sábado, 23 de marzo de 2013

GUSTAVO CUELLAR (1ª. parte)


El 8 del Verde es Colorado

Viaje al Semillero
(Tercera temporada)






Por:

Agustín Garizábalo Almarales




Esa mañana deambulaba atolondrado porque faltaba un día para el viaje y aún no contábamos con los recursos necesarios; no obstante, un posible patrocinador  me había citado en la cancha del barrio San José de Barranquilla y, estando ahí, mientras lo esperaba, me puse  a mirar un partido del torneo navideño que se juega allí y después de observar unos minutos exclamé, casi para mí mismo: “¡Carajo, qué bien juega ese monito!”. El profesor Alfredo “el Pato” Araujo, que andaba por ahí cerca, me ha dicho: “Sí, el pelirrojo se las trae. Hace rato que no me he movido de aquí por estar viéndolo”.

El Deportivo Cali mantiene un convenio social-deportivo con el Inter de Milán y su programa estrella es el Intercampus. En diciembre se juega un torneo y los “Satélites” debemos desplazarnos a la Sultana del Valle para participar en dicha competencia. En esas estaba cuando vi por primera vez a Gustavo Cuellar. La verdad, yo ya me había encontrado varias veces con él, pero nunca lo había visto jugar.


Ocurría que le hacía seguimiento a la categoría mayor del club Johan, y cuando llegaba a los partidos, Cuellar ya había jugado antes o iba a jugar después, de modo que no podía ver sus encuentros porque tenía que irme a otras canchas, pero sí aprovechaba, cuando había la oportunidad, para “mamarle gallo” al monito, porque como era pecoso y con ese pelo rojo, me recordaba a aquel personaje juvenil de los “paquitos” conocido como Archie, y yo le decía Archie, pelo pintado, que se echaba “dioxógen” o manzanilla en el pelo para dárselas y él nada más se reía y escondiendo la cabeza decía que no señor, que su cabello era natural.

Pero bueno, cuando lo vi jugar ese día se me ocurrió que lo podía invitar al viaje, ya que uno de los grupos era de su categoría (92) y llamé a Wilfrido Solano, dueño del club Johan, y le pregunté si me autorizaba para llevar otro más de sus pupilos (ya tenía algunos incluidos). Como había que aportar una plata y todo estaba tan encima, supuse que los papás del pelao no tendrían, entonces me adelanté con esa gestión. Afortunadamente Wilfrido me dijo que sí, que él respondía.



De modo que una vez terminado el partido, que el equipo Johan se dejó remontar 3-2 después de ir ganando 2-0, ya se imaginan la rabia en ese camerino, y me acerco para darle la buena noticia al monito, lo llamo (“!Hey, mono, ven acá!”), y qué va, no me quería atender, sacaba el brazo hacia arriba y decía: “No me diga nada, no me diga nada, yo sé que me va a joder por el pelo”.


Se puso peleón, hasta cuando, por unos segundos, me dio la oportunidad de preguntarle que si era que no quería viajar a Cali. Enseguida se le encendieron las luces (qué descripción más apropiada para este pelo de candela) y no cabía de la dicha, porque no lo podía creer, igual que su madre, Luz Marina Gallego, que me llamó un millón de veces por la noche, para agradecerme una y otra vez, feliz porque le estaba ayudando a cumplir el sueño a su hijo.



Y ella sí que sabía lo que era pelear contra los resabios de un sueño: siendo de Montería, su gran aspiración era tener un acordeonero en la familia, así que el niño Dios era generoso con esos instrumentos musicales; otras veces, incluso, trataba de convencerlo de que intentara con un deporte más cercano a sus ancestros: “hay, mijito, -le decía- si tenemos un patio grande y con todas tus hermanas (que son 4, bendito eres entre las mujeres) puedes jugar tranquilamente aquí al bate sin necesidad de irte para la calle”.


Pero, aunque le comprara bonitas manillas y le hablara de las grandes ligas, a Gustavito se le salía lo tolimense (su papá, Gustavo Cuellar Ortiz,  es de Ibagué) y se emberracaba y decía que no, que lo que él quería era ser futbolista y no hubo forma y tuvieron que inscribirlo en Metrosol, el equipo del barrio Soledad 2000, y luego el profesor Javier Romero se lo llevaría a Johan, un club de más renombre, y de repente, ahora, se le presentaba la oportunidad de emprender en serio esa aventura.

En Cali fue uno de los más destacados en el Intercampus, tanto que Abel Dagracca, director de la divisiones menores, y Ricardo Martínez, su asistente, me dijeron que el monito debía regresar en enero. Pero yo no estuve de acuerdo: “yo aún no lo conozco”- les dije- “no le he hecho seguimiento todavía, no puedo responder por él. Dejemos que esté un año más en Barranquilla, que juegue en la selección Atlántico y ahí veremos si alcanza el nivel. Yo les aviso”.


Pero fue una tragedia, Cuellar se vino abajo en su accionar al punto de que terminó como suplente en esa selección departamental, e incluso, algunas veces fue enviado a la tribuna. Yo lo veía y dudaba: “Caramba, como desmejoró este muchacho cuando le metieron un trabajo exigente”. Luego lo observé en el ASEFAL de clubes a mitad de año, pero nada, el chico no arrancaba, terminaban sacándolo. La mamá vino y se me acercó un día: “Ay, profe, ¿cuándo es que se va a llevar a Gustavito?”. Pobre. Yo no supe ni qué responderle.


Afortunadamente para el mes de octubre vino la iluminación. De repente, jugando un partido en Santa Marta, volvió a aparecer el Gustavo Cuellar que nos había deslumbrado en tiempos pasados. Fue la figura de la cancha, casi escandalosamente. Fui y le dije enseguida: “Si sigues jugando así el resto de la temporada, armas tus maletas que te vas para el Cali”.



Lo que vino después fue meteórico: En marzo del siguiente año participó con el grupo B del Deportivo Cali en el torneo internacional de las Américas, pero ya en abril actuó como refuerzo del grupo principal en el torneo de Gradisca, Italia; en mayo fue convocado por vez primera a la selección Colombia sub-15, dirigida por Ramiro Viáfara, y allí se quedó con lujo de detalles. Su ascendencia en fútbol y reconocimientos fue dramática, al punto de que terminó siendo referente del combinado patrio en el suramericano sub-17, en Chile, y después, en el mundial de Nigeria, catalogado como uno de los jugadores más destacados del certamen, por su temperamento, por su elegancia, por su calidad de juego, por su liderazgo.


Y, por supuesto, también esa pinta de vikingo, ese pelo rojo encendido que no es muy común por estos lares y que ayuda a resaltar su personalidad. Hasta él mismo, alguna vez, siendo niño, notó la diferencia. Tendría acaso unos 4 años cuando encontró a su papá haciendo un trabajo de albañilería en la casa, y estaba preparando una mezcla porque iba a levantar una pared. Gustavito, al ver el color del ladrillo que su papá tenía en la mano, corrió a donde su mamá para preguntarle, con toda la ingenuidad que sólo un niño es capaz de mostrar:


- Mami, mami… ¿Mi papá me hizo con mezcla de ladrillo?...



Continúa...

agarizabalo@yahoo.com











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