viernes, 23 de noviembre de 2018

RAFAEL SANTOS BORRÉ: SU CORAZÓN ES UNA MÁQUINA


Por: Agustín Garizábalo Almarales




Veo una foto de River Plate en los actos protocolarios del partido de Copa Libertadores ante el Boca Juniors y a Santos Borré levitando por encima de la cabeza de un niño que está adelante; en realidad continúa con los ejercicios de calentamiento. Al día siguiente le escribo al wasap: “Rafa, ¿saliste muy ansioso, cierto? Cuando en los himnos alguien sigue calentando es ansiedad jajaja” Me responde: “jajajaja No máquina, siempre lo hago”. Así es Borré, incesante como el mar de leva: entra, sale, hace diagonales, aturde y cansa a los defensas y casi siempre se encuentra perfilado para recibir. No está, pero de repente aparece, sorpresivo, con la certeza y voracidad de un escualo. Su mayor cualidad es que no teme equivocarse: Si hace un gol o si lo bota, igual vuelve a intentarlo segundos después como si nada, una y otra vez.

Durante el mundial juvenil de Nueva Zelanda invitamos a la familia de Borré para que viéramos juntos su debut ante Qatar, casi en la madrugada. Llegó toda una delegación: padres, hermanas, yernos, cuñados, vecinos. Y se trajeron a Mateo, el hermanito de 8 años, que es la suma de un volcán en erupción y un tsunami. De entrada viene y cuenta que quiere mucho a Rafa pero que necesita con urgencia encontrarse con él para reclamarle porque todavía le debe mil pesos. Luego se subió a una escalera, espantó a un gato, rompió una botella, tumbó una bolsa de pan, vomitó… Cuando quise quejarme de que, por favor, aguantaran a este chico que nunca se quedaba quieto, el papá, Ismael, con una frescura de bacán de barrio, dijo “Rafa era peor, imagínese, profe”.

Este es Borré: Indetenible. Y ahora en River con el aditivo de una alegría permanente, porque la confianza del muñeco Gallardo, la impronta histórica de los millonarios y el conocimiento de sus compañeros de banda: Ponzio, Enzo Pérez, Zuculini, Nacho Fernández, Pity Martínez, Ezequiel Palacios o el exquisito Juanfer Quintero, potencian lo que todos sabíamos, que lo de Santos Borré era cuestión de tiempo, de adaptabilidad, de afinamiento. En aquellas primeras semanas en River, cuando todo era duda, cuando el mínimo fallo era homologado con una catedral, cuando se llegó a decir que River se había equivocado con traer a Santos Borré de vuelta, sus ensayos y errores, sólo eran el transito natural para adquirir ese aprendizaje. Ahora es el primer delantero convocado en el tablero para cada partido, lástima que la mala suerte jugó en su contra y no estará en la finalísima del próximo sábado. Y en cierta forma una irresponsabilidad del árbitro chileno Roberto Tobar: "La falta que él hace es una falta imprudente que no ameritaba una tarjeta amarilla, pero las reiteradas faltas que hizo durante todo el encuentro si ameritaban que lo amonestara", dijo Tobar. Preciso faltando pocos minutos.

En buena hora Rafael Santos Borré dio ese paso atrás al nuevo continente del fútbol, acción que los desesperados consideran siempre un fracaso. Pero en realidad, esa decisión ha sido para tomar un impulso, potenciarse y aparecer de nuevo en ámbitos más competitivos. El entorno y el protagonismo que un club como River genera ponen a este promisorio jugador a nadar en sus aguas. Tres goles de suma importancia para llegar a la primera histórica gran final de un River-Boca en Libertadores.

Le ha faltado sólo coronarse campeón con otro gol suyo, pero ya le tocará padecer, ahora sí, esa ansiedad desde el palco del club, avivando a sus compañeros o abrazando a cualquiera que esté a su lado. No es nuevo esto en Santos Borré: con el Deportivo Cali también le tocó celebrar su título en la distancia, porque cuando Cali-Medellín (1-1), él se encontraba en Nueva Zelanda (me lo imagino muerto de frío, con gorro y con guantes). El día anterior, justo había anotado el gol del descuento ante Portugal.