias decisiones. No importa que muchas veces te equivoques, tranquilo, para eso estamos nosotros, para enderezar el camino mientras tanto. Pero, permítenos entrar, permítenos acercarnos, poder darte nuestra opinión, discutir contigo ciertas elecciones.

No sabemos, finalmente, en qué carrera te vas a consolidar ni qué rumbo tomará tu vida. Nos gustaría, eso sí, seguir apoyándote para que alcances ese sueño de ser un futbolista profesional, pero quién sabe, nadie sabe. Lo importante es que puedas emprender una actividad donde seas útil a los demás, donde adquieras el compromiso de servir con agrado.

Y vete tranquilo, hijo, que no nos debes nada. Sólo vive tu vida lo mejor que sabes, lo mejor que puedas. Que ese será el más caro premio que nos conceda Dios.

Publicado en El Heraldo Deportivo, Marzo 4 de 2008.


POR FORTUNA SE EQUIVOCAN

Por Agustín Garizábalo Almarales

“Gracias por tomarse la Escucha,
en una época en que la gente está desesperada
sólo por tomarse la Palabra”
Diego Marín Contreras

La tragedia empieza cuando la madre o el padre le dicen: “tranquilo, mijo, que yo hablo con el profesor”. A partir de allí suceden tantas situaciones equívocas que los padres terminan después apurados, quejándose: “La verdad, ya no sabemos qué hacer con ese muchacho; por favor profe, hable con él”. Ya entonces puede ser tarde. Quizás a esas alturas las relaciones están tan deterioradas que el joven no reconoce autoridad en aquel par de señores. ¿Cómo se ha llegado a este punto tan dramático?

Es que los adultos tenemos que saber cómo es la cosa con los pelaos. De lo contrario terminamos siendo manipulados, rebasados, confundidos sin saber qué hacer. ¿Para qué lo busca a uno un adolescente si no es para pedirle un favor? Son adolescentes precisamente por eso, porque carecen de todo. No tienen nada claro, no tienen trabajo, no tienen experiencia, no tienen sexo garantizado, no tienen dinero. A veces ni vergüenza. Sólo deseos y ambiciones. Y mucha rabia. Bueno, pero ese es su mecanismo de defensa. Por eso esa cara de aburrimiento, ese ceño fruncido, ese rictus en la boca, ese mirar para otro lado conservando convenientemente una mueca de irritación, porque saben que esa es la mejor manera de mantener a raya y bajo su dominio a la madre, por ejemplo, que casi le ha tocado hacer una tesis de grado con todas las señales ambivalentes que le ha tocado estudiar para ver cómo no fastidia al niño.

En el Pequeño Larousse la palabra “Adolecer” precisamente se coteja con tener algún defecto o vicio o sufrir alguna enfermedad. ¡Imagínese! Luego, se podría decir, haciendo un ejercicio de libre asociación y utilizándolo como recurso retórico, que la adolescencia se padece. Caen los jóvenes en un estadio donde se les trata como niños pero se les exige como adultos, por lo tanto, no están en condiciones de dar. Algunos, incluso, llegan a cree que madurar es poner cara de amargado. Lo que necesitan entonces es orientación y si uno se fija bien, la viven pidiendo a gritos. ¿No ve que lo primero que puede perder un muchacho es la seguridad en si mismo?

Se trata entonces de superar ese abismo entre generaciones, construir puentes seguros para llegar al otro ser a través de la comprensión de sus momentos de crisis. Generalmente los adultos nos equivocamos por la forma en que abordamos al paciente: siempre esa manía de sentirnos con la obligación de darles consejos, esas críticas ácidas porque usan el pelo así o asao y por esa ropa que se ponen y ni hablar de la música que escuchan o de los amiguitos que se gastan. No en vano con frecuencia están prevenidos frente a nosotros. ¿Por qué siempre queremos que piensen y se porten como adultos si no lo son?...

Con seguridad esta relación mejorará cuando los dejemos ser. Cuando entendamos que son seres imperfectos, inseguros, infantiles. Que necesitan mucho de nosotros. Si observáramos más sus acciones y quietudes, si escucháramos más sus necedades y aciertos, si fuéramos un poco más tolerantes con su caos, si los analizáramos más y los cantaleteáramos menos —porque ese estudio sí hay que hacerlo, eh—, conoceríamos sus verdaderas motivaciones y quizás encontremos entonces las rutas apropiadas para hablarles en el momento preciso, cuando realmente están interesados y son vulnerables, cuando son sensibles a las preguntas que indagan sobre sus ilusiones y frustraciones, porque les encanta hablar de ellos mismos (¿y a quién no?) porque resulta que en esos momentos las barreras se convierten en puentes y las debilidades en fortalezas y el mejor estímulo viene a ser cuando el propio muchacho percibe repentinamente que está creciendo. En muchos casos de manera dolorosa y cruel, pero sabiamente es así.

Por tanto, recordemos esta premisa: se van a equivocar, más temprano que tarde. No obstante, hay que tener la seguridad de que ellos van a mejorar. Además, es imperioso transmitirles esa idea. Y que ellos la perciban. Ese es el primer paso para entrar en sus vidas. Porque sino podemos aceptar que en algún momento van a cambiar y van a encontrar su camino personal, sino podemos entender que esa fase crítica es apenas una transición, como un pequeño edificio en obra negra, no hay nada que hacer. El arma fundamental tiene que ser la paciencia. Intentar, corregir, intentar de nuevo y esperar, esperar y esperar. Quizás en algún momento nos sorprendan. Recuerde: “Hombre en construcción” dice el aviso.

Suele ocurrir, en cambio, que nos mostramos profundamente decepcionados y devastados por algunas de sus acciones, cuando no hacemos de plano el vaticinio de que ya no tienen remedio ¿qué es lo que espera un adolescente de nosotros? ¿Que terminemos de aplancharlo y lo apabullemos definitivamente o que le demos pistas para salir del hueco? ¿No será mejor mostrarle de una vez por todas que la vida es imperfecta? ¿Que pese a todos los esfuerzos que hagamos siempre habrá algo que corregir, algo por mejorar, inclusive, algo de qué avergonzarnos?

Porque lo más importante es que en esa edad incierta alguien logre hacerle un análisis en su justa medida, que consiga hablarle claramente de sus posibilidades y carencias, y eso lo va agradecer toda la vida. Es todo un ejercicio pedagógico que si se hace con la metodología adecuada puede resultar apasionante. Pero, claro, para que resulte hay que dedicarle el tiempo necesario, tener un plan y armarse de mucha paciencia. Implica también capacitarse a diario, investigar, llevar registros, estar alerta, darse cuenta, estar pendiente de su hijo.

Esta es la verdadera tesis que hay que desarrollar, amigos padres de familia: conozcan verdaderamente a sus hijos valorando sus motivaciones, utilizando la estrategia de los retos, planteándoles metas posibles, para que ellos mismos puedan intentar sus propios proyectos de vida de una manera honesta. Y permítanles que enfrenten sus situaciones conflictivas: ¿Cómo así que el papá o la mamá de un pelao de 17 años, tiene que llamar al profesor para dar las excusas porque el niño no pudo ir a practicar?

Lo que pasa es que hay que aprender a hacerlo. Sería bueno comenzar por revisar esa actitud de juicio crítico tan frecuente para con ellos. Además, La peor forma de comunicarse con los jóvenes es a través de la impaciencia y la irritación. Más bien obsérvenlos, ayúdenlos a organizar sus intenciones de vida, apóyenlos en algunas pequeñas locuras y defiéndalos de ellos mismos cuando atenten contra su autoestima, una práctica tan frecuente en nuestra cultura.

Queridos papás: ¿Quieren hacer algo por sus jóvenes hijos? Empiecen por no tenerles miedo, que no se van a ir, no los van a dejar de querer, porque ellos en el fondo lo que más desean es que les exijan ser mejores.
Muchas gracias…

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Enero 22 de 2008.

UN FUTBOLISTA EN LA FAMILIA

Por: Agustín Garizábalo Almarales

Hace algunos años el fútbol dejó de ser una actividad menospreciada por los padres de familia bien y ha pasado a ser una aspiración de todo padre tener un futbolista en la familia. Las nuevas generaciones de esposos ven con muy buenos ojos que el nene empiece a patear pelota desde la cuna y todavía con tetero al cinto y olor a canime lo inscriben en una “escuela de fútbol”. Y son los padres, a partir de allí, los permanentes impulsadores de la futura “profesión” del muchacho, motivados como están por tantos halagos que promete el fútbol, toda una suerte de reconocimiento, fama, dinero y ascenso en la posición social.

Pero, aún hoy, son muchos los padres de futbolistas jóvenes que se encuentran desubicados con respecto a la responsabilidad que deben asumir frente a la actividad deportiva de sus hijos. En ocasiones, por ejemplo, el hijo permanece durante varios años fichado para un equipo aficionado y jamás se cuidan por averiguar cuáles son las actividades que allí se realizan ni qué tipo de calidad moral y humana poseen las personas que lo manejan en el club. Su posición suele ser más de indiferencia, en tanto que demuestran su fastidio por el gasto de transporte o cualquier otra solicitud de carácter económico que el muchacho demande.

Vemos padecer al pobre joven que no tiene ni un par de guayos para las prácticas y los partidos y le toca depender de la buena voluntad de sus compañeros que, a veces a regañadientes, le hacen el favor de prestárselos. Luego nos enteramos que el padre es dueño de un restaurante, una estación de servicio, o –el colmo de los casos- gerente de una fábrica de zapatos deportivos. Es que algunos padres prefieren endosar esas “molestias y obligaciones” a los dueños del club. Generalmente increpan al muchacho diciéndole: “Bueno, pero, y entonces, ¿qué te están dando en ese equipo?... ¿es que ni siquiera te pueden dar un par de tacos?...”

Por ahí un buen día, en medio de la euforia de unos tragos, comentará con orgullo, a sus amigos de parranda, que tiene un hijo que juega al fútbol, y le han dicho además que juega bien el pelao, eso sí, haciendo la salvedad de que nunca lo ha visto jugar, como si esa pose lo hiciera más meritorio. Quizás otro buen día, agobiado por la curiosidad y el sentimiento de culpa, se arrimará por la cancha como quien no quiere la cosa y observará desde lejos el accionar de su pequeño (ahora es su pequeño), que luego, entre emocionado e incrédulo le presentará a los directivos y técnicos del equipo, y después, al calor de unas cervezas, el padre se disculpará por su negligencia del pasado, achacándola, desde luego, al exceso de trabajo y sus ocupaciones, no sin antes abrumarlos con detalles sobre sus faenas como puntero izquierdo cuando jugaba en el glorioso equipo del barrio.

Estos padres en realidad, no asimilan la actividad deportiva de su hijo como un complemento a la formación que el joven recibe en el hogar y el colegio, especialmente ahora cuando las escuelas de fútbol se cuidan de contratar licenciados en educación física y profesores preparado que le ofrece al niño una orientación no sólo en el ámbito deportivo sino también personal. ¿Cuántos muchachos no se hallan fuera de la droga y otros vicios por sus vínculos con el fútbol?... ¿cuántos no han mejorado su comportamiento agresivo y antisocial -que los convertía en delincuentes en potencia- sólo porque a través del fútbol se canalizó esta energía hacia conductas más sublimes?...

El fútbol se ha masificado a tal grado que lo extraño resulta ahora encontrar algún muchacho que no lo practique. Es bueno que todos quieran jugarlo. Lo malo está en que el padre trate de imponerle a su hijo lo que él anhela y no consulte con aquel lo que realmente quiere. Testigo soy de circunstancias en que el niño juega el fútbol por diversión, pero es el padre quien lo presiona para que se esfuerce y sacrifique, sin tener en cuenta que puede estar estropeándole para toda la vida su capacidad para disfrutar de ese deporte.

En definitiva, el fútbol sigue siendo el mismo, pero la actitud de los padres ha cambiado porque este deporte mejoró su status y sus posibilidades económicas. No obstante, el fútbol aficionado continuará siendo, por fortuna, un balón perseguido por los chicos que disfrutan del juego y se dejan seducir por sus misterios.

agarizabalo@hotmail.com

Publicado en El Heraldo Deportivo, Noviembre 27 de 2007.


viernes, 28 de marzo de 2008

¿JUEGO DE NIÑOS?


Por: Agustín Garizábalo Almarales


Por razones de mi trabajo tengo que presenciar muchos partidos de fútbol de la categoría infantil y de veras que me encanta salir desde muy temprano, los fines de semana, a cumplir cabalmente con esta labor. Resulta común observar a los niños impecablemente equipados, cual maquetas de futbolistas, realizando ejercicios de calentamiento con solemne formalidad. Luego comienza el partido y los vemos trenzarse en una disputa fantástica, algunos jugando en sus canchitas de adentro, es decir, en sus almas, imaginando que son Ronaldinho Zidane o Messi, o en el más sublime de los casos, Oliver Atto, el de los Supercampeones.

Pero, simultáneamente, se inicia otro partido, el del entorno: el de los técnicos, padres de familia y fanáticos, en un espectáculo a todas luces grotesco, porque no puede uno concebir a tantas personas adultas vociferando una suerte de barbaridades más o menos insólitas. Los técnicos con su catálogo de términos, narrando lo errores, recriminando a sus pupilos porque no hicieron un achique o un cierre, los padres gritándoles a sus propios hijos, aplaudiéndolos cuando hacen una pequeña gracia o entregan un buen pase, llevándoles agua o regañándolos según el caso, a veces incitándolos a que trampeen, a que devuelvan golpe por golpe, como si en aquel momento estuviese en juego la supervivencia de la especie o el honor de la familia.

Aquel señor, por ejemplo, de apariencia respetable, quizás todo un ejecutivo en su empresa, se desluce cuando se pone a discutir estupideces con una fanática de la otra barra. Aquella señora elegante –muy emperifollada ella- cree que puede poner en duda las preferencias sexuales de los técnicos del otro bando cuando expresa impunemente que a ella le dijeron que esos tipos eran de “manos partidas”. ¡Cuánta agresión, señores!

(Conste que no hemos hablado de cuando estos insultos y ataques verbales, considerados “normales” , por lo frecuentes en ese círculo, degeneran en verdaderas batallas campales y trifulcas primarias; ni tampoco hemos venido a comentar lo que les ocurre a esos pobres muchachos que se atreven a vestirse de árbitros para estos partidos)

De esto que nos queda?... un grupo de niños ansiosos y agresivos, que discuten todas las decisiones del juez, que violentan a los contrarios, que corren y se estrellan más que juegan y se divierten, porque “aquí hay que meterle”, decía un técnico. Niños furiosos y frustrados, expertos en quemar tiempo, en botar la pelota, en sacar codo, en gritar vulgaridades. Desaparece la fantasía y sólo quedan soldaditos de plomo intentando cumplir fielmente las órdenes de sus generales.

Y si por casualidad algunos de esos adultos se ha tomado unos tragos o está amanecido, Dios mío, el tipo se figura que los niños deben complacerlo a él haciendo tal y cuales cosas; y si el hombre ha invitado a sus amigotes y el equipo de sus amores está jugando mal, sencillamente pierde el juicio y en su perorata atropella a cualquier ser humano que se le atraviese. Lo peor es que el orate cree que le cabe todo el derecho de hacerlo, por el hecho de que, como él mismo dice: “Aquí donde usted me ve, yo también jugué fútbol”.

Estamos de acuerdo en que se acompañe al niño en sus faenas deportivas, ni más faltaba. Ese apoyo es primordial, definitivo. Y es maravilloso ver a los padres, entrenadores y fanáticos disfrutando y haciendo de un encuentro de fútbol una fiesta, porque ejemplo los hay. También hemos presenciado partidos donde se ven la integración, el respeto y la ética deportiva. Eso es lo que debe ser. El fútbol infantil tiene que ser sano, alegre, recreativo, lúdico, no una fuente de agresión, frustraciones y amarguras. Y creemos que es necesario revisar principios y comportamientos, especialmente entre aquellos adultos que piensan que lo más importante en la vida es ganar a toda costa en un evento deportivo o creen que la mínima confrontación humana debe degenerar en violencia.

Sencillamente, dejemos jugar a los niños, porque, por encima de todo, ese es su juego (no el de nosotros) y esto es lo único que ellos quieren: jugar y divertirse. Lo otro es acabar con su alegría infantil, el más caro patrimonio que pueda tener un niño.

agarizabalo@hotmail.com
Publicado en El Heraldo Deportivo, Marzo 18 de 2008.